Negro sobre blanco  /  Las tesis del aitona

Las motivaciones de las personas2014

Ver el comportamiento de los seres humanos reales que he ido conociendo y de los personajes inmortales que libros y películas me han ido describiendo me ha llevado a concluir que, por lo general, las personas actúan o dejan de hacerlo, sobre todo, por dinero, por poder, por prestigio, por joder o, también, por creencias religiosas.


Es inapelable la conclusión que el escritor Javier Cercas pone en boca de uno de sus personajes y que ilustra la motivación relacionada con las creencias religiosas: “Yo acababa de conocerlo, y al principio me había parecido una buena persona; por desgracia no era solo eso: también era un católico de misa diaria, un hombre lleno de buenas intenciones y un creyente en la bondad natural del ser humano. En definitiva, un sujeto peligroso.” (Las leyes de la frontera; MONDADORI, Barcelona 2012). La persona cuyas motivaciones principales para actuar o dejar de hacerlo son sus creencias religiosas es, sin duda, un sujeto peligroso. Da igual que sea por el premio a recibir en la Ciudad de Dios predicada por Agustín de Hipona o por el temor al castigo divino. Para lo bueno y para lo malo no hay nadie más inflexible e implacable que quien conduce su vida desde la convicción de que es Dios -su dios- quien guía sus actos.

Muestras de la intolerancia de origen religioso las hay por doquier en la historia de todas las épocas, de todos los pueblos y de todas las creencias. Un fenómeno típico, incluso en el seno de aquellas religiones que tienen entre sus preceptos mandatos explícitos como, por ejemplo, no matar o no robar, es que entre sus practicantes haya siempre quienes encuentren argumentos para asegurar que Dios está de su parte cuando transgreden la Ley -la humana y/o la supuestamente divina-. Además, las religiones parecen tener previsto siempre algún subterfugio motivacional para que, por muy desastrosamente que se hayan hecho las cosas y por muy inadecuadamente que se haya tratado a los y/o a las que han rodeado al sujeto peligroso durante su vida, sea posible arrepentirse de todo lo que se ha hecho mal o realizar algún acto final de pseudoheroísmo y colarse definitivamente en el paraíso prometido.

Pero la mayoría de los hombres y, cada vez más, también de las mujeres suelen actuar o dejar de hacerlo por motivaciones menos trascendentes y más terrenales: por dinero, por poder, por prestigio o por joder (u, obviamente, por una combinación de varias de ellas). Ir por la vida alegando que se actúa o se deja de hacerlo por amar a otra/s persona/s es también una postura bastante frecuente. Sin embargo, no creo que el amor sea la motivación principal más habitual para la mayoría de los hombres, sino más bien el modo de explicar cierto estado de ánimo vinculado en gran medida a lo de joder o, en ocasiones, al deseo de reciprocidad, es decir, al interés por ser amado. No obstante, podría admitirse circunstancialmente el amor en la lista de motivaciones preferenciales de las personas, sobre todo en el caso de bastantes mujeres, en particular si el objeto del amor es su prole.

Lo del dinero es bastante evidente. En efecto, la gran mayoría de las personas, incluso entre las que son desprendidas, aceptan sin demasiadas objeciones que obtener dinero es un factor motivador relevante en su vida, aunque sólo sea porque es la forma habitual de acceder a los bienes y servicios que se ofrecen en los mercados de las sociedades modernas.

A nadie sorprende ni escandaliza, por tanto, que aspirar a un nivel de renta y riqueza suficiente como para cubrir las necesidades que en la sociedad son consideradas básicas sea una motivación preferencial para cualquier persona. Sin embargo, es habitual que intentar ganar todo el dinero que sea posible se convierta en el incentivo básico de la vida de muchas personas, incluso de aquellas que ya tienen cubiertos con creces sus mínimos básicos. Lo cierto es que entre las cosas que se pueden obtener con dinero están el acceso a cierto nivel de poder y de prestigio y, por supuesto, el tener unas mayores posibilidades de joder.

Resulta sorprendente, así mismo, la cantidad de ricos y menos ricos que acumulan dinero no tanto para comprar bienes, acceder a servicios o situarse en determinado estatus, sino porque les gusta saber que lo tienen. En general, los afectados por este síndrome del Tío Gilito dicen guardar el dinero por si acaso, pero en realidad lo hacen porque -además de generarles, obviamente, sensación de seguridad- les produce placer el mero hecho de tenerlo.

