Negro sobre blanco  /  Opinatorio

Habitaciones sin televisiónenero 2018

Detesto estar ingresado en un hospital tanto como aquel gato de dibujos animados doblado con acento andaluz odiaba a sus malditos roedores preferidos. Pero debo reconocer que sólo tener la posibilidad de acudir a un gran centro sanitario -en el que todo es posible- permite que un enfermo crónico afronte la vida sin el pánico cotidiano de no saber qué hacer ante una agudización imprevista y grave de su dolencia.

Una alternativa que va cogiendo fuerza es la hospitalización domiciliaria, con excelentes resultados sanitarios -y económicos-, aunque obviamente no descarta totalmente la necesidad puntual de un ingreso hospitalario. Para la persona enferma la ventaja fundamental de no estar ingresada es poder llevar una vida de cuidados familiares que se adapte mejor a sus necesidades vitales (higiene, comidas, horarios de descanso...). No obstante, tampoco se puede generalizar: hay personas que prefieren estar en el hospital, porque en su domicilio no disponen de recursos suficientes para su cuidado.

En respuesta a acusaciones de que las estrategias de recuperación de la salud que se siguen en los hospitales pueden no ser idóneas, he escuchado decir a algún médico radical que a un hospital se va a curarse y no a descansar. Incluso entendida de manera sutil, quizá sea una afirmación demasiado alejada de la idea básica de que quien al final recupera la salud es la persona enferma, sin perjuicio de los medios de diagnóstico y seguimiento de la enfermedad de que dispone la sanidad moderna y de las ayudas terapéuticas que necesite. En mi opinión, en esa concepción de la atención hospitalaria que deja en segundo plano la necesidad de que el enfermo tenga el mejor entorno para autocurarse radica uno de sus principales defectos (el otro sería la proliferación de enfermedades -sobre todo infecciones- que se adquieren en el propio medio hospitalario).

Con carácter general, es bastante evidente que el ritmo de un hospital no se atiene a las necesidades vitales de sus pacientes. Los horarios y el funcionamiento de los servicios y de sus trabajador@s son los de un gran ejército, más o menos bien organizado, al que l@s hospitalizad@s no tienen más remedio que adaptarse. En particular, los tiempos de descanso son una entelequia en línea con el anteriormente citado argumento del médico que ve al hospital como una gran máquina sanitaria en la que se introducen personas enfermas y se obtienen personas curadas de la dolencia aguda concreta que las ha llevado a ser hospitalizadas (sin que ello signifique que esas persona hayan recuperado la salud en el sentido más profundo del término).

En teoría, hay un reducto del hospital en el que la persona ingresada debería tener cierta posibilidad de refugiarse -siquiera a ratos- de la imponente maquinaria curativa (sic) y establecer un cierto ambiente personalizado que le ayude a sobrellevar el trance: su habitación. Lo habitual es que sea compartida con otr@ paciente del mismo sexo y, a nada que uno sea de hábitos un poco fuera de lo habitual (mea culpa), no es nada sencillo coincidir con alguien cuyas costumbres y las de su entorno familiar hagan la estancia hospitalaria más proclive a la curación y a la recuperación de la salud.

Lo de las visitas a la persona con la que se comparte habitación que se convierten en tumultuosas y animadas tertulias poco propicias al descanso y la relajación es una cruz hospitalaria que, en ausencia de sentido común, merecería una regulación más estricta y restrictiva. Así mismo, para quienes no entendemos la televisión como un elemento fundamental de nuestra vida cotidiana y que en periodos de crisis de salud la percibimos más como una agresión que como una distracción, compartir habitación con alguien que no tenga límite con el artefacto puede ser funesto.

Es por ello por lo que reclamo que, al igual que había un tiempo en que uno podía intentar aislarse del humo pidiendo asiento de “no fumador” (¡como si los gases no tendieran a expandirse por los alrededores!), me parece imprescindible e inaplazable que los centros hospitalarios se ofrezcan habitaciones sin televisión a l@s pacientes que lo deseen. Además de evitarse la correspondiente agresión y de ampliar los momentos de descanso, me parece una forma de emparejar a pacientes que prefieran un rato de lectura, de escritura o de escucha privada de música o radio a la murga televisiva de obligado cumplimiento.

Supongo que voy a tener que elevar a quien corresponda una solicitud al respecto; aunque apuesto a que me tomarán por un tipo raro y poco sociable. ¡Como si ver horas y horas la televisión homologara socialmente a las personas hospitalizadas!

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