Negro sobre blanco  /  Opinatorio

FOMO vs JOMOseptiembre 2016

FOMO es el acrónimo de Fear of Missing Out, o sea, miedo a perderse algo. Aunque el malestar que produce a algunas personas pensar que la gente puede pasar de ellas o el interés desmedido de otras por estar al loro de todo lo que ocurre a su alrededor es tan antiguo como el ser humano, la versión actual del síndrome tiene sus raíces en Internet.

Quien no se conecta a la hidra de la modernidad es catalogado como un ejemplar de una especie en extinción, el homo pretecnológico, a la que también pertenecen quienes no tienen teléfono móvil. Es un indicador de la indiscutible victoria social de estos avances de la tecnología, que han marcado un antes y un después en la vida cotidiana de las sociedades de nuestro tiempo. Sin perjuicio de que, al igual que ocurre con otros logros (como la TV o el automóvil), siempre hay quien les dedica demasiado tiempo o les concede un excesivo protagonismo en su vida.

Pero el asunto ha ido in crescendo. Hace unos años, el furor por tener el móvil más pequeño dio paso al reinado de los smartfhones, que invadieron el mercado y pasaron a ser protagonistas de la vida y milagros de las gentes. A día de hoy, quien quiera ser considerada una persona de su tiempo debe tener siempre cerca uno de esos miniordenadores. En el bolsillo, en la mochila, en el bolso o en la mano, que es la opción predilecta de quienes aspiran a no estar ni un minuto fuera de la jugada y, por tanto, quieren poder responder con urgencia al último mensaje de WhatsApp o al conato de argumentación en Twiter, o compartir sin demora una foto en Facebook o un video en Instagram, o difundir sin perder comba un meme ocurrente o una memez enviada por alguien sin nada mejor que hacer.

Es una realidad empírica que es casi imposible compartir tiempo y espacio con un o una joven y que su smartfhone no esté omnipresente. Pero el FOMO ya no es sólo cosa de jóvenes: puede afectar a unos señores más que talluditos sentados a la mesa de un restaurante que, sin intercambiar palabra, se afanan con su respectivo artefacto o a un grupo de jubiletas incapaces de asistir a un evento sin hacerse unos selfis haciendo el ganso o a una señora de la cuarta edad que se hace un lío con el vídeo que acaba de grabar y lo reproduce en el momento más sublime del concierto.

Sin duda, poder hacer sobre la marcha una consulta a través de Internet es un logro humano impresionante; como lo es poder estar, en cualquier momento, en contacto con quien se quiera y desde donde se quiera. Y nadie que tenga un mínimo de lucidez mental puede negarlo, salvo que su incapacidad manifiesta para utilizar las TIC (tecnologías de la información y la comunicación), siquiera de forma elemental, haga que reniegue de ellas para evitarse el sentimiento de frustración.

Pero algo está pasando con el uso y abuso de la tecnología cuando ha surgido la alternativa JOMO, encabezada por la señora Randi Zuckerberg, poco dudosa de no enterarse del tema, ya que no sólo es hermana del sumo hacedor de Facebook sino que durante un tiempo fue la voz pública de la compañía. La información sobre este nuevo posicionamiento ante la tecnología móvil -que algunas personas ya habíamos adoptado instintivamente- la encontré en La vida ya no se vive, se tuitea, recomendable artículo de Carmen Posadas publicado en XLSemanal de 11 de septiembre de 2016.

JOMO es el acrónimo de Joy of Missing Out, o sea, la dicha de estar desconectado o, si se prefiere una versión más castiza, lo a gustito que se vive sin estar todo el día pendiente del puñetero móvil, ya sea propio o ajeno. ¿Para cuándo una estrategia JOMOnera para lograr espacios y tiempos sin sufrir el FOMO de quienes nos rodean? Me temo que va a ser un camino todavía más largo y tortuoso que el que ha costado poder ir a algunos campos de fútbol sin que nos atufen con el humo del puro.

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