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Sobre cómo las mujeres migrantes gestionan y perciben su rol de lugares de encuentro de culturas alimentarias y culinarias.febrero 2025

Las mujeres migrantes, lugar de encuentro de culturas alimentarias y culinarias enero 2025

Alimentarse es una necesidad imprescindible para conservar la vida. No obstante, más allá de que sea una necesidad fisiológica y soslayando que la producción y el consumo de alimentos están sometidos a los condicionantes de la economía global, la elección cotidiana de productos alimenticios, la forma de prepararlos o cocinarlos y las liturgias que acompañan el consumo de los menús de cada día confieren a la alimentación “una dimensión imaginaria, simbólica y social” (Gracia Arnaiz, 2000).

Desde ese punto de partida, las evidencias empíricas muestran que nacer y crecer en un determinado contexto cultural conlleva, entre otros aprendizajes, la adquisición de determinados hábitos alimentarios. Hábitos que acaban formando parte tanto de la identidad individual de cada persona como de la identidad colectiva de la sociedad en que esa persona se ha alimentado durante su desarrollo físico y social.

Este carácter identitario de los hábitos alimentarios se pone especialmente de manifiesto cuando las personas, ya sea de forma permanente o temporal, se trasladan a un entorno social con costumbres alimentarias y/o culinarias diferentes a las de su cultura de origen. Un caso significativo de encuentro entre identidades alimentarias y culinarias de dos culturas diferentes es el de las mujeres migrantes.


La ocasión para observar y escuchar a mujeres inmigrantes en un contexto en que lo alimentario y lo culinario ocupa un lugar central surge con la posibilidad de compartir con ellas una actividad en la que el centro de interés es aprender o, cuando menos, observar cómo se cocinan platos tradicionales y habituales en Gipuzkoa. En el espacio cedido por Kresala, una conocida entidad cultural y recreativa de Donostia, una asociación organiza, una tarde cada mes, clases de cocina a las que, de forma voluntaria y gratuita, asisten personas inmigrantes, que en su gran mayoría son mujeres.

Los platos sobre los que versa la clase del día nos ponen en situación: antxoas del Cantábrico, fritas y a la papillote, y torrijas. Una de las cocineras-profesoras me advierte de que tiene la sospecha de que buena parte de las asistentes nunca ha cocinado después ninguna de las recetas enseñadas. Sea cual sea su objetivo al asistir a las clases, en las conversaciones mantenidas con las asistentes algunas cuentan experiencias y plantean reflexiones que resultan interesantes y significativas; el leitmotiv habitual es la distinción entre la comida y la cocina de aquí y de allí.

“Comida de aquí”. Todavía no hace un año que Z ha emigrado. Ahora mismo no tiene trabajo. Hasta hace unos meses trabajó en una casa particular, como empleada de hogar interna. Entre su obligaciones no estaba la de cocinar. Pero, para dejar claro el tipo de dieta que tuvo que seguir en aquella casa, lo identifica de forma inequívoca: “comida de aquí”.

“Sé que no es fácil”. Cuando pregunto a Y sobre el motivo para asistir a la clase de cocina, me dice que trabaja en una residencia privada para personas mayores, aunque no se ocupa de preparar la comida. Confiesa que cuando llegó, hace ya varios años, extrañaba mucho la comida de su país, pero que ya se ha adaptado a la comida de aquí. Está acompañada de un preadolescente. Sonriente y orgullosa, me lo presenta: es su hijo. Hace apenas unas semanas que ha viajado desde su país de origen para reunirse con ella. Mientras lo abraza y acaricia me dice que ella le prepara comida de aquí, aunque añade que lo hace “poco a poco” y remata con una frase que, aunque la dice mirándome a mí, está dirigida a su hijo, y en la que resume el complejo proceso de acostumbrarse a una nueva forma de comer: “Sé que no es fácil”.

“Intercambio cultural”. En la conversación que mantengo con S me dice que la cocina de aquí le parece sana y natural, y que además “no es picante”. Pero añade que, siempre que puede y encuentra ingredientes, cocina comida de su país. Vive en un pueblo cercano a Donostia, donde comparte habitación con otra mujer inmigrante. Ahora está sin trabajo; antes trabajó unos meses cuidando a una señora muy mayor que conoció de casualidad, en la calle, y con la que convivió hasta que la señora ingresó en una residencia. S hacía la comida para las dos; unas veces cocinaba platos de su país de origen, siempre con ingredientes que compraban en el súper, y otras veces, comida de aquí, que cocinaba siguiendo las indicaciones que le daba la señora. Define lo que la señora y ella hacían con la comida como “intercambio cultural”.

“Pero me gusta más la de mi país”. Hace más de cinco años que X vino de su país. Tiene trabajo en un domicilio privado en el que cada día practica la “cocina de aquí”. No tiene ningún reparo en afirmar que la comida de aquí es buena, pero, con una sonrisa, no puede dejar de añadir: “pero me gusta más la de mi país”.

La clase de cocina culmina compartiendo los platos que previamente se han cocinado. Todas las asistentes colaboran en la preparación del escenario para la merienda-cena, bien sea organizando las mesas o recogiendo y limpiando lo que se ha utilizado para cocinar los platos del menú. Se genera un ambiente moderadamente festivo. Me surge la duda sobre si para algunas de ellas asistir a la clase no es la forma de cumplir un ritual que las mantiene en contacto con la asociación que organiza las clases y que les puede ayudar a encontrar trabajo. También es posible que a alguna le sirva para tomar la última comida del día y ahorrarse unos pocos euros, que nunca sobran en economías como las suyas. El rato que duró el ágape sirvió para observar algunos detalles.

El hombre que llegó tarde: el afán por justificarse. La practica totalidad de las asistentes a la clase eran mujeres. Además del hijo de Y, solo había un varón muy joven. Poco antes de que llegara el momento de sentarse a la mesa, llegó otro hombre que, obviamente, no había asistido a la clase de cocina. Al pasar junto a la mesa en la que el recién llegado se había acomodado, la señora que estaba sentada a su lado se apresuró a explicarme que el hombre había llegado tarde porque había estado trabajando.

La ración del recadista: repartir la comida, una norma no escrita. Al comenzar la merienda-cena, el hombre joven que había asistido a la clase no estaba entre las comensales. Al parecer, una de las cocineras lo había enviado a hacer alguna compra y se había demorado más tiempo del previsto. Cuando se están repartiendo las antxoas, una mujer, que no sé si tiene o no algún vínculo personal con el ausente, reclama que se guarde una ración para el muchacho ausente. Todas están de acuerdo. Allí ha quedado su plato con la ración de antxoas. Cuando ha vuelto se las ha comido frías.

Torrija con salsa de antxoas: otros sitios, otras costumbres. Cuando ha llegado el momento de las torrijas, las profesoras han conminado a las comensales a ir a lavar su respectivo plato de los restos de las antxoas, para utilizