Negro sobre blanco  /  Las tesis del aitona

Ciberaitonaagosto 2015

XLSemanal publicaba recientemente un reportaje de Carlos Manuel Sánchez sobre el transhumanismo que nos viene. En principio, cualquier persona ilustrada haría suya la idea básica del asunto: la mejora de las capacidades físicas y cognitivas de la especie humana mediante el uso de las tecnologías emergentes. Al parecer, el proceso culminaría con la inexorable integración de los seres humanos con las máquinas.

Según predicen las fuerzas vivas de Silicon Valley, para mediados de este siglo XXI el ser humano estará en trance de hacerse inmortal. La clave radica en que, en poco más de una década, el desarrollo de la inteligencia artificial será de tal calibre que los ordenadores adquirirán conciencia de sí mismos. Y, siguiendo la lógica expuesta por Descartes en su Discurso del método: je pense, donc je suis (pienso, luego existo), el advenimiento de ordenadores con estatus de seres pensantes llevará al reconocimiento de esas máquinas como seres que “son”, que “existen”.

Al parecer, la opción de ser inmortales va a encontrar aceptación, sobre todo, entre personas nacidas a partir de las dos últimas décadas del pasado milenio. Entre ellas se encuentran mis hijos/as. Y, si a esta expectativa de alargamiento sine die del tiempo de vida se añade la escasa vocación que manifiestan por convertirse en padres/madres, es evidente mi poca probabilidad de llegar a tener nietos/as en el corto plazo. Sobre todo si uno aspira a ejercer de aitona con criaturas que hayan crecido lo suficiente como para compartir conversaciones interesantes o poder jugar al parchís o a las damas.

Esta falta de expectativas ha hecho que me haya planteado seriamente la opción de integrarme con uno de esos ordenadores inteligentes que están al caer. Supongo que las nuevas tecnologías permitirán grabar en la máquina en cuestión todo lo que uno es o recuerda haber hecho y lo que sabe o puede deducir, de tal forma que la susodicha máquina adquiera conciencia de “” mismo. Así, mis futuros nietos/as sólo tendrían que enchufar la nueva maquinita para charlar o jugar un rato con el aitona. Y se habrá hecho realidad el chiste: “¡Ama, ama! Me he cansado de jugar con el abuelito”. “Pues vale, hijo; guárdalo en la caja”.

La opción me parece interesante, sobre todo, para personas de cierta edad que -como es mi caso- lleven un tiempo dándole vueltas a cómo trasmitir a los nietos/as que en el futuro pudieran nacer que su aitona o su amona era de tal o cual manera o que pensaba de esta o aquella forma. La que viene podría ser la época de los ciberaitonas y las ciberamonas

Por otro lado, quién sabe si no formamos parte de una de las últimas generaciones de personas mayores de la historia porque, con el panorama de no morirse y ser eternamente jóvenes y la más que probable alternativa de tener a mano cibercriaturas de esas que cuando se pongan pelmas se puedan desconectar, no se cuántas personas se decidirán por prolongar la especie humana teniendo hijos/as.

No obstante, dándole vueltas a mi futuro como ciberaitona, me ha venido a la mente la adaptación cinematográfica de Johnny cogió su fusil, la novela de Dalton Trumbo. Y, por muy interactiva que pueda llegar a ser la nueva maquinita, me ha bajado bastante la ilusión. También me ha dado por pensar en la posibilidad de que acaben haciéndose maquineros inmortales algunos sujetos que andan por el mundo jodiendo al prójimo. Y me han entrado sudores fríos. Además, ¡mira que si inventan una aplicación para que a uno le puedan integrar ciertas características mentales de algunos personajes que salen por la tele! ¡Lagarto, lagarto!

Ya no sé si finalmente me voy a apuntar a lo de ser ciberaitona. Mejor sigo escribiendo... y que a mis nietos/as les pasen una copia.

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