Negro sobre blanco  /  Reflexiones de un estudiante de “letras”

Fronteras en Europa: Estados y nacionesenero 2015

Eventos como la declaración unilateral de independencia de Kosovo de 17 de febrero de 2008, el referéndum celebrado en Escocia el 18 de septiembre de 2014, la consulta llevada a cabo en Catalunya el 9 de noviembre de 2014 o el permanente debate sobre el derecho de Euskadi a decidir su futuro invitan a reflexionar sobre el devenir de los Estados y las naciones en Europa.

Como telón de fondo de esta reflexión, los datos de la Historia reciente: a comienzos del siglo XX sólo había 24 Estados en Europa; a mediados de siglo eran 36, y actualmente son 48 (incluida Turquía). Y, también, algunos datos del presente y del futuro: 28 de esos Estados forman parte de la Unión Europea y, según indica la web oficial de esta organización supraestatal, otros 6 están “en camino hacia la adhesión” (Albania, Islandia, Macedonia, Montenegro, Serbia y Turquía) y son “candidatos potenciales” (Bosnia-Herzegovina y Kosovo).


La gran mayoría de las fronteras que hay en Europa son el resultado de siglos de guerras, de matrimonios de conveniencia y de pactos entre élites privilegiadas. Buena parte de esas fronteras permiten la libre circulación de bienes, servicios, capitales y, teóricamente, también de personas; pero, en la medida en que delimitan los territorios de los Estados-nación, señalan los límites de los ámbitos en que se produce una parte importante de la toma de las decisiones que afectan a la población europea, incluida aquella que vive en países que forman parte de la Unión Europea.

Desde que las fronteras se corresponden con los límites de Estados- nación, aquellos que en cada momento de la Historia han detentado el poder dentro de cada uno de ellos han pretendido, lógicamente, que esas demarcaciones fueran estables (salvo que, por uno u otro motivo, tuvieran la pretensión de anexionarse algún territorio vecino) y, al mismo tiempo, han desarrollado algún tipo de estrategia política para ir generando o, en su caso, reforzando la identidad común entre los habitantes de ese Estado y enfatizar las características específicas de la correspondiente nación.

En los últimos cien años, las guerras mundiales y, posteriormente, la implosión del “telón de acero” y la tragedia de los Balcanes han hecho que Europa haya visto nacer o renacer nuevos Estados-nación y, en consecuencia, cómo se iban modificando las correspondientes fronteras. Así mismo, no puede negarse la evidencia de que en Europa hay naciones sin Estado que esperan su oportunidad para convertirse en Estados y - como diría Hegel- entrar en la Historia.

En este siglo XXI, un número considerable de personas, entre ellas muchos adultos jóvenes, ejercen su derecho -que a veces parece ponerse en entredicho- a la libre circulación por los países que integran la Unión Europea en busca de un futuro mejor. Así mismo, desde hace tiempo, el conjunto de Europa cuenta con una cantidad importante de reales y potenciales inmigrantes de origen no europeo que aspiran a ser ciudadanos europeos y ocupar el sitio que parece ofrecerles la baja tasa de natalidad de la mayoría de las regiones europeas.

Esta breve reseña de precedentes y realidades anuncia que los conceptos de Estado y nación, tan clásicos cómo polisémicos, deberán ser redefinidos o reinterpretados en la Europa del siglo XXI. Cuando menos, deberán serlo en el ámbito de la Unión Europea, si este organismo supraestatal aspira a tener futuro a largo plazo y no quiere ver languidecer el desiderátum de la unidad europea al mismo tiempo que se esfuma el statu quo que hizo posible su formulación (como en cierta manera ya está ocurriendo).

Europa, un espacio político a medio camino entre los Estados-nación y la todavía emergente Unión Europea, deberá plantearse con mucho mayor entusiasmo que ser europeo sea algo más que residir dentro de los límites de una demarcación territorial de límites inciertos. Al respecto, no puede obviarse que la gran mayoría de los habitantes de Europa -además de ser y sentirse ciudadanos y ciudadanas individuales titulares de sus correspondientes derechos- suele tener percepción de pertenencia a una nación o, en bastantes casos, a más de una nación. Sin embargo, aunque esas naciones con las que la población europea se identifica forman un amplio abanico de alternativas, no parece que, por el momento, pueda incluirse entre ellas a la nación europea, que es todavía una entelequia lejana para la inmensa mayoría de la población.

