Negro sobre blanco / Opinatorio
El autógrafo de Indyabril 2026
Si uno ha crecido en Donosti y se ha aficionado al cine viendo sesiones dobles -y continuas- en el Trueba o el Bellas Artes, tiene grabado en su memoria el gusto por las clásicas películas de aventuras: esas en las que el chico siempre burla a los malos y liga con la chica. Por eso no es extraño que uno se lo pase en grande viendo, por ejemplo, una película de Indiana Jones, el héroe a la antigua usanza creado por George Lucas y protagonizado por Harrison Ford.
Un día gris y lluvioso de Semana Santa es el momento ideal para colocarse delante de la tele y ver Indiana Jones y la última cruzada. Desde 1989, fecha en la que se estrenó, había tenido ocasión de verla un par de veces. Pero es fácil dejarse llevar por la magia de Steven Spielberg y disfrutar con las andanzas de unos buenos, listos y ocurrentes, ganando la partida a unos malos que son unos auténticos capullos. Como era previsible, la película ha envejecido llena de tópicos. Sin embargo, hay una secuencia que me pareció tan actual como si estuviera viendo un informativo de ese mismo día.
Ocurre cuando Indiana, acompañado por su padre -interpretado por el gran Sean Connery-, debe ir a Berlín para recuperar el diario en el que este último ha ido recopilando datos sobre el Grial (la búsqueda de este objeto mítico es el hilo conductor de la película). La escena está ubicada en el 10 de mayo de 1933, día en que, en la Bebelplatz de la capital alemana, se produjo la famosa Quema de Libros de autores considerados contrarios al régimen nazi (por ser marxistas, judíos o, simplemente, pacifistas). En medio de la siniestra celebración, disfrazado de oficial del ejército alemán y llevando en la mano el recién recuperado diario, Indiana se da de bruces con Hitler.
El sanguinario dictador, como adolescente caprichoso y narcisista que necesita ser permanentemente adulado por quienes le rodean, solo alcanza a pensar que Indy es un admirador que acude a él para que le firme un autógrafo en el cuaderno que lleva en la mano. Y así lo hace, mientras pone la misma cara de suficiencia que acostumbra a regalarnos Donald Trump en cada telediario, cuando le presentan para firmar un documento con su última ocurrencia. Mientras tanto, la de Indy no puede ser otra que la cara de circunstancias exigida por la situación. O sea, como la que pondrá Emmanuel Macron cuando se vuelva a encontrar con el ínclito.

