Negro sobre blanco  /  Opinatorio

La 145, una habitación con vistasenero 2022

En mayo de 2018 escribí una Carta a la Directora General de Osakidetza en la que, entre otras cosas de mayor enjundia, le pedía que se habilitaran fórmulas para que las personas que lo deseáramos pudiéramos realizar nuestra estancia hospitalaria en Habitaciones sin televisión. Esta vez, no sé si por el aislamiento obligado para un sospechoso de estar infectado por COVID o porque no tenían otro sitio mejor -dudo que lo haya peor-, mi destino fue la habitación 145 del Hospital Universitario Donostia. La habitación tiene TV (creo que todas la siguen teniendo), pero, como estaba solo, me pude permitir la tranquilidad de no ponerla en funcionamiento mientras duró mi estancia. En este caso, ese no era el mayor de los problemas logísticos de la habitación.


El Hospital Universitario Donostia tiene, al parecer, 1172 camas, que están repartidas en unos cuantos cientos de habitaciones. La primera impresión es que la habitación que en mi última estancia en el hospital me tocó en suerte, no era la mejor del hospital, aunque, en principio, tampoco tenía pinta de ser necesariamente la peor. El mobiliario es similar al de otras habitaciones por las que he pasado y la sensación es que todo estaba limpio. El baño tenía un aspecto un poco peor, pero uno no ha nacido en un palacio y unos pequeños desconchados no me hubieran llevado a escribir estas líneas.

Además de la limpieza, a lo que uno aspira cuando está ingresado en un hospital es a que la habitación y el mobiliario sean cómodos, es decir, a que la estancia allí no esté llena de pequeños obstáculos que lo hagan todo un poco más difícil. Y ahí es donde la habitación que me asignaron no está, ni de lejos, a la altura de lo que se espera de un hospital de la que presume de ser la mejor sanidad pública del mundo. Las afirmaciones hay que confirmarlas con hechos. 

El primero de los inconvenientes de la habitación surge cuando uno pretende sentarse a comer. La cama, como todas, tiene una mesa colgante en la parte de los pies. Pero, una vez puesta en posición horizontal y ubicada la silla frente a la mesa, dadas las reducidas dimensiones de la habitación, sentarse y levantarse se convierte en un incordio para cualquiera que no sea contorsionista, y un imposible para cualquiera que no sea muy delgado. Además, en caso de tener que solicitar ayuda, no solo debía realizar las correspondientes contorsiones para levantarme y apretar el botón de llamada, sino que cualquier persona tenía que embutirse previamente un EPI antes de entrar en la habitación. 

En el momento de ducharse, la estructura del baño también quedaba en entredicho. En efecto, bastaba tener abierto el grifo de la ducha durante unos segundos para darse cuenta de que el agua no caía hacia el desagüe, sino en sentido contrario (los baños de las habitaciones del hospital no suelen tener plato de ducha). Tuve que ducharme cerrando el grifo varias veces y, al acabar, poner una barrera de toallas para que el agua no invadiera la habitación y llegara hasta el pasillo. Un desastre. 

Comido y duchado, tras haber sorteado los obstáculos descritos (recuérdese que uno está allí cuando está chungo, por lo que salvar esos obstáculos supone un esfuerzo para el que en ese momento no sobran las fuerzas), lo que a uno le queda cuando está aislado es sentarse o tumbarse en la cama y, si uno está con ánimo, mirar por la ventana. En este caso, una imagen vale más que mil palabras: como dije a mi familia, estoy seguro de que muchos reclusos de penales de alta seguridad tienen en sus celdas de aislamiento mejores vistas que las que ofrece la ventana de la habitación de marras. Y si uno se asoma un poco la cosa todavía empeora, porque a la suciedad acumulada en aquella especie de tejadillo hay que añadir la sospecha de que por allí desemboca al exterior alguna instalación del hospital: un ambiente ideal para un enfermo respiratorio. 

En resumen, si está en el Hospital Universitario Donostia y le dicen que van a ingresar en la habitación 145, mejor que se lo piense.

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