La nación con la que se identifica una persona que vive en Europa pertenece, por lo general, a una de estas opciones: una nación europea que corresponde al Estado-nación en el que la persona vive o en el que esa persona o su familia tiene su origen (italiana, española, francesa...); una nación europea sin Estado (escocesa, catalana, vasca...), con cultura, lengua y tradiciones más o menos ancestrales y cuya población vive en uno o varios Estados-nación; una nación no europea (americana, africana, asiática...), con o sin Estado, con la que, generalmente, la persona se identifica por ser su lugar de nacimiento o el de sus antepasados.

También es muy posible que, como ya se ha indicado, muchas de las personas que viven en Europa se encuentren más cómodas con una identidad que entrañe la pertenencia simultánea a más de una nación, en formas o grados similares o no y por motivaciones personales muy variadas, incluido el mero interés por los beneficios que reporta a cada persona la adhesión a una u otra nación o a varias a la vez.

Además, aunque quizás no sea lo más habitual, la identidad nacional de una persona puede variar a lo largo de su vida, incluso más de una vez; sobre todo si se trata de una identidad conformada desde el sentimiento de pertenencia simultánea a más de una nación y lo que varía es la percepción de pertenencia relativa a cada una de esas naciones. Así mismo, muchos de los variados motivos de pertenencia a una o a varias naciones que podrían ser alegados por una persona pueden no tener cabida en la normativa que es aplicable a esa persona por razón de su lugar de residencia, o ser una identidad nacional que no sea considerada mínimamente lógica ni razonable por otras personas de su entorno, ni siquiera por familiares o vecinos que comparten buena parte de su historia o de su realidad social.

Por otro lado, hay quienes consideran que algunas de las naciones con las que se identifican personas que viven en Europa son meras construcciones teóricas edificadas sobre interpretaciones sesgadas de la historia o de los valores culturales que esas supuestas naciones reclaman como propios. Y también hay quienes opinan que esas interpretaciones históricas o valores culturales sobre los que se fundamentan esas supuestas naciones han sido recopilados, imaginados o perversamente inventados por minorías o élites que tenían o tienen intereses ocultos o poco solidarios, con argumentos o idearios poco rigurosos desde el punto de vista de la razón o la tradición y que han sido impuestos a la población mediante el engaño o, incluso, la coacción. Incluso hay quienes dicen que muchas de esas identidades nacionales son, sencillamente, anacrónicas y fruto de la falta de cultura o de un tradicionalismo o un localismo extremo.

Hay que reconocer que estas críticas y escepticismos está basados, en ocasiones, en interpretaciones más o menos razonables de hechos o datos empíricos incuestionables, pero, en otros casos, están fundamentados en visiones de la historia o de la realidad que están tan sesgados por las creencias o convicciones propias como las que se atribuyen a los que propugnan algunas de esas identidades nacionales.

En todo caso, quienes consideran que hay razones suficientes como para proclamar la inconsistencia de los argumentos pro identitarios que se esgrimen, en concreto, en las naciones sin Estado deberían apostar, en buena lógica, porque esos supuestos problemas identitarios se van a desvanecer por si solos en un plazo razonable de tiempo. Tanto más cuanto que en este siglo XXI circula ya por Europa la generación con mayor posibilidad de acceso a la formación de toda la Historia y con un manejo habitual de la información incomparable al de hace sólo unas décadas.

Suele decirse que sólo se puede engañar a mucha gente una vez, por lo que ese potencial y real acceso a la formación y la información debería ser argumento suficiente para garantizar que una mayoría de los y las europeas del futuro no van a asumir una identidad nacional -ni en las naciones sin Estado ni en ninguna otra- sin contrastar lo que les cuenten y, por tanto, no van a poder ser permanentemente engañados por unos supuestos líderes manipuladores.

