Negro sobre blanco  /  Las tesis del aitona

Enseñar y aprendermarzo 2016

Sobre enseñar (instruir, doctrinar, amaestrar con reglas o preceptos) y aprender (adquirir el conocimiento de algo por medio del estudio o de la experiencia) en mi memoria hay grabadas dos sentencias: una, educar es reprimir, escuchada a Maria Aurèlia Capmany en una conferencia sobre enseñanza pronunciada en Donostia; dos, nadie enseña a nadie; cada cual aprende lo que puede, cuyo origen no puedo precisar (¿quizás deducida de la propia experiencia vital?).

Lo de equiparar reprimir (contener, refrenar, templar o moderar) con educar (dirigir, encaminar, doctrinar) me parece un resumen genial de una estrategia clave: la necesidad de poner límites a quien se pretende educar. Esta afirmación, hecha en los años 70 del pasado siglo XX, sólo podía ser planteada con credibilidad y sin dar lugar a malentendidos por una persona con el pedigrí y el prestigio de Maria Aurèlia Capmany. Era una época en la que había cierta tendencia a confundir autoridad (potestad, facultad, legitimidad) con autoritarismo (actitud de quien ejerce con exceso su autoridad o abusa de ella), y cualquier planteamiento asociado con el ejercicio de la autoridad corría el riesgo de ser entendido como una evocación de los usos de la dictadura.

Capmany tenía razón: para educar hay que poner límites a quien se pretende educar. Cuando se trata de niños y niñas de corta edad la pertinencia de esta estrategia es evidente: por mucho que se aspire a que aprendan de forma sutil, hay situaciones en que, con todo cariño y desde el máximo respeto a la forma de ser de cada criatura, hay que reprimir ciertos comportamientos espontáneos (al menos si se pretende que hagan suyas ciertas normas básicas para vivir en comunidad, tales como defecar en el lugar adecuado, comer utilizando cubiertos o respetar a sus iguales).

Obviamente, los límites van variando con el paso de los años, en la medida en que las y los educandos van dejando atrás la niñez y hacen suyos cada vez más ámbitos en los que ejercer plenamente la facultad de decidir y actuar. Y, en mi opinión, el binomio educación/represión debe extinguirse previamente a alcanzar la mayoría de edad establecida en cada sociedad.

A partir de ese momento, las y los jóvenes adultos deben tomar conciencia de que, fuera de los límites impuestos por las leyes y por las normas consuetudinarias de la comunidad en que vivan, nadie está legitimado para reprimir a nadie (eso sí, en caso de que no les gusten las leyes injustas o las normas poco razonables, tendrán que pelear por cambiarlas). Al mismo tiempo y en buena lógica, tienen que asumir que nadie tiene la responsabilidad de seguir enseñándoles qué o cómo deben decidir o actuar. Y es entonces cuando cobra vigencia la sentencia que, enunciada de forma un tanto maximalista, dice: nadie enseña a nadie; cada cual aprende lo que puede.

Es frecuente que quienes hace poco tiempo han alcanzado la mayoría de edad reclamen que la responsabilidad de enseñar/reprimir siga siendo ejercida por el profesorado o la dirección de los centros de enseñanza o de trabajo o, incluso, por sus madres y padres o quienes se hayan ocupado de su crianza. Esto puede tener cierta lógica; sin embargo, no es de recibo que sea habitual que haya tantas personas que adopten esta actitud durante gran parte de su vida.

En efecto, si se aspira a ser una persona adulta, libre y responsable, simultáneamente al cese definitivo del proceso de educación/represión, se debe asumir, como axioma, que (planteado de forma más posibilista) casi nadie enseña casi nada a casi nadie. En el mejor de los casos, habrá algunos congéneres que tengan la habilidad de ofrecer algunas herramientas o directrices que pueden ayudar a aprender.

Por tanto, en materia de aprendizaje, quejarse de los malos profesores, de las jefas mediocres o, retrospectivamente, de haber tenido padres, madres o tutores poco o demasiado dados a educar/reprimir sólo puede interpretarse como una coartada o una excusa para no asumir que lo que toca es aprender a aprender.

Desde la evidencia de que la sociedad no ayuda y, en particular, el mercado del trabajo es un ámbito hostil (siempre lo ha sido y lo seguirá siendo), la asunción de la tarea de luchar por la vida es consustancial con el derecho de toda persona a no ser reprimida en ninguna forma. Y, en lógica consecuencia, llegada la mayoría de edad, cada persona debe aceptar que, en adelante, tendrá que decidir qué quiere aprender y, además, buscarse la forma de lograrlo.

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