Negro sobre blanco  /  Opinatorio

Libertades y parásitosmarzo 2017

Hace unos días, la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) ha hecho público un comunicado en respuesta a la “petición de amparo de un grupo de periodistas que se sienten acosados y presionados por el equipo directivo de Podemos, encabezado por Pablo Iglesias, así como por personas próximas a ese círculo”.

No puedo estar más de acuerdo con varias afirmaciones que se hacen en el citado comunicado: considerar “totalmente incompatible con el sistema democrático que un partido, sea el que sea, trate de orientar y controlar el trabajo de los periodistas y limitar su independencia”; que “es importante que todos los partidos sean conscientes de que la crítica respecto al comportamiento y las manifestaciones de quien ostenta un cargo público, aunque pueda molestar o herir, es legítima, de acuerdo a la jurisprudencia emanada del Tribunal Supremo”; o que “solo una prensa independiente y sin miedo puede cumplir su misión fundamental de control del poder”.

Alguna otra afirmación me genera más dudas, como la que dice que “solo unos medios firmes en la defensa de la libertad de expresión pueden frenar las tentaciones de los poderosos de eludir la rendición de cuentas a la que están obligados en una democracia como la nuestra”, ya que no parece valorar que muchos medios de comunicación son propiedad y/o están controlados, precisamente, por los poderosos.

Y discrepo radicalmente con la parte del comunicado en la que se tira la piedra y se esconde la mano. Como ciudadano, para posicionarme ante una denuncia de este calibre me resulta imprescindible saber quiénes forman el “grupo de informadores, que han aportado pruebas documentales”, el alcance de “los testimonios y las pruebas documentales aportados por estos periodistas”, y los datos sobre quiénes y en qué términos se han llevado a cabo esas acciones que “también se realizan de forma personal y privada con mensajes y llamadas intimidantes”.

Sin esta información, las acusaciones dirigidas contra Podemos o las que pudieran hacerse contra otro grupo político, sindical, económico, religioso o de cualquier otra índole se quedan en afirmaciones gratuitas, que no se convierten en verdad porque se digan reiteradamente y en tono tajante.

Es más, con el planteamiento que hace el comunicado en cuestión se corre el grave riesgo para la democracia de que la opinión publicada -en este caso, por la APM- pretenda erigirse en la única versión posible de la verdad (o, si se prefiere, de la posverdad).

En esta tesitura, lo mismo que “recuerda a Podemos que puede recurrir al derecho de rectificación cuando juzgue que una información incumple el necesario principio de veracidad”, la APM también podría recordar a sus asociados que los foros más adecuados para dirimir los límites de cualesquiera libertades, con luz y taquígrafos y con los datos por delante, son los tribunales de justicia. Y podría recordarles, así mismo, que conservan el privilegio de poder contar “su verdad” en los medios de comunicación en los que ejercen su labor como periodistas.

En esta somera reflexión sobre libertades, conviene también llamar la atención sobre la impotencia que a menudo sienten las personas que tienen relación con medios de comunicación ante cómo se las gastan algunos o algunas de quienes ejercen el periodismo o dirigen algunos de esos medios. En esta materia tengo un cierto bagaje de censuras, interpretaciones peregrinas y descaradas manipulaciones, y conozco a quienes tienen todavía más. No obstante, para no caer en el mismo vicio de la APM de acusar sin dar detalles ni aportar pruebas fehacientes, es preferible atenerse a la opinión de uno del gremio.

D. Arturo Pérez-Reverte, ejerciendo su Patente de corso en el XLSemanal de finales de febrero, escribe un sabroso texto titulado Articulistas parásitos, donde, para ilustrar cómo puede llegar a tergiversarse lo expresado en una opinión original, pone un ejemplo imaginario: “Si Vargas Llosa escribiera un artículo diciendo que, además de las jóvenes cantantes, a las que le encanta escuchar, le gustan aquellas de vestido largo y voz ronca y sensual que cantaban en los 40, no faltarían parásitos que titularían su columna “El Nobel no encuentra sensuales a las cantantes de ahora”. Lo que traducido a Twitter, acabaría siendo: “Intolerable machismo musical de Vargas Llosa.

No sé cómo se lo tomaría el Vargas Llosa del ejemplo, pero, en su lugar, algunos y algunas (entre quienes me incluyo) tendríamos razones suficientes como para mosquearnos con los o las escribientes de las versiones parasitarias. Y, siempre con el debido respeto, nos ciscaríamos en ellos o en ellas y en sus medios.

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