Negro sobre blanco  /  Las tesis del aitona

Las comas de la amiga de Teresajulio 2024

La existencia de las redes sociales ha impulsado la comunicación escrita, que durante mucho tiempo había ido perdido protagonismo ante el uso masivo del teléfono, sobre todo desde la proliferación de los móviles. No obstante, el nuevo género epistolar iniciado con el correo electrónico ha ido disminuyendo de forma alarmante su nivel de corrección gramatical en las nuevas redes sociales. Ahora lo importante es escribir mensajes a la mayor velocidad posible, incluso si ello implica una deficiente trasmisión de la información. Hay quien justifica este deterioro argumentando que las lenguas son instrumentos que deben adaptarse a las necesidades de la sociedad; incluso se pone como ejemplo los antiguos telegramas, en los que se utilizaba el menor número posible de palabras para rebajar el coste de su envío.

Detrás de la enraizada costumbre de escribir mensajes en lugar de llamar por teléfono, hay dos razones principales: una, la discreción que ofrece poder leerlos y contestarlos sin que quienes están alrededor se enteren de su contenido; dos, la interpretación sui géneris de cómo utilizar los canales de comunicación basados en los mensajes, concebidos para ser utilizados de forma asíncrona (es decir, sin esperar que la persona destinataria los lea de forma inmediata). El resultado de la pretensión de inmediatez y del afán por abreviar el contenido de los mensajes ha generado una versión contemporánea de la escritura jeroglífica.

Más allá de las polémicas entre lingüistas sobre qué es o no correcto a la hora de escribir, está el uso de los elementos que dan sentido a un texto. Dejando aparte la obsesión que algunas personas tenemos por los acentos gráficos (en mi caso, la causa es haber sufrido la maldición de la tilde), un factor clave para hacer comprensible cualquier texto es el uso mínimamente adecuado de los signos de puntuación. Sin embargo, excepto cuando se recurre a la técnica de enviar una ristra de mensajes de apenas dos o tres palabras sin signo alguno de puntuación, los puntos y las comas se suelen desparramar por los mensajes de forma arbitraria, como si el único propósito fuera dejar constancia de que se sabe que existen (por supuesto, el punto y coma ha sido declarado inexistente). El resultado es que la interpretación de los mensajes acaba dependiendo de una supuesta sintonía cognitiva o emocional entre las personas emisora y receptora, y no de lo realmente escrito.

Al respecto, los libros de gramática suelen incluir ejemplos sobre cómo se puede modificar el significado de un texto por poner o no un punto o una coma. Pero siempre queda la duda sobre si se trata de ejemplos de la vida real o han sido elaborados solo para enfatizar las explicaciones a las que acompañan. El caso que les cuento es rigurosamente real.


Teresa y su amiga llevaban días buscando un hueco para verse. Habían intercambiado mensajes a través de WhatsApp para tratar de cuadrar sus apretadas agendas de mujeres con doble jornada de trabajo, en su casa y fuera de ella. La mañana del día concertado finalmente para la cita, Teresa envío un mensaje de voz a su amiga para confirmar que esta iba a estar por la tarde en su domicilio, lugar en que habían acordado reunirse. El mensaje de respuesta de su amiga fue afirmativo.

No obstante, a primera hora de la tarde, Teresa volvió a enviar a su amiga un nuevo mensaje para confirmar que estaba en casa y ponerse en camino. Quería asegurarse de que el largo trayecto que debía recorrer no iba a ser en balde. El mensaje de respuesta de su amiga fue el siguiente: “No no he salido” (tal cual, sin coma ni punto alguno, ni siquiera para dar por terminada la frase, como es habitual en las redes sociales).

Utilizando la lógica inherente a la comunicación a través de la citada red social y, por supuesto, descartando una aclaratoria conversación telefónica, Teresa entendió que su amiga se había quedado a pasar la tarde en casa. Así que se subió al autobús, después al tren de cercanías -el topo-, y llegó hasta el portal de la casa de su amiga. Y allí pulsó varias veces el interfono, hasta que llegó a la conclusión de que su amiga podía no estar en casa.

En ese momento, Teresa recurrió a enviar un nuevo mensaje escrito para informar a su amiga de que estaba en el portal de su casa y aclarar si la cita seguía o no vigente. Tras una breve polémica sobre el mensaje confirmatorio que le había enviado su amiga y el reconocimiento más o menos explícito por parte de esta de la falta de alguna coma clarificadora, decidieron que la cita siguiera en pie. A Teresa le toco esperar pacientemente en el portal hasta que su amiga regresó.

A la vista de los hechos, se puede concluir, en primer lugar, que saber si la amiga de Teresa está o no en casa es una especie de dilema cuántico, similar al del famoso gato de Schrödinger, que solo se puede resolver yendo hasta su casa y comprobando si está dentro o no. Aunque quizás sería más atinado concluir que el problema es más clásico y se reduce a considerar que hay situaciones en que la opción más práctica es recurrir al comodín de la llamada. En todo caso, si la única opción es vivir plenamente la supermodernidad postulada por Marc Augé y, en consecuencia, utilizar para comunicarse exclusivamente los mensajes a través de las redes sociales, es necesario aclarar previamente qué pasa con las comas de la amiga de Teresa.

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