Negro sobre blanco  /  Las tesis del aitona

El mejor aprendizajediciembre 2015

Dice el diccionario de la RAE que aprender es adquirir el conocimiento de algo por medio del estudio o de la experiencia. Una sabia definición que, en el ámbito laboral, ha sido malinterpretada por muchas personas como sinónima de asistir a cursos de formación. Sin embargo, una persona puede ir a muchos cursos y no aprender casi nada o, como también sucede a menudo, que lo aprendido no se traduzca en una mejora identificable en el desempeño de su quehacer profesional.

Mientras tanto, hay personas que logran que su trabajo mejore de forma significativa sin que la asistencia a cursos sea sustancial en su progreso. Y esto es así porque no sólo de asistir a cursos se alimenta el conocimiento. Y menos en esta época en la que, si se dispone de un ordenador y de una conexión a Internet, hay un amplio abanico de opciones para informarse y formarse, sin necesidad de salir del centro de trabajo o de casa.

Sin embargo, hay que admitir que para muchas personas el aprendizaje autónomo tiene menos atractivo que ir a un curso. Probablemente porque la primera opción exige mayor esfuerzo y, también, porque la única forma de demostrar el conocimiento adquirido es hacer mejor el trabajo de cada día. Por su parte, la asistencia a un curso de formación, además de estar rodeada de una liturgia que tanto gusta a algunas personas, acostumbra a dejar una huella incuestionable: el famoso diploma o certificado de asistencia.

En mi opinión, el mejor aprendizaje lo proporciona el esfuerzo por hacer bien el propio trabajo: realizar el trabajo de cada día con la máxima concentración, reflexionando continuamente sobre cómo mejorar y en permanente estado de alerta para captar las críticas y sugerencias que puedan hacer propios y extraños, amigos y enemigos. Estos últimos no harán aportaciones constructivas, pero seguro que señalan los puntos débiles y que proporcionan pistas para vislumbrar por dónde vienen las amenazas. Y, para aprender, una estrategia clave es ser capaz de convertir las debilidades y las amenazas en retos y oportunidades para mejorar.

Dicho lo dicho, es posible que en esto del aprendizaje la virtud esté en el término medio: ni tener aversión a los cursos (debo reconocer que, a lo largo de los años, he desarrollado cierta alergia a dedicar tiempo a escuchar cosas poco interesantes o mal explicadas), ni pensar que son la panacea para mejorar; ni considerar una pérdida de tiempo dedicar, de vez en cuando, unas horas o incluso unos días a asistir a algún curso que a priori parezca interesante, ni dedicar una parte sustancial del tiempo destinado a trabajar a ir de curso en curso y diploma o certificado que colecciono.

En todo caso, antes de asistir a un curso de formación deberíamos asegurarnos de que está impartido por profesionales contrastados y sobre los que, además, tengamos una sospecha razonable de que pueden aportarnos alguna novedad interesante, y no sólo entretenernos durante un rato con unos esquemas bonitamente coloreados acerca de las últimas novedades en toreo de salón.

Así mismo, es importante ser conscientes de la tendencia a solapar la formación orientada a lo profesional propiamente dicho con otros contenidos formativos, cuyo loable objetivo suele ser paliar las muchas e inevitables imperfecciones que tenemos todas las personas en el desempeño de los variados roles sociales que nos toca ejercer, tanto dentro como fuera del ámbito laboral.

También aquí la clave puede estar en el equilibrio. Aprender a hacer bien cualquier cosa puede, en teoría, contribuir a que una persona sea mejor y, tras una ristra de causalidades obvias, concluir que ayuda a que esa persona haga mejor su trabajo. No obstante, tras un somero repaso a la oferta de cursos supuestamente destinados a la mejora profesional, uno puede acabar con dudas sobre si existe relación entre el tocino y la velocidad.

Es sabido y comúnmente aceptado que el capital humano es clave en cualquier entidad, pero hay que admitir, también, que en materia de formación pseudoprofesional la realidad supera ampliamente a la ficción más sofisticada. Una prueba de ello la encontramos en las múltiples variantes del cultivo de la inteligencia emocional o en el abanico de técnicas de coaching (sic) que se ofrecen para mejorar en las habilidades más diversas.

Es una situación bastante común que en una organización haya personas que han pasado muchas horas asistiendo a cursos de formación y que casi nunca han planteado una innovación o mejora mínimamente interesante: ni para su propio desempeño profesional, ni para el conjunto de la entidad a la que pertenecen; ni en el plano estrictamente técnico, ni en el de la sinergia de las tareas de quienes conforman el colectivo laboral.

No obstante, quizás sea sólo un problema de percepción y haya algunos matices que uno nunca ha logrado captar. Pero, si alguien piensa que la mejora del capital humano de una organización radica básicamente en que las comidas de empresa o las celebraciones de cumpleaños sean más amenas y fraternas, lo de la asistencia a ciertos cursos de formación puede equivaler a hacer un pan como unas hostias.

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