Negro sobre blanco  /  Opinatorio

El chicle de Borrelljulio 2019

Siempre que me resulta materialmente posible, sigo en directo los debates políticos de las sesiones del Parlamento español que son especialmente trascendentes. Es el caso de aquellas en las que está sobre la mesa la investidura del presidente del Gobierno o una moción de censura para intentar derrocar a quien ostente dicho cargo o, al menos, para poner en evidencia sus errores. Quienes suben a la tribuna utilizan sus habilidades dialécticas para interpelar o responder a sus rivales políticos, lo que resulta interesante en sí mismo, independientemente del resultado de la votación con la que culmina la sesión.

Lo más habitual es que siga estos debates por la radio, que es el medio a través del cual más habitualmente me informo de lo que pasa en el mundo. Pero es todo un espectáculo poder verlos en vivo y en directo en la televisión, donde no sólo se puede observar con detalle cómo se expresa - verbal y gestualmente- quien tiene la palabra, sino las reacciones de sus rivales. Incluso cabe la posibilidad de que el realizador ponga en pantalla alguna imagen curiosa o extemporánea: el bolso de Soraya Saénz de Santamaría ocupando el lugar del ausente Rajoy, mientras está en juego su porvenir político; el bebé de Carolina Bescansa inaugurando legislatura en el escaño de su madre; Celia Villalobos jugando en su ordenador; o las caras de algunas señorías veteranas -y carcas- mirando con recelo el aspecto de otras recién llegadas.

Uno de los casos más sonados del anecdotario parlamentario retrasmitido en directo fue el supuesto escupitajo que un diputado de Esquerra Republicana de Catalunya habría lanzado a Josep Borrell. Luego el remedo de VAR que organizaron las televisiones dictaminó que no había sido un lapo propiamente dicho; todo lo más, alguna chispita de salivilla escapada como consecuencia de un mohín de desprecio. Al parecer, además de un tipo listo y bragado, el ministro, es muy suyo con las formas; al menos con las de los demás. Esto es lo que se deduce de la imagen del ministro de asuntos exteriores en funciones en el reciente debate de investidura.

Porque la imagen televisiva del citado debate no ha sido el ceño cincelado de Pablo Iglesias al parodiar las negativas de Pedro Sánchez a sus propuestas de ministerios para el partido morado; ni la sonrisa taimada del peneuvista Aitor Esteban al calificar a Albert Rivera como miembro de una banda de mariachis; tampoco la silla vacía dejada por la vicepresidenta Carmen Calvo en mitad del debate mientras daba una rueda de prensa para contrarrestar la ofensiva podemita en los medios; ni siquiera el rictus angelical de Gabriel Rufián al anunciar su nihil obstat a la investidura de Sánchez (siempre que previamente pacte con Unidas Podemos, claro está).

La imagen del debate ha sido la de Borrell -el candidato a ser el mandamás de la política exterior de la Unión Europea- mascando chicle como un poseso ante las cámaras (casi lo de menos es que lo hiciera cuando hablaba Rufián y mientras mascullaba improperios contra él). ¿Se lo imaginan repitiendo el trajín masticador mientras se entrevista, por ejemplo, con otros vaqueros como Donald Trump o el nuevo primer ministro británico Boris Johnson, en plan “que hay de nuevo forastero”? Me temo que sí.

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