Negro sobre blanco  /  Las tesis del aitona

Natura non facit saltusabril 2022

En su obra La vida contada por un sapiens a un neandertal (Alfaguara, 2020), el escritor y periodista Juan José Millás (Valencia, 1946) y el escritor y catedrático de Paleontología Juan Luis Arsuaga (Madrid, 1954) mantienen el siguiente diálogo:

M.- ¿Qué es lo que define a una especie?

A.- Pregúntate primero por qué hay especies.

M.- ¿Por qué hay especies?

A.- Hay especies porque lo decides tú. En la naturaleza todo fluye, no hay nada estático. 

M.- Pero habrá un consenso científico, supongo, respecto a lo que llamamos especie.

A.- Si te empeñas, llamamos especie a lo que es reconocido como diferente y no híbrido, aunque luego, en la naturaleza, se cruzan los coyotes con los chacales.

M.- ¿El neandertal es una especie diferente del sapiens?

A.- Eso lo decides tú...

M.- ¿Cómo voy a decidirlo yo? [...]

A.- No te empeñes: la naturaleza no está hecha para las categorías humanas.


Incluso en el intrincado mundo subatómico, donde solo se atreve la mecánica cuántica, las últimas investigaciones han puesto en entredicho la idea del salto cuántico. En efecto, lo que parecía ser un salto de un estado atómico o molecular a otro, sin que mediara proceso alguno y sin que transcurriera tiempo, ha sido refutado por resultados empíricos, que ya habían sido predichos por las matemáticas. En concreto, hay evidencia de que entre ambos estados transcurre un intervalo de tiempo del orden de 10-17 segundos (un “0” seguido de dieciséis ceros y un “1”), aunque todavía queda por interpretar qué es lo que ocurre durante ese brevísimo instante de tiempo.     

Con este avance científico ha pasado a la historia, por tanto, lo que hasta hace poco parecía ser la excepción a lo que Arsuaga se refiere como el fluir de la naturaleza y que la filosofía tradicional, como recogieron insignes pensadores como Newton y Leibniz, explica con la frase Natura non facit saltus (la naturaleza no procede a saltos). Como subraya el paleontólogo, es la necesidad humana de desmenuzar y clasificar lo que observamos para lograr entenderlo lo que hace que nos imaginemos fronteras que separen y diferencien lo que percibimos como distinto u opuesto; pero, en realidad, no son más que simples “cortes” que damos al continuum sobre el que fluye la naturaleza, con el propósito de construir una explicación que sea accesible a nuestras limitadas mentes. 

Postulamos teorías -a veces, incluso, meras patrañas- para lograr aprehender lo que observamos o intuimos y necesitamos explicarnos, y también para intentar dar respuestas, a menudo demasiado triviales, a preguntas que bullen en nuestra mente o a realidades que no encajan con nuestras creencias. Y en esa búsqueda de explicaciones, en ocasiones en que no sabemos explicar exactamente la forma en que se produce lo que consideramos una diferencia o una anomalía no prevista en nuestra teoría, es cuando inventamos una discontinuidad, un salto. Mientras la naturaleza va generando diversidad dentro de la continuidad, nosotros nos empeñamos en ir haciendo clasificaciones, en ir estableciendo categorías e imaginando saltos que llegamos a calificar, con inusitada soberbia, como aberraciones de la naturaleza (sic). ¡Como si nosotros fuéramos los sabios y la naturaleza, la estúpida! 

En cualquier caso, hay una característica sustancial de las teorías que se formulan ateniéndose a los principios de la ciencia: el ser siempre provisionales, es decir, un mero instrumento para seguir buscando explicaciones cada vez más razonables y precisas, que se atengan a los datos y/o a las comprobaciones empíricas. Según el profesor Arsuaga, las especies son, por ejemplo, una explicación científica, lo cual significa que no son saltos que produce arbitrariamente la naturaleza para construir deliberadamente diferencias inexplicables. Como dice en otro pasaje de la anteriormente citada obra “la evolución es el mundo del caos” y, por tanto, “no tiene la estructura de un relato ”. Al respecto, recomienda a Millás que, si quiere un cuento, lea el Génesis

Más cercano a los humanos actuales es el asunto de las razas. ¡Por fin el Proyecto Genoma Humano ha logrado demostrar que no existen! Estadísticamente la explicación es bastante sencilla: entre miembros de lo que se consideraba una raza hay más diferencias significativas que entre el prototipo de esa raza y de cualquier otra. Al final, solo era un engaño de nuestra vista: el color que refleja la piel de cada persona cuando la luz, que es igual para todos, se refleja en ella; o algunas pequeñas diferencias en el fenotipo, que solo es la parte visible que en las personas ocasiona la interacción de su genotipo y con el medio en que viven. 

Y algo parecido ocurre con el sexo (que, por cierto, no es una condición orgánica privativa de la especie humana). Hasta hemos tenido que inventarnos lo del género para ir haciendo grupitos en los cuales clasificar a las personas que no encajan en el molde de los dos supergrupos bíblicos, las pretendidas aberraciones de la naturaleza (sic) que supuestamente son quienes no encajan exactamente ni con Adán ni con Eva. En esta materia, no se trata de divagar sobre preferencias sexuales, ni sobre etéreos flujos de género, sino simplemente de no pontificar sobre lo que es o debería ser cada cual y atenerse a lo que la naturaleza, en su caos evolutivo y con su alquimia de genes, hormonas y fenotipos va produciendo. Quizás sería bueno que quienes tengan ansias de explicaciones trascendentes para el devenir de la naturaleza y, en particular, del homo sapiens acaben de leerse el Génesis y logren llegar hasta lo que se dice que decía Jesús de Nazaret sobre el respeto y el amor al prójimo. 

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