Negro sobre blanco  /  Opinatorio

La película donostiarra de Woody Allenseptiembre 2019

Da igual que haya sido en coche o caminando, por el día o, incluso, por la noche: quien ha transitado este verano por las calles del centro de San Sebastián se ha topado irremisiblemente con Woody Allen o, al menos, con integrantes del equipo con el que ha rodado su película. Los comentarios sobre los encuentros con el de Brooklyn ataviado con su gorrito verde han sustituido a las oleadas de calor veraniego como tema recurrente de conversación. Cuando la película se estrene en la ciudad, en cada escena habrá alguien que susurrará a quien ocupe la butaca contigua que pasó por allí justo cuando la estaban rodando.


El cineasta ha dicho que va a colocar a San Sebastián entre el selecto grupo de urbes que han sido protagonistas de sus películas: Nueva York, París, Barcelona. No es fácil imaginar mejor campaña de promoción para una ciudad que, tras haber sido uno de lugares de estancia de las élites europeas durante décadas, pasó a ser conocida por ocupar con demasiada frecuencia la parte más truculenta de los telediarios. Una consecuencia previsible de la película donostiarra de Woody Allen es, por tanto, que la afluencia de visitantes a Donostia se intensifique todavía más.

¿Un mayor auge del turismo es una buena noticia para San Sebastián? Sin duda lo es para quienes hacen caja vendiendo bienes o servicios a quienes visitan la ciudad. Un ejemplo: según los medios de comunicación locales, uno de los escasos alojamientos que quedaban disponibles en vísperas de la pasada Semana Grande, por el módico precio de ¡1200 euros por noche!, era un yate anclado en la bahía de La Concha. Se supone que la tarifa tenía en cuenta la posibilidad de ver desde un lugar privilegiado el evento más popular del programa festivo: los fuegos artificiales.

Es obvio que el aumento del número de visitantes beneficia a los negocios del sector turístico, así como a las empresas que, a su vez, son proveedoras de aquellas. Y es también evidente que, como consecuencia del incremento de la actividad económica, aumenta el pago de impuestos y, por tanto, los ingresos de las administraciones públicas. Además, se genera empleo en el conjunto de la economía.

Este aumento de puestos de trabajo nos lleva, precisamente, a la primera de las pegas que conllevan los previstos beneficios que para la ciudad va a tener la película donostiarra de Woody Allen: la hostelería, uno de los puntales de la economía vinculada al turismo, tiene fama de ofrecer empleos precarios, con bajos salarios y malas condiciones de trabajo.

Otro de los inconvenientes que genera el aumento de turistas es que produce molestias en la vida cotidiana de la ciudadanía local (sobre todo entre quienes sufren los inconvenientes sin beneficiarse directamente en su economía). La única forma de que esa parte de la ciudadanía no se mosquee demasiado es que no se deterioren los servicios públicos. A decir verdad, lo ideal para compensar los inevitables inconvenientes sería que, por mor del turismo, dichos servicios fueran todavía mejores. Aunque eso generaría mayores gastos a las administraciones públicas que, en cualquier caso, tendrán que hacer números para ver si cuadran las cuentas de una ciudad que no está concebida ni organizada para el turismo de masas (probablemente ninguna acaba nunca de estarlo).

Sospecho que la película que WA va a dedicar a Donostia tendrá como trasfondo -al igual que casi todas las suyas- sus obsesiones y reflexiones sobre asuntos como la muerte, el sexo o el devenir de judíos y judías. Y que no va a tener, ni siquiera subliminalmente, el propósito de poner de manifiesto las interioridades sociales y económicas de esta ciudad que, me temo, sólo conoce de vista. Ojalá que el ya donostiarra de adopción pase en el futuro mucho tiempo por aquí y pueda llegar a conocer los problemas de sus barrios y de sus gentes, más allá del glamour del centro turístico de la ciudad y de la espuma que rodea a eventos como el Festival de Cine, en el que, al parecer, va a estar ambientada su película.

¿Habrá alguna vez otra película donostiarra de Woody Allen? Una que refleje que ni Nueva York, ni París, ni Barcelona... ni San Sebastián son tan relucientes como aparecen en su filmografía. Una en la que se ponga de manifiesto que hay vida interesante más allá de las vicisitudes efervescentes de la gente guapa y excéntrica. Me temo que hace tiempo que WA ya respondió al interrogante: “No conozco la clave del éxito, pero sé que la clave del fracaso es tratar de complacer a todo el mundo”. Woody Allen dixit.

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