Negro sobre blanco / Reflexiones de un estudiante de “letras” / Las mujeres migrantes, lugar de encuentro de culturas alimentarias y culinarias
Sobre cómo en un partido de fútbol se puede ser más tolerante con otras culturas que en una clase de cocina para mujeres migrantesmarzo 2025
Las mujeres migrantes, lugar de encuentro de culturas alimentarias y culinarias enero 2025
Alimentarse es una necesidad imprescindible para conservar la vida. No obstante, más allá de que sea una necesidad fisiológica y soslayando que la producción y el consumo de alimentos están sometidos a los condicionantes de la economía global, la elección cotidiana de productos alimenticios, la forma de prepararlos o cocinarlos y las liturgias que acompañan el consumo de los menús de cada día confieren a la alimentación “una dimensión imaginaria, simbólica y social” (Gracia Arnaiz, 2000).
Desde ese punto de partida, las evidencias empíricas muestran que nacer y crecer en un determinado contexto cultural conlleva, entre otros aprendizajes, la adquisición de determinados hábitos alimentarios. Hábitos que acaban formando parte tanto de la identidad individual de cada persona como de la identidad colectiva de la sociedad en que esa persona se ha alimentado durante su desarrollo físico y social.
Este carácter identitario de los hábitos alimentarios se pone especialmente de manifiesto cuando las personas, ya sea de forma permanente o temporal, se trasladan a un entorno social con costumbres alimentarias y/o culinarias diferentes a las de su cultura de origen. Un caso significativo de encuentro entre identidades alimentarias y culinarias de dos culturas diferentes es el de las mujeres migrantes.
(Después del partido de vuelta entre el Manchester United y la Real Sociedad, celebrado en Old Trafford, es unánime la opinión sobre que las interpretaciones que el arbitró Benoit Bastien hizo de algunos lances del juego perjudicaron notablemente al equipo blanquiazul. Bobby Charlton, el mejor jugador inglés de la historia, bautizó el estadio del United como "el teatro de los sueños". Este apelativo debió inspirar al trencilla un sueño premonitorio, en el que, como en las leyendas bíblicas, una voz -probablemente la del oráculo de la UEFA- le decía que su misión era dar un empujoncito a uno de los grandes del fútbol mundial, para ayudarlo a salir de su crisis deportiva y económica. Las pesadillas que ese sueño ha generado a la afición realista solo son daños colaterales. Así las cosas, se hace difícil escribir una alabanza a alguna de las cosas buenas que también ocurren en el fútbol. Pero esta ya estaba pergeñada desde el partido de ida, que finalizó con un sueño de esperanza que el galo se ha encargado de frustrar.)
Aunque es algo habitual en la Premier League inglesa, llamó mucho la atención que el partido de ida de octavos de final de la Europa League entre la Real Sociedad y el Manchester United, celebrado en Anoeta, se detuviera tras el ocaso. El motivo del parón, previamente pactado entre ambos equipos, era posibilitar que dos jugadores musulmanes ingirieran algo de comida y de bebida (el juego estuvo detenido durante poco más de un minuto). Los jugadores eran los marroquíes Aguerd de la Real y Mazraoui del United, que cumplían con el precepto de su religión de ayunar, durante el Ramadán, desde la salida hasta la puesta del sol.
Más allá de las consideraciones que cada persona tenga sobre las creencias religiosas o sobre las diferentes dietas, es un hecho que tanto las religiones como cualesquiera otros sistemas de creencias más o menos sistematizados prescriben a sus seguidores preceptos o recomendaciones relacionados con la alimentación. Un muestra de ello es el ya citado ayuno durante el Ramadán que deben respetar quienes profesan el Islam o las obligaciones de ayuno y abstinencia impuestas por la Iglesia Católica para la Cuaresma. Por tanto, que el juego se detenga durante un partido de fútbol no es sino una forma de llevar a la práctica lo señalado el artículo 18 de la Declaración Universal de Derechos Humanos sobre el derecho de cualquier persona a tener una religión, a no tener ninguna o a cambiarla.
Este respeto hacia las religiones y sus preceptos que se va implantando en el fútbol contrasta con lo acaecido en una de las clases de cocina en las que mujeres inmigrantes aprenden cocina de aquí. La bien informada persona que me lo contó lo calificó como una “anécdota” (sic), aunque lo ocurrido abre un interrogante sobre la forma en que en el ámbito de la asociación organizadora de las clases se entiende el humanismo (actitud vital basada en una concepción integradora de los valores humanos), que supuestamente es el principio rector de la formación ofrecida a las personas migrantes.
El hecho fue que, en el ágape que se celebra al final de cada clase, una mujer musulmana (el hiyab que llevaba denotaba tal condición) no quiso probar la comida que se había cocinado. Era carne de cerdo que, como es sabido, es un alimento que la religión musulmana prohíbe a sus practicantes. La mujer, una inmigrante que solo quería aprender cocina de aquí sin dejar de ser fiel a sus creencias religiosas, fue recriminada por no querer probar la comida y, más o menos discretamente, fue invitada a no volver a las clases. Y, obviamente, no volvió.
No sé si las mujeres asistentes a las clases -la mayoría de las cuales es seguro que ha sido educada en una religión cristiana- tuvieron conocimiento del suceso y, por tanto, desconozco su opinión al respecto. Pero no cabe duda de que la persona que amonestó a la mujer musulmana hizo gala de un flagrante etnocentrismo (tendencia a ver la propia cultura como la mejor, y a juzgar el comportamiento y las creencias de personas de otras culturas con los patrones de la propia). Me pregunto muchas veces qué sentiría la mujer musulmana agraviada en aquel momento y, cada vez, siento tanta indignación como vergüenza al comprobar hasta donde puede llegar la autocomplacencia identitaria.

