Negro sobre blanco  /  Las tesis del aitona

Complejosagosto 2017

Según el diccionario de la RAE, un complejo es un “conjunto de ideas, emociones y tendencias generalmente reprimidas y asociadas a experiencias del sujeto, que perturban su comportamiento”. Con todo respeto a los y las (pocas) próceres de la lengua española y a l@s psicólog@as que a buen seguro han supervisado la redacción, el texto les ha quedado muy enciclopédico, pero bastante redicho.


Sin entrar en honduras -que para eso ya tenemos la susodicha definición-, considero que hay que distinguir entre tener complejo de algo o tener complejo por algo. El problema de tener complejo de algo radica en que ese algo no se corresponda con la realidad percibida por el resto del mundo: por ejemplo, una persona que tiene un peso y unas proporciones físicas normales, pero tiene complejo de gorda (o de flaca). La experiencia demuestra lo difícil que es conseguir que esa persona acepte como suya la realidad tal y como la ve o la entiende la mayoría. 

Sin embargo, si, por ejemplo, una persona mide 225 cm., no tiene sentido que tenga complejo de alta, sino, en todo caso, por ser alta. La diferencia radica en que la persona que tiene esa altura no se imagina nada que no sea cierto, ya que realmente es muy alta. En ese caso, si su estatura le ocasiona problemas que, siguiendo la definición de la RAE, “perturban su comportamiento”, se trata de un complejo por ser realmente alta. 

Desconozco la estrategia de l@s profesionales del ramo para intentar cambiar la percepción de la realidad de quien tiene complejo de algo. Pero me atrevo a aventurar que -dentro de unos límites razonables- podría ser sensato aceptar su visión subjetiva de la realidad y reconvertir el síndrome en un complejo por algo. 

Hay quien se baja de la vida por el sufrimiento insoportable que le produce el complejo de o por algo, y hay que respetarlo. Pero sospecho que a casi todas las personas nos ha tocado vivir y sufrir, siquiera temporalmente, con y por un complejo por algo. En esa circunstancia, hay quien decide recurrir a un/a profesional, y también hay que respetarlo. Otra alternativa es resolverlo a la navarra, que es un método radical y expeditivo: “Ya sé que soy bajo@, alt@, gord@, fe@, narigud@... ¿Y qué? A quien no le guste que no mire. Y, además, ¡que le den morcilla!

Un caso para quitarse el sombrero es el de Juan Postigo (entrevistado por Carlos Manuel Sánchez en El español que asombra al mundo; XLSemanal, agosto de 2017). Este joven cántabro nació con una grave malformación en su pierna derecha, la cual, tras un sinfín de vicisitudes médicas, es ahora un muñón al que no se puede acoplar ninguna prótesis. Y con este hándicap va a intentar hacerse un hueco en el golf profesional. 

Además de la expectativa deportiva que suscita, el caso de Juan Postigo es el ejemplo perfecto para diferenciar qué es tener complejo de algo y por algo (aunque Juan nunca haya tenido ninguno de ellos), para mostrar la forma en que puede/debe posicionarse quien acompaña por la vida a una persona que se enfrenta al riesgo de tener algún complejo y, por supuesto, para conocer la actitud y la estrategia acertadas para cualquier persona que tenga que enfrentarse a un posible complejo (algo que, en cierta medida, nos ocurre a casi todas en algún momento de nuestras vidas). 

Según la distinción antes planteada, el futuro golfista profesional nunca hubiera podido tener complejo de cojo, ya que no hay ningún margen para especular sobre la realidad objetiva de tener una sola pierna. Sin embargo, es evidente la amenaza de llegar a tener complejo por tener esa diferencia física tan evidente con la mayoría de las personas. 

Al respecto, Juan Postigo cuenta en la entrevista que sólo percibió su característica física congénita como un posible problema cuando en el colegio le hacían “putaditas” o se burlaban de él. En una de aquellas ocasiones, contó a su padre lo que le había pasado. La contestación que recibió es relatada por el hijo en estos términos: “¿Y no lo eres? Es que lo eres. Te falta una pierna, joder. Si te llaman eso, pues es verdad.” Y, salvo decir que Postigo padre se merece el título de doctor honoris causa en psicología, no hay más que añadir. 

Prueba de ello es la conclusión a la que llegó Juan Postigo tras escuchar a su padre: “Suena fuerte. Pero en cuanto lo asumes, tu problema desaparece”. Y ahí lo tienen, dispuesto a recorrer los campos de golf de todo el mundo con dos… muletas.

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