Negro sobre blanco  /  Reflexiones de un estudiante de “letras”

El discurso del Reydiciembre 2015

Hace unos años en España se hizo evidente que la crisis económica iniciada en 2008 iba a ser utilizada como excusa para acabar con buena parte de los derechos conquistados por la clase trabajadora tras mucho tiempo de lucha y para reducir de forma considerable el estado de bienestar. Kandi Pikabea, veterana sindicalista de ELA, me resumió de forma magistral lo que estaba ocurriendo: en un corto espacio de tiempo estaban desmontando lo que durante décadas tanto había costado regular.

Mientras tanto, día a día, salía a la luz el insoportable aderezo que la corrupción vinculada al poder político aportaba a la crisis. La indignación estalla en 2011 con el Movimiento 15-M y amenaza con hacer saltar por los aires el régimen del 78. Surge la necesidad de un nuevo escenario político y la obligación de que los más desfavorecidos y quienes son solidarios con ellos luchen por un nuevo contrato social.


Llegados al final de 2015 sin que las reiteradamente proclamadas bondades de los datos macroeconómicos puedan desmentir las realidades del empleo precario, la desigualdad y la marginación social, al escenario político de urgencia hay que añadir la necesidad de resolver un problema inaplazable: la reformulación del fallido Estado de las Autonomías para, entre otros imprescindibles remiendos, intentar dar encaje a las naciones sin Estado que existen en el Estado-nación español. Un problema que en Catalunya está planteado en términos de órdago y que en Euskadi puede hacer saltar la banca en cualquier descuido.

En este panorama, el discurso del Rey de 24 de diciembre de 2015, tanto por lo dicho como por lo omitido, no ha podido ser más esclarecedor. Aunque para muchos escuchantes el detalle pueda ser anecdótico, uno de los elementos del discurso que llama la atención es que, en un mensaje colocado en el seno de las reuniones familiares, en la hora de los entremeses de las presuntamente entrañables cenas de Nochebuena, Felipe VI haya decidido utilizar terminología más propia de un debate entre politólogos.

En efecto, tras la protocolaria felicitación navideña, Felipe VI se lanza a una encendida defensa de España, país del que no se limita a constatar su incuestionable existencia histórica bajo la forma política de Estado-nación o a manifestar sus comprensibles anhelos de que el Reino de España perdure en el tiempo, sino que se toma la molestia de referirse por separado y sucesivamente a la Nación española y al Estado español, para cantar sus respectivas excelencias.

En mi opinión, “los conceptos de Estado y nación, tan clásicos cómo polisémicos, deberán ser redefinidos o reinterpretados en la Europa del siglo XXI” (Fronteras en Europa: Estados y naciones). Sin embargo, Felipe VI, además de no dar señales de ser proclive a la redefinición o reinterpretación de dichos conceptos, se olvida también de su polisemia y pretende transmitir una única e incuestionable concepción sobre qué es la Nación y el Estado. Interpretación que, por supuesto, dentro del Estado- nación español, sólo es posible aplicar a un país: a España.

Felipe VI es Jefe del Estado español en virtud de lo dispuesto en la Constitución de 1978 y, tras su mensaje del 24 de diciembre de 2015, se ha reafirmado como el principal portavoz de la Nación española. Pero, con ese discurso, el actual Rey de España no conseguirá nunca ser el referente institucional que logre aglutinar en un proyecto político común a las naciones sin Estado que, por el momento, siguen formando parte del agotado Estado-nación español.

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