Negro sobre blanco / Las tesis del aitona
El abueloenero 2025
“Llámame pervertido, pero, para mí, la sexualidad solo comienza a partir de un determinado umbral intelectual” (Aleksandr Chudakov, El abuelo, 2000). Estoy tan visceralmente de acuerdo con la frase y, al mismo tiempo, me lleva a tal cúmulo de contradicciones que no podía leerla, doblar la página del libro y dejarla para, quizás, recuperarla en un futuro que podría no llegar nunca.
No creo que deba añadir más reflexiones a lo que la frase expresa de forma tan rotunda. Quizás intentar precisar el alcance de la expresión umbral intelectual. Pero, en este caso, las elucubraciones terminológicas no añadirían nada relevante. Además, la interpretación no sería necesariamente unívoca, ya que, como se señala en la obra, en la sociedad soviética que describe había tres estilos o idiomas (una distinción que resultará cercana a quienes vivieron la dictadura franquista):
“(1) El lenguaje de la ideología oficial, el lenguaje de los periódicos, de la radio, de las reuniones y los congresos; (2) una lengua opuesta a la primera, el idioma de la cultura antigua de los intelectuales, que existía en su forma oral y, con la aparición de la reproducción y distribución clandestina de la literatura prohibida por el régimen soviético, en forma escrita; y (3) una tercera lengua, también opuesta a la primera, la lengua de la familia, de la vida cotidiana, de la calle”.
A decir verdad, me costó superar la primera parte del libro; ahora me ha dado pena acabarlo. Sobre todo desde que el nieto que desgrana el relato afirma lo que cualquier aitona desea que piensen sus nietos y nietas cuando solo queden los recuerdos: “hiciera lo que hiciera, el abuelo siempre enseñaba e instruía”.
Por cierto, entre otras muchas cosas, el abuelo del libro también escribía y cantaba. Aunque si tuviera que elegir una de sus habilidades sería la de saber cumplir con su afirmación categórica de que “no hay ningún niño a quien no se pueda enseñar a leer”; y, además, hacerlo en apenas unas cuantas sesiones y sin hacer con ellos/as nada especial: “con unos cantaba, con otros desfilaba, a unos terceros les hacía golpear la tapa de sus pupitres a cada sílaba”.
Aquel abuelo tenía una pequeña ventaja: desarrollaba su rol en una cultura de trasmisión oral, inmersa en una economía rural de subsistencia, que a duras penas resistía la presión asfixiante de la burocracia soviética. Un abuelo europeo de esta época, sobre todo si las circunstancias no le ofrecen la oportunidad de compartir el día a día con sus nietas y nietos, no tiene otro remedio que dejar su legado en algún soporte tecnológico (sic). Y confiar en que, llegado el momento, les dé por querer echarle un vistazo.
Porque, como dice el abuelo de Chudakov (que también tenía la ventaja de creer en el más allá): “mi alma os estará observando desde el otro lado, y vosotros, mis seres queridos,… ya os habréis hecho diferentes, más maduros, más viejos. Viviréis una vida distinta, una vida sin mí. Os estaré mirando y preguntándome: ¿se acordarán de mí?”