No obstante, tampoco debería descartarse la posibilidad de que algunos de esos supuestos problemas identitarios asociados a algunas naciones sin Estado persistan porque las personas, particularmente las más jóvenes, decidan hacer suya determinada identidad nacional arguyendo razones o sentimientos que no son distintos de aquellos que llevan a muchas personas a sentirse miembros de la nación de cualquier Estado-nación. Lo que incluye la posibilidad de que lo hagan porque se sienten diferentes - en este caso, respecto a los miembros de otra nación-, que es un motivo por el que con mucha frecuencia se forman y se van a seguir formando las identidades grupales de cualquier índole.

Por su parte, la Unión Europea -creada en su origen para tratar de evitar guerras entre vecinos-, en sus estrategias para dar contenido a ser europeo y generar una identidad de pertenencia a Europa, deberá tener muy en cuenta que esta nueva identidad deberá ser compatible con las variadas identidades que tienen las personas que viven en Europa y que decidan libremente adoptar, además, la identidad de ser y sentirse miembro de la nueva nación europea.

Si lo hasta aquí expuesto recoge con cierta aproximación el calidoscopio de sentimientos e identidades nacionales existentes en Europa y de puntos de vista al respecto y convenimos que, probablemente, este panorama no va a variar sustancialmente en un futuro a medio plazo, deberemos concluir que el objetivo de instaurar en Europa definitivamente la paz (entendida, al menos, como la tranquillitas ordinis predicada por Agustín de Hipona) y el reto de la construcción europea (incluido el dar contenido al concepto de nación europea) no pueden saltar por los aires, ni siquiera enturbiarse, porque existan o puedan surgir en territorio europeo naciones sin Estado que, al igual que ha ocurrido en el último siglo, deseen constituir un nuevo Estado-nación. Al menos, mientras esa pretensión se plantee por cauces estrictamente pacíficos y democráticos.

Parece evidente que la construcción de la Unión Europea y de la correspondiente nación europea hace necesaria una trasformación mucho más radical que la que hasta el momento han experimentando los Estados-nación que forman parte de ella. Pero también es posible que, como dice Monserrat Guibernau (Los nacionalismos; Ariel, 1998), el Estado-nación siga siendo “el protagonista en el proceso hacia la unidad europea” y, probablemente, retenga “un poder sustancial en el futuro próximo”.

En todo caso, sea cual sea la historia de Europa y de la Unión Europea que se escriba en el futuro, lo que es seguro es que va a haber naciones europeas sin Estado, con mayor o menor reconocimiento institucional previo, que reivindiquen la constitución de nuevos Estados-nación, sin perjuicio de la mayor o menor consistencia que para unos u otros tengan los antecedentes históricos que se aleguen (inequívocamente verificables o construidos más o menos artificialmente), los objetivos que se persigan (transparentes y legítimos para unos o interesados y espurios para otros) o los líderes que las promuevan (visionarios del futuro, tradicionalistas recalcitrantes...).

Y, además, lo más probable es que esas naciones sin Estado -formadas por individuos que viven y, en su mayoría, van a seguir viviendo en Europa y que, en el futuro, formarán parte, con mayor o menor grado de identificación identitaria, de la nación europea- quieran estar o seguir estando integradas en la Unión Europea y deseen vivir en paz y buena armonía con sus vecinos, incluidos aquellos con los que anteriormente compartían Estado-nación.

Teniendo en cuenta lo expuesto, en esta Europa del siglo XXI que presume de ser la cuna del liberalismo y de la democracia, que está construyendo una Unión Europea que puede ser modelo para otras potenciales organizaciones supraestatales, que -a pesar de la historia de sus fronteras- pretende seguir siendo en el futuro un referente de civilización, lo más razonable y prudente ¿no sería establecer unas reglas claras y consensuadas, basadas en el más estricto respeto a las formas democráticas, para que de forma pacífica y con el mayor respeto a las minorías -y, obviamente, también a las mayorías- las naciones sin Estado que así lo decidieran pudieran pasar a ser nuevos Estados-nación?, ¿y que este proceso se pudiera llevar a cabo sin que los ciudadanos y ciudadanas de esas naciones sin Estado se vieran amenazados con tener que dejar de formar parte, siquiera temporalmente, de la nación europea en construcción?, ¿y que un Estado-nación no pudiera oponerse a que los hombres y mujeres que integran esa nación sin Estado, tras ser formados e informados convenientemente, decidieran democrática y libremente sobre el futuro de su forma de organización política?