Facilitar que las personas tengan poder de decisión real sobre qué hacer con la propia vida es una estrategia clave para garantizar la libertad individual. Hay, no obstante, personas que están especialmente motivadas por poder influir sobre qué debe ocurrir en la vida de otras personas.

A una parte importante de estas personas les causa satisfacción, sobre todo, saber que lo que hacen o dejan de hacer, ya sea en beneficio propio o con el más altruista de los objetivos, influye en la construcción de la historia de su tiempo. Son personas que aspiran, de forma más o menos declarada, a ser protagonistas de la vida pública.

Junto a estas, hay otras muchas personas que también sitúan el poder en el centro de sus vidas, aunque aspiren a ejercerlo en ámbitos más reducidos y con contenidos más elementales. El pater o la mater familias obsesionada por ejercer el control sobre su entorno familiar; la pléyade de jefes que llenan las estructuras jerárquicas; los y las profesionales que tienen estatus con cierta autoridad social... Hay muchas personas cuya principal motivación en la vida es el ejercicio de su parcela de poder.

A menudo, este interés por acceder siquiera a un mínimo nivel de poder se solapa con la necesidad que sienten las personas por demostrar su valía ante los demás, por conseguir su estimación, por tener ascendiente o autoridad ante ellas; en definitiva, por tener prestigio. Raramente se encuentran personas a las que no les guste hacer algo bien y ser reconocidas por ello. Con el paso del tiempo, he llegado a la conclusión de que quien necesita demostrar algo a los demás es porque necesita demostrárselo a si mismo. Sin embargo, creo que a cualquier persona sigue gustándole tener prestigio incluso cuando ha llegado a la conclusión de que ya no tiene que demostrar nada a nadie. Desde el cocinero de las estrellas a la que hace tortilla de patatas en su casa; desde la ingeniera que envía artefactos al espacio al albañil que coloca azulejos; desde la deportista de alto nivel al niño que juega con una pelota: todos/as aspiran a tener prestigio por lo que hacen. Obviamente, la frontera entre el prestigio y la vanidad es muy sutil, a veces imperceptible. A pesar de este riego, es evidente que tener prestigio es una motivación básica para las personas y, además, una buena razón por la que esforzarse en hacer las cosas bien.

Por último, hablemos de sexo. Hay un sinfín de formas de referirse al sexo con eufemismos que se ajustan a todo tipo de ideologías o formas de pensar. He elegido un verbo tan poco sutil como joder por dos razones: una, para dejar claro que estamos hablando de deseo carnal, de fornicación, y no de amor; dos, porque hace que el listado de las motivaciones sea más contundente... y, además, suene a pareado.

Ignorar la importancia que el sexo tiene en el comportamiento de las personas sería desconocer el motor de la historia de la humanidad. Y no sólo de los tiempos en los que procrear era consustancial con la supervivencia de la especie o del grupo humano de pertenencia, sino de todos los momentos de la historia, incluidos los actuales, en los que, en teoría, los anticonceptivos han posibilitado la modificación sustancial del comportamiento sexual de los hombres y, sobre todo, de las mujeres.

Negar la relevancia motivacional que ha tenido y tiene el interés por acostarse con esta o aquella señora -en calidad de esposa, esclava o amante; para procrear o sin querer hacerlo; por deseo compartido o con compensaciones de uno u otro tipo de por medio- es negar la esencia misma de la condición humana masculina y, por tanto, omitir un factor clave en la historia de sociedades eminentemente patriarcales. Todas las personas, mujeres y hombres, casi sin excepción, muchas veces han actuado o dejado de hacerlo con el sexo como motivación. Para comprobarlo basta echar un vistazo alrededor y ver cómo se comportan tanto los seres humanos reales como los personajes inmortales.

Olvidarse del interés por el sexo de hombres y mujeres y limitarse a tener en cuenta sólo algunas razones que las personas esgrimen oficialmente para justificar su devenir por la vida es como hacerse trampas en el solitario (sin que al término haya que buscarle significados subliminales). Razón tiene un buen filósofo del sexo como Woody Allen cuando dice que el amor es la respuesta, pero mientras esperas la respuesta, el sexo plantea algunas preguntas bastante interesantes. Acertar en las respuestas a las preguntas sobre sexo -a las que W. A. hace referencia y a algunas otras- seguro que nos ayuda a comprender mejor qué motiva a actuar o a dejar de hacerlo a las mujeres y a los hombres de cualquier latitud, condición social y tendencia sexual.

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