Negro sobre blanco  /  Opinatorio

El martirio del chatmayo 2019

Utilizo habitualmente el correo electrónico. Pero, aunque tengo algunos amigos con los que todavía me comunico a través de SMS, cada vez son más las personas con las que utilizo WhatsApp. Me parece un soporte magnífico para, por ejemplo, dar un aviso o concretar una cita. La cosa empieza a ponerse peliaguda cuando alguien propone organizar un chat, porque el asunto puede evolucionar hasta poner a prueba los nervios más templados.

Es probable que quien lo propone tenga la mejor de las intenciones: “Que os parece si montamos un chat y así nos evitamos un sinfín de llamadas o wasaps para informarnos, ponernos de acuerdo...” Así planteado, todo el mundo se congratula, aplaude la genial idea, y se apunta al engendro. Sin embargo, es muy probable que al cabo de poco tiempo alguna de las personas integradas en el chat dé un salto cualitativo. Y, poseída de un instinto creativo insospechado, pase de enviar informaciones o propuestas ad hoc a lanzar diatribas propias de un manual de autoayuda. Iniciativa que, casi indefectiblemente, será secundada por otros u otras integrantes del chat, que habrán entendido que se ha abierto la veda para colocar al prójimo la última reflexión sublime que circule por internet.

Incluso habrá quien pierda definitivamente los papeles y se dedique enviar contenidos que nada tienen que ver con los objetivos iniciales del chat, pero que tienen el loable propósito de intentar salvar a todo tipo de especies en extinción o, directamente, al conjunto de la aldea global. Si el despropósito culmina con entrañables imágenes de gatitos, perritos u otros itos del ancho mundo, sólo queda una drástica solución: darse de baja inmediatamente en el chat de marras.

Con todo, el martirio del chat no son los wasaps que, a juicio del espíritu crítico del rarito de turno (mea culpa), se desvíen de su inicial razón de ser. Lo realmente insoportable son los wasaps con los que cada integrante se siente en la obligación de responder a cualquier mensaje, incluso cuando en él no se formule pregunta alguna. Esto significa que uno puede recibir un wasap más o menos oportuno y ¡una ristra inacabable de respuestas banales!, cuyo propósito, más allá de la mera cortesía, es cumplir un pretendido axioma de la modernidad: wasapeo, luego estoy conectad@. Y, por tanto, existo.

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