Contra este planteamiento suelen alegarse, entre otros, argumentos como que no tiene mucho sentido reivindicar un nuevo Estado-nación para (re)integrarse en una Unión Europea que está obligada a ir diluyendo a los viejos y nuevos Estados-nación si quiere tener futuro; que los motivos para formar el nuevo Estado-nación son poco consistentes o, cuando menos, poco solidarios y que, además, la viabilidad económica del nuevo Estado que se postula está por definición en entredicho; y, sobre todo, que el futuro va a ser mejor, sin lugar a dudas, estando juntos en el mismo viejo Estado-nación que separados por algo tan meridianamente anacrónico como una nueva frontera.

Pero, cuando se trae a colación el tema de las fronteras que todavía hay en Europa, habría que recordar, de nuevo, que en su mayoría han sido pergeñadas a base de guerras decididas por ególatras y megalómanos, de matrimonios de conveniencia pactados por conspicuos patriarcas (o matriarcas) o de conspiraciones o pactos inconfesables entre élites interesadas. Porque estas son las causas que han estado en el origen de gran parte de las fronteras que delimitan los viejos y los nuevos Estados- nación que actualmente existen en Europa y que mantienen a las naciones sin Estado adscritas a los actuales Estados-nación.

Sin embargo, muchos de los que se oponen a que las naciones sin Estado puedan decidir si desean formar o no nuevos Estados-nación (recuérdese el resultado negativo del referéndum escocés) consideran que, cualquiera que haya sido su origen, las viejas fronteras no son cuestionables y tienen, además, un grado de legitimidad y eficacia incomparablemente superior al que tendrían las nuevas fronteras que pudieran surgir de las reivindicaciones de las naciones sin Estado, aunque fueran el resultado de procesos llevados a cabo siguiendo procedimientos estrictamente pacíficos y democráticos.

En Europa, en buena lógica, las viejas y las nuevas fronteras están destinadas a desaparecer o a reducirse a la mínima expresión en el largo plazo, al menos en el ámbito de la Unión Europea. Pero mientras los Estados-nación sigan manteniendo sus actuales características y competencias no cabe afirmar que las nuevas fronteras surgidas de las decisiones de naciones sin Estado que pasen a tenerlo serían un claro e injustificado despropósito, mientras que las viejas fronteras, las que todavía separan las decisiones -a menudo chovinistas, partidistas y poco solidarias- que toman las naciones soberanas vinculadas a los actuales Estados-nación, son lógicas y razonables, con antecedentes históricos y culturales perfectamente justificables y, por tanto, inamovibles y adecuadas para garantizar la paz y para seguir construyendo la Unión Europea y, por ende, la nación europea.

Esta manida argumentación es, a todas luces, poco convincente, entre otras cosas porque, como ya se ha señalado, en el último siglo se han modificado reiteradamente las fronteras de los Estados-nación y, además, en muchas de esas modificaciones no se han seguido precisamente itinerarios pacíficos y democráticos, sin perjuicio de que, a posteriori, las nuevas fronteras hayan sido aceptadas (en algunas ocasiones, como un mal menor).

Desde la consciencia del oscuro pasado de gran parte de las actuales fronteras, nadie puede sostener que no es posible que en la Europa del siglo XXI haya nuevos Estados-nación sin recurrir a afecciones vinculadas a “su” propia identidad nacional. Sobre todo, porque dicha identidad nacional suele ampararse en la incuestionable existencia previa de la soberanía nacional de “su” nación, que está asociada a la prevalencia de un determinado Estado-nación, ¡que es, precisamente, lo que se pone en entredicho desde las reivindicaciones de las naciones sin Estado!

En esta Europa del siglo XXI, no hay argumentos inapelables en contra de las aspiraciones de las naciones sin Estado a constituirse como Estados, al menos mientras no se establezca una fórmula de organización política para dar cobertura a las soberanías de las naciones que sustituya a los Estados-nación: a los viejos, a los nuevos y a los que en el futuro pudieran nacer o renacer.

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