Negro sobre blanco  /  Las tesis del aitona

El dilema de la denunciaoctubre 2015

La vida en sociedad hace que estemos en permanente interacción con otras personas. Esto hace inevitable que nos incordien ciertas formas de actuar de algunas de ellas, incluso si son realizadas sin la menor intención de molestar o hasta si se llevan a cabo con el mejor de los propósitos: ¡a quién no le ha turbado alguna vez el sueño el camión de la basura o una llamada de teléfono durante una siesta sabatina!

Para afrontar la mayor parte de esas situaciones debería ser suficiente recurrir al sentido común: hay que asumir como inevitable el ruido del camión de la basura y, con la misma lógica, el responsable de dicho camión debe procurar que no haga más ruido del estrictamente necesario; igualmente, hay que tomarse con buen talante una llamada telefónica de un amigo o familiar (otro cantar es que sea una llamada con fines comerciales) a la hora de la siesta del sábado y también que nadie conteste si somos nosotros los que llamamos.

Incluso si lo que algunas personas hacen para que otras lleguen a molestarse está en el límite de lo tolerable, una regla elemental de la convivencia en sociedad es que nadie intente tomarse la justicia por su mano. Lo lógico y razonable es proceder de forma civilizada: si el vecino o la vecina de arriba tiende la ropa sin escurrir y moja la nuestra casi seca, la reacción razonable -además del consabido juramento dicho más o menos por lo bajinis- es ponerlo en su conocimiento y rogarle que no vuelva a hacerlo.

Llegados a ciertos extremos (si el citado remojado es con presencia de lejía, la cosa puede tomar otro cariz), siempre está el recurso de acudir a la autoridad encargada de velar por el cumplimiento de las normas -escritas o consuetudinarias-, hacerla conocedora del caso y pedirle su benefactora protección. No obstante, hay que contar con que es muy posible que dicha autoridad reclame la presentación de una denuncia formal y, también, que se aporten pruebas fehacientes de que el problema radica en hechos de suficiente entidad. En suma, ciertas garantías de que no se trata de una ventolera motivada, sólo o sobre todo, porque no nos gusta un pimiento la actitud que tiene el autor o autora de los hechos que consideramos susceptibles de ser denunciados.

Lo de la actitud es muy importante. Por lo general, una persona razonable reacciona de forma más comprensiva si tiene evidencia de que quien le ha causado la molestia lo ha hecho por descuido y, además, se disculpa y pone empeño en rectificar. Por el contrario, los ánimos tienden a encresparse cuando quien realiza la afrenta trata de llamarse andana o directamente se reafirma en lo suyo y dice aquello de “lo hago porque estoy en mi derecho”, para rematar con un enervante “y si no te gusta, vas y lo denuncias”.

Es en este segundo caso cuando suele surgir -al menos, a mi me ocurre- una duda razonable sobre si lo pertinente es presentar la denuncia y hacer frente a la inversión en tiempo y energía que ello implica (además, sin tener garantía de que la gestión va a tener éxito) o buscar otra alternativa. Al respecto, hay que tener en cuenta que hay ocasiones en que una persona molesta a otra sin la necesidad de infringir una norma: se puede molestar dejando que suene el teléfono móvil en un espacio compartido con otras personas, lo que todavía no está prohibido.

En la búsqueda de una alternativa a la denuncia, a buen seguro que, en más de una ocasión, quien más y quien menos ha pasado por el trance de optar por aguantarse y, también (sobre todo si a la mala actitud de quien molesta se añade la reincidencia), por la búsqueda de alguna fórmula más o menos ingeniosa de venganza torera. En estos casos, una opción para tramitar algunos asuntos puede ser la aplicación inteligente y salerosa de la ley del talión o de su versión bíblica del ojo por ojo y diente por diente.


El ejemplo

En el último partido de fútbol de la Real Sociedad, el asiento que está justo delante del mío fue ocupado por un señor que mediado el partido se puso a fumar un puro y a expeler unos densos nubarrones de humo. Mi vecino de la derecha y yo nos miramos: él, con aire de resignación; yo, con cierto mosqueo porque en Anoeta todavía se permita fumar.

A los pocos minutos, un joven situado a mi izquierda se dirigió al fumador para decirle que, por favor, echase el humo hacia otro lado, a lo que el aludido respondió que él no tenía la culpa de que el viento llevase el humo hacia su asiento. Y dio un par de caladas demostrativas, para que comprobásemos que todo era culpa de Eolo.

Acto seguido tomé una revista de propaganda que se reparte en el estadio y, cada vez que daba una calada, abanicaba el cogote del fumador con el objetivo de que la nueva dirección que tomaba el viento al ser impulsada por mi abaniqueo impidiera que el humo viniera hacia atrás. El abanicado me miró de reojo, lo que aproveché para decirle que estaba en su derecho a fumarse el puro, pero que nos estaba dando la tarde. Y seguí con mi abaniqueo durante unas cuantas caladas más, con el explícito beneplácito de algunos vecinos de asiento, uno de los cuales pronunció la frase definitiva: ¡Tú también estás en tu derecho!

No sé si el puro se acabó o se le enfrió el cogote, pero el humo cesó casi de inmediato. Tampoco sé si en el próximo partido aquel asiento volverá a ser ocupado por una persona que fume pero, como lo del abaniqueo ocasiona que uno no pueda concentrarse en el desarrollo del partido, he pensado en equiparme con un pequeño ventilador a pilas, de esos que tienen pinta de no ventilar demasiado pero que seguro que sirven para enviarle unos chorritos de aire vengador a quien decida ejercer su derecho a fumar por los alrededores.


Epílogo 

Por supuesto, la respuesta verbal ante cualquier reclamación por parte del antiguo ofensor que pasa a ser el nuevo ofendido forma parte sustancial de la venganza: “Si no te gusta mi forma de responder a tu comportamiento... ¡vas y lo denuncias!

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