Negro sobre blanco  /  Opinatorio

Omertá en los Sanferminesjulio 2016

Los Sanfermines de 2016 deberían pasar a la historia como aquellos en los que los medios de comunicación han dado relevancia a varias agresiones sexuales a mujeres ocurridas durante las fiestas. Porque lo que ha sucedido este año no es nada nuevo. Hace tiempo que las agresiones vienen sucediendo, que se sabía que se producían, y que se ocultaban, según dicen personas con información de primera mano. Esas personas afirman, además, que lo que este año se ha recogido en los medios de comunicación posiblemente sea sólo la punta del iceberg, porque las agresiones sexuales en los Sanfermines han sido y son muy habituales.


Recuerdo que siendo un joven y romántico adolescente, y tras haber leído con cierta ingenuidad e incredulidad algunas novelas como Entre naranjos (Vicente Blasco Ibáñez, 1900) o Lola, espejo oscuro (Darío Fernández Flórez, 1950), me costó llegar a la conclusión y aceptar que había desalmados de variada tipología y condición social que eran capaces de agredir sexualmente a una mujer o a una niña (lo de los niños era algo más cercano, porque ya había oído decir a algún colega que había que tener cuidado con cierto fraile porque “es de los que tocan”).

En aquellos años oscuros y hasta no hace tanto tiempo, las agresiones sexuales eran tabú. Un asunto del que no se hablaba abiertamente a pesar de que, posteriormente, he oído relatar a numerosas mujeres de diferentes generaciones haber sufrido episodios de acoso o agresión sexual. Uno de los motivos de ese ocultamiento de la realidad radicaba en que era habitual que se considerara que la presunta agredida era culpable de un pecado previo de provocación, según dictaminaban las reprimidas y represoras mentes de la época (aunque hoy todavía hay algunos e, incluso, algunas que consideran que las víctimas se lo han ido buscando).

El rechazo radical hacia las agresiones sexuales se pone especialmente de manifiesto cuando se escucha a pacíficas mujeres expresar con indignación irreprimible las acciones que serían capaces de ejecutar, incluso con sus propias manos, contra un delincuente sexual o cuando se les oye jurar por lo más sagrado que, si la agredida fuera una hija suya, dedicarían el resto de sus días a vengarse y no cejarían hasta conseguirlo, fueran cuales fueran las consecuencias.

No sé con certeza si la ley del silencio que ha estado vigente sobre las agresiones sexuales cometidas desde hace años en los Sanfermines ha sido sólo consecuencia de la incapacidad para hacer frente a la situación por parte de quienes lo sabían y lo ocultaban a la opinión pública o si ha existido una omertá mafiosa, premeditada y pactada, para preservar el prestigio (sic) de las fiestas y no poner en riesgo su caché turístico ni, por supuesto, su impacto económico.

Pero, si sobre este asunto no se actúa con la máxima transparencia informativa y si, a la vista de las graves dimensiones que tiene el problema, no se toman las medidas necesarias (que, por supuesto, deberían implicar a toda la sociedad) para que las agresiones sexuales en los Sanfermines dejen de ser ingredientes habituales de la fiesta, lo único que les quedará a las mujeres sanfermineras es radicalizar al máximo sus posturas defensivas y, en su caso, reclamar y ejercer el derecho a la venganza torera. Seguro que lo acabarán haciendo.

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