Negro sobre blanco  /  Opinatorio

La Cabraenero 2017

Hace unos días, mientras merendaba frugalmente, encendí el televisor para saber si Trump había desencadenado la versión nuclear de la Tercera Guerra Mundial (la que según el papa Francisco hace tiempo que se viene librando con los medios habituales). Sintonicé La Sexta, que suele estar al loro de los desbarres trumpianos, y lo que me encontré era, en principio, menos terrible, pero todavía más esperpéntico, que ya es decir.


La noticia del momento era que el pleno del ayuntamiento de Muradiel (Ciudad Real) había decidido dedicar una calle al fallecido propietario de Casa Pepe. Según explicaron, este establecimiento de hostelería (al que Alberto G. Palomo, en reportaje publicado en EL PAÍS, se refería como “El bar que se saltó la Transición”) es famoso por estar profusamente decorado con simbología franquista y porque es posible degustar su menú mientras se cantan canciones de época (esas que tanto nos suenan a quienes nacimos en la posguerra y fuimos a la escuela pública). Al respecto, es ilustrativo que, como recoge el citado reportaje, una de las personas que lo regenta en la actualidad haya definido el establecimiento como “su bar de Despeñaperros orientado cara al sol” (sic).

En la tele no daban información sobre el menú -sólido o líquido- ingerido por los ediles y edilas de Muradiel antes de aprobar la dedicatoria de la calle, ya que el programa estaba centrado en el meollo político del asunto. O sea, en aclarar qué partido había votado a favor y cuál en contra y, en consecuencia, quién tenía que tomar medidas para que el pleno municipal rectificara y revocara su decisión. Entre los presentes en el plató había consenso en calificar de despropósito la dedicatoria de la calle, y hasta habló la alcaldesa para decir que ella no asistió al pleno fatídico, pero que también estaba en contra.

A mí la reflexión que me suscitó aquel debate fue que, en un país en que se permite la existencia de la Fundación Francisco Franco (que, según dicen las malas lenguas, hasta ha recibido subvenciones públicas), no debería extrañar a nadie que haya franquistas más o menos camuflados que no se corten un pelo a la hora de rendir homenaje a quien haya alabado a pecho descubierto a tan funesta figura histórica.

Mientras quienes comentaban la noticia iban desgranando el quid político, el realizador del programa, fiel al dicho de que una imagen vale más que mil palabras, iba colocando de fondo, una y otra vez, las imágenes que tenía disponibles. Tras verlas un par de veces, mientras comprobaba que no era día de inocentadas y me aseguraba de que en mi merienda no había ninguna sustancia psicotrópica, alguien hizo un comentario que me llevó a aceptar -con más indignación que resignación- que las imágenes eran reales. En ellas se veía que al bautizo de la calle, placa identificativa incluida, había acudido nada más y nada menos que ¡la Legión!

Que uno sepa, por muy heterodoxa y pintoresca que pueda ser la historia o la imagen de sus integrantes, la Legión forma parte del ejército español. Por tanto, sólo alguien con mando suficiente pudo dar la orden de que aquellos militares hicieran acto de presencia en aquella celebración (que, según comentaron era extraoficial). Lo cual, no sólo manda huevos, como diría el ínclito Trillo, sino que pone en evidencia los devaneos predemocráticos de algún que otro mando militar. ¡A estas alturas!

No obstante, dado que la hemeroteca también informa de que entre los parroquianos más o menos habituales de Casa Pepe hay legionarios, alguien sabedor del arrojo que se atribuye a dichos militares podría pensar que se trataba de un grupo de colegas que, por su cuenta y riesgo, se había brindado a amenizar el acto. Pero, para resolver cualquier incertidumbre acerca de que quienes desfilaban marcialmente (¡eso sí que lo bordan!) y no sé si cantando lo de “soy un novio de la muerte” (las imágenes se emitían sin audio) representaban a la más auténtica y genuina Legión española, las imágenes ofrecían un testimonio incontestable: la presencia digna e inequívoca de la Cabra de la Legión. Gorrillo legionario -el famoso Chapiri- incluido.

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