Negro sobre blanco / Reflexiones de un estudiante de “letras”
Desde Ulises hasta Morir en la arena pasando Por el camino de Swanagosto 2026
No he conocido muchos Ulises. El más famoso, el de la versión en latín de los poemas de Homero (que en el griego original se llamaba Odiseo). El más entrañable, Ulises Higueruelo, el de La familia Ulises, creada por el dibujante Marino Benejam Ferrer (Menorca, 1890 - Barcelona, 1975) y que se publicaba en el cómic más genuino: el TBO, creado en 1917. El más enigmático, un peluquero del que oía hablar en casa cuando era niño y que no sé si realmente se llamaba así o solo era un apodo.
En cuanto a la arena, la más presente en mi vida real ha sido, sin duda, la de la playa de La Concha. Para ser utilizada en sentido figurado -como en tanto remar para morir en la playa- sirve la de cualquier arenal existencial, válido para cualquier trayectoria por la vida, porque es casi preceptivo no llegar a cumplir todos los objetivos antes de entregar la cuchara.
El personaje homérico es el que sirvió de inspiración a James Joyce (Dublin, 1882; Zurich, 1941) para titular Ulises su novela publicada en 1929. A lo largo de casi un siglo, la obra ha tenido valoraciones controvertidas: desde quienes piensan que es un despropósito, aunque el autor sea un genio, hasta quienes opinan que, aunque la obra esté llena de excesos -que a menudo la hacen ininteligible- es una referencia de la literatura moderna. Hace un tiempo ya me había costado leer Dublineses (1914), su otra obra cumbre. Y con este panorama, me dispuse a leer Ulises para asacar mis propias conclusiones.
El ejemplar que tengo es una traducción de José María Valverde (1926-1996), que es también autor del profuso prólogo de la edición de DEBOLSILLO (2013). Y cuando una novela, aunque sea de largo recorrido (879 páginas) necesita una explicación de 72 páginas, el reto está servido. El primero de los consejos del traductor y prologuista -además de escritor, poeta y filósofo- es que “la mejor manera de leer Ulises es zambullirse directamente en sus páginas, dejándose llevar por el poderío musical y ambiental de su palabra, y encomendándose confiadamente a sus oscuridades a la esperanza de una gradual familiarización con la obra”.
Debo reconocer que, a pesar de haberme esforzado durante varias semanas, fracasé en el intento. Quizás la clave radica en otra de las advertencias de Valverde: “el lector ha de suponer que en cualquier momento Joyce puede estar citando o caricaturizando un texto previo, que ni siquiera reconoce la inmensa mayoría de los lectores de lengua inglesa”. Así que leí la novela siguiendo sus consejos hasta que me tope con la fase que acabó con mi paciencia: “Karma se llama esa transmigración por los pecados que uno hizo en una vida pasada la reencarnación métense cosas” (sic). Después, ya no puede abandonar la idea de que Ulises es un bodrio o, cuando menos, lo es su versión en español porque, quizás, el original resulta intraducible.
En mi dilatada trayectoria de eterno estudiante de Sociología, ya me habían mosqueado más de una vez la falta de claridad y las incongruencias entre las versiones de diferentes traducciones de obras clásicas de, por ejemplo, filosofía política. Pero no me había ocurrido lo mismo con las novelas, probablemente porque pocas veces he leído varias versiones (salvo de algún libro juvenil donde las diferencias no resultaban relevantes). En el caso del Ulises ya me había deslizado previamente por algunos párrafos que me resultaban incomprensibles, pero la alarma se disparó con la frase del karma porque, casualidad, me resultaba demasiado familiar. Así que me puse a buscar el antecedente.
Marcel Proust (Paris, 1871-1922) publicó en 1913 Por el camino de Swann, primera de las siete partes en que se divide su obra cumbre En busca del tiempo perdido (las últimas fueron publicadas de forma póstuma, entre 1922 y 1927). El ejemplar que tengo es una traducción hecha por el poeta Pedro Salinas (1891-1951), publicado en 1969 (tercera edición), por Alianza Editorial. Fue adquirido en la Librería Servan de San Sebastián -cerró sus puertas en 1991 tras casi un siglo de historia- por José M.ª Aguirre, profesor de lengua y literatura del que fui compañero de trabajo en mi breve época de profesor de matemáticas y física; me lo prestó en 1976 y, aunque no es mi costumbre, nunca se lo devolví.
En la citada traducción de la obra de Proust, casi al principio, puede leerse: “Y luego comenzaba a hacérseme ininteligible, lo mismo que después de la metempsicosis pierden su sentido los pensamientos de una vida anterior”. El recuerdo de esta frase está asociado a que cuando la leí tuve que ir al diccionario que tenía a mano (obviamente, en papel) para saber que metempsicosis es, según la actual versión en línea de la RAE, la “doctrina religiosa y filosófica de varias escuelas orientales, y renovada por otras de Occidente, según la cual las almas transmigran después de la muerte a otros cuerpos más o menos perfectos, conforme a los merecimientos alcanzados en la existencia anterior”. Resulta evidente por qué me sonaba la frase del karma del Ulises y por qué me saltó la alarma con el remate de “métense cosas”.
Alguien pensará que el culpable puede ser alguno de los duendes que andan incordiando los procesos de edición de los libros. Pero, cuando uno lleva muchas páginas intentando confiarse resignadamente a las oscuridades de Joyce (y a las de sus correspondientes traducciones), hay un momento en que la única alternativa razonable es darse por vencido. Sobre todo si la alternativa es Morir en la Arena de Leonardo Padura (La Habana, 1955), acabada de escribir en marzo de 2025 y publicada ese mismo año (Tusquets Editores), que llevaba días esperando su turno. Le llegó cuando los misterios de la reencarnación barajados por Joyce-Valverde y Proust-Salinas se cruzaron en mi camino, y en el de Ulises.
Entre novelistas de quienes me considero contemporáneo, he leído prácticamente todo lo que algunos/as han publicado. Críticos y críticas tendrá la santa madre literatura que las/os catalogarán como mejores o peores, pero a mí me han hecho pasar muy buenos ratos escritoras como Almudena Grandes (Madrid, 1960-2021), Julia Navarro (Madrid, 1953) o Dolores Redondo (Donostia, 1969), o escritores como Juan Madrid (Málaga, 1947), Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) o Carlos Ruíz Zafón (Barcelona, 1964 - Los Ángeles, 2020), y también algunos traducidos como el británico John Le Carré (Poole, 1931- Truro, 2020) o el sueco Stieg Larsson (Skelleftehamn, 1954 - Estocolmo, 2004). Y, por supuesto, Leonardo Padura, que después de la saga de Mario Conde ha dejado un hueco en mi vida de lector difícil de llenar. Así que esta vez el karma resultó ser bueno y disfruté su novela basada en hechos reales (como muchas otras, aunque no se advierta).
Así que no puedo acabar este viaje estival por páginas leídas y otras dejadas sin leer, probablemente para siempre, sin hablar de la huella que siguen dejando los personajes de Padura, y hasta de la nostalgia que suscita la fugaz reaparición del Conde, justo para marcar presencia y recordar “el cansancio histórico” de la Cuba que retrata Padura. Un “país que se hunde sin remedio” y en el que “la mayor certeza que acompaña a la muerte es que con ella se concreta la más verdadera liberación”. Aunque para ello haya que remar hasta llegar a una arena temblorosa “para morir con pena y sin gloria”, tras comprobar que no tienes “la capacidad del barón de Münchhausen de salir a flote tirando de tu propia coleta”.

