Negro sobre blanco  /  Reflexiones de un estudiante de “letras”

La vida de Brian y la abolición de la prostituciónenero 2024

En 1979, cuando se estrenó la película, por mor de la recientemente aprobada Constitución, el Estado español ya era formalmente aconfesional. Sin embargo, como recuerda Boquerini en el artículo que escribió en 2019 para conmemorar los 40 años de La vida de Brian, aquí no se estrenó hasta 1980, y solo en versión original (no se dobló hasta 1985). Tras el escándalo inicial, la película que, sin llegar a verla, algunas personas habían catalogado como blasfema pasó a ser considerada como una de las mejores comedias de las historia del cine. Puede verse a menudo en las televisiones, que la suelen programar, sobre todo, en Semana Santa y, a veces, también durante las Navidades. Fue precisamente hace unos días, mientras veía y escuchaba una de sus escenas, cuando decidí escribir este texto, con la esperanza de que nadie se escandalice ante algunos paralelismos: están hechos desde la máxima seriedad, como exige cualquier interpretación del humor de Monty Python.


Hace tiempo que las diversas corrientes del pensamiento feminista no acaban de ponerse de acuerdo sobre cómo afrontar el problema de las trabajadoras sexuales. Una parte del feminismo defiende la abolición de cualquier forma de ejercicio de la prostitución. Esta opción se plantea desde la consideración de la indignidad intrínseca que supone para las mujeres tener que vender servicios sexuales, obviando el carácter de medio de subsistencia que tiene para muchas de ellas y para su prole.

Probablemente sea la mejor opción, pero debe admitirse que encierra grandes dosis de utopía. Por bien que suenen las declaraciones al respecto, no se han puesto sobre la mesa alternativas que garanticen una resolución radical y eficaz del asunto y que, al menos en el corto plazo, no agraven el problema de muchas trabajadoras sexuales (al respecto, un dato relevante es que, por estas latitudes, la mayoría son mujeres inmigrantes, al igual que las que trabajan como empleadas del hogar, dos colectivos de mujeres que sufren un alto grado de apartheid laboral).

La opción que defiende otra parte del feminismo, más posibilista, es una regulación de la prestación profesional de servicios sexuales, que suponga el reconocimiento laboral de esa actividad a todos los efectos y que tenga como principal objetivo proteger a quienes realizan ese trabajo contra la trata y el proxenetismo. En mi opinión, es una opción sobre la que, al menos como planteamiento de mínimos y a corto plazo, el feminismo debería cerrar filas. Si no lo hace, difícilmente alguien se va a atrever a llevar a cabo esa regulación, mientras las partidarias del abolicionismo se manifiestan en las calles en contra de una alternativa que sería tachada de reformismo machista.

Ante problemas como la trata y el proxenetismo, ni siquiera con las contradicciones que conlleva el reconocimiento de la prestación de servicios sexuales como una ocupación laboral, el movimiento feminista no puede seguir sumergido en debates inacabables. Tampoco el resto de la ciudadanía debería limitarse a contemplar con conspicuo escepticismo el problema, a la espera de que se obre algún milagro mientras entona la canción que sirve de colofón a La vida de Brian, invitando a mirar siempre el lado bueno de la vida.

A propósito de milagros, hay una escena de la citada película en que un mendigo explica a Brian que antes era un leproso con un oficio, el de pedir limosna, pero que se había quedado sin modus vivendi tras haber sido curado por Jesús. Como el exleproso aduce que el milagro se había obrado sin pedirle previamente permiso, Brian le sugiere que pida a su sanador que lo devuelva a su estado anterior. El mendigo le responde que sería suficiente con ser cojo de una pierna algunos días a la semana, lo imprescindible para poder ganarse la vida. Está claro que hay muchas ocasiones en que, como dijo Voltaire, lo mejor es enemigo de lo bueno.

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