Negro sobre blanco  /  Opinatorio

El algoritmo y el logaritmomayo 2022

Según el diccionario en línea de la RAE, un algoritmo es un “conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema”, y un logaritmo, el “exponente al que es necesario elevar una cantidad positiva, llamada base, para que resulte un número determinado”. Por su parte, el Diccionario Ilustrado de Conceptos Matemáticos de Efraín Soto Apolinar define algoritmo como el “procedimiento definido para la solución de un problema, paso a paso, en un numero finito de pasos”. Este mismo autor define logaritmo como “Exponente al cual debe elevarse la base para obtener como resultado un numero dado”. (Probablemente porque la definición le parecía demasiado abstracta para los y las estudiantes de bachillerato a quienes está destinado el diccionario, añade la siguiente explicación: Si y = ax, donde a > 0 y a ≠ 1, entonces, se define: loga y = x (se lee: el logaritmo del número “y” en la base “a” es igual a “x”). Me temo que el añadido no aporte demasiado a quienes tengan alergia a las matemáticas.)


Dado que ambas palabras están formadas por las mismas letras y que al ser pronunciadas suenan parecido, no es tan extraño que la gente las confunda. Pero si hacen un poco de sociología rudimentaria y llevan a cabo una encuesta entre las personas de su alrededor preguntándoles qué significa cada una de ellas, les pronostico que, salvo que se encuentren rodeados de gente de “ciencias”, y aun así, llegarán a la conclusión que el analfabetismo matemático tiene un alto grado de penetración social.  

El desconocimiento de la diferencia entre ambos conceptos puede intentar justificarse alegando que la disciplina de los números no suele ser santo de la devoción de muchísima gente. Pero entre quienes no son capaces de distinguir entre logaritmo y algoritmo, es muy posible que se encuentren con personas que presumen de tener cierto bagaje cultural, como, por ejemplo, periodistas, escritores o editores de libros. Una prueba empírica: la novela titulada El ministerio de la verdad. Vaya por delante que, aunque la elegí en unos días en que solo buscaba lectura para pasar buenos ratos de insomnio, me resultó bastante entretenida. 

Todavía me estaba sumergiendo en la trama cuando el avezado director de un periódico digital explica a una becaria que en el 2030, año en que transcurre la historia, para lograr simultáneamente entretener e informar a los y las lectoras hay que contar necesariamente con la tecnología. Para ello, se recopila información sobre las personas que están suscritas al periódico (webs a las que acceden, personas a las que siguen en redes sociales, sitios donde compran, etcétera) y, con todos esos datos, un logaritmo (sic) decide el contenido de lo que el periódico debe suministrar a cada persona. 

Al acabar de leer el párrafo, señalé la página, porque me imaginaba que aquello no acababa allí. Mi intuición de lector me decía que aquel imperdonable error conceptual del siniestro director iba a ser la clave para que la becaria, que luego resulta ser la heroína del relato, lograse desenmascarar sus aviesas intenciones informativas. Craso error. No se me ocurrió que aquello podía ser solo el primero de una serie de logaritmos equivocadamente repartidos a lo largo de la novela. 

Es en la segunda parte de la novela cuando los falsos logaritmos empiezan a mostrarse reiteradamente y sin ningún pudor. Primero, cuando la becaria descubre en un texto de su difunto padre, también periodista, que, unos años antes, el ministerio que da título a la novela había creado un logaritmo (sic) para manipular las elecciones políticas. La estrategia seguida para perpetrar la manipulación era similar a la que le había explicado el director del periódico: recopilar datos de las personas indecisas, aplicarles el logaritmo (sic), y enviarles información ad hoc para que votaran a quien quería el ministerio. Seguidamente, en una entrevista realizada también por el progenitor de la heroína al ingeniero creador del “sofisticado logaritmo” (sic), este confiesa que inicialmente lo había diseñado, con la mejor de las intenciones, para predecir las necesidades de la población y actuar diligentemente para satisfacerlas. Poco después es la esposa del ingeniero la que cuenta a la protagonista que, en efecto, su marido había creado el logaritmo (sic). 

Llegado hasta aquí, ya no necesitaba que, en la parte final de la novela, volviera a explicarse la estrategia de manipulación psicológica sobre la que se había sustentado el ya famoso logaritmo para entender el fondo del asunto: ni el autor ni las personas por las que, antes de ser publicadas, habían pasado las páginas con los logaritmos -computé hasta cinco- tenían la más remota idea ni de qué es un logaritmo ni, al parecer, tampoco de qué es un algoritmo. Al acabar la novela pensé que sería interesante disponer de los datos de quienes la han leído, para aplicarles el correspondiente algoritmo y saber cuántas personas se han dado cuenta de que les han dado logaritmo por algoritmo.

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