Negro sobre blanco  /  Opinatorio

La verdad periodísticanoviembre 2020

Tras haber puesto negro sobre blanco mis disquisiciones filosóficas sobre la verdad científica y la verdad jurídica, pensaba dar por finalizadas, al menos por un tiempo, mis reflexiones sobre la verdad (sin adjetivos añadidos). Pero hete aquí que, mientras veía y escuchaba una tertulia televisiva sobre la sentencia absolutoria de Josep Lluís Trapero, mayor de los Mossos d’Esquadra, y otros cargos del Departamento de Interior de la Generalitat de Catalunya, un conspicuo periodista ponía en el otro platillo de la balanza justiciera una nueva categoría de verdad (con su correspondiente adjetivo). 

En efecto, para poner en entredicho la sentencia de la Audiencia Nacional -tribunal nada sospechoso de templar gaitas ni con el catalanismo ni con ningún otro nacionalismo periférico-, el susodicho tertuliano esgrimía como argumento que la verdad jurídica establecida por l@s magistrad@s en la mencionada sentencia -noventa y seis páginas- entraba en evidente colisión con lo que sobre los hechos juzgados habían mostrado y/o relatado los medios de comunicación, es decir, con lo que el periodista denominó la verdad periodística

Nadie pone en duda que el periodismo ejerce una función insustituible en cualquier sistema democrático (aunque, para gozar de esa consideración, hay que poner como condición que debe ser ejercido con objetividad, veracidad y honestidad, que de todo hay en ese mundillo, como bien explica David Jiménez García en El Director, 2019). Pero, aunque se esfuerce en contar solo hechos y hasta se acepte que sobre esos hechos hay siempre una verdad sin adjetivos, el periodismo no puede arrogarse que su visión de lo que sucede -de lo que, por cierto, suele haber más de una versión- es la única y definitiva verdad. 

Aunque, por ejemplo, las imágenes vistas por televisión de los hechos ocurridos durante la celebración en Catalunya del referéndum de autodeterminación de 1 de octubre de 2017 son un ejemplo inequívoco de verdad periodística, es evidente que ni constituyen un relato exhaustivo de todo lo ocurrido, ni mucho menos son indicios inequívocos para sacar conclusiones sobre lo que las imágenes ni siquiera muestran. Por tanto, esa verdad periodística no es en modo alguno suficiente para condenar a quienes, además, nadie vio cometiendo ningún delito (aunque algun@s se hayan esforzado en atribuirles responsabilidades que l@s magistrad@s no han considerado demostradas). 

El tertuliano defensor de la verdad periodística debería dar un repaso a algunas premisas básicas del método científico que avalan la vocacionalmente efímera verdad científica: una, la observación de uno o varios hechos aislados no permiten sacar una conclusión general, sino, en todo caso, establecer una hipótesis de trabajo; dos, las relaciones causa-efecto son sumamente difíciles de probar y, por tanto, suele ser osado hacer conjeturas. 

En mi opinión, al referido periodista y a otr@s defensor@s de la verdad periodística no solo les falta método sino, también, asumir que la verdad del o de la plumilla no es la única verdad. Al menos no debe serlo en una sociedad democrática, en la que, además, debería estar siempre presente la conocida como fórmula o ratio de Blackstone (acuñada en el siglo XV por el jurista inglés William Blackstone y reseñada en 1975 por Benjamin Franklin): "Es preferible que cien personas culpables puedan escapar a que un solo inocente sufra”.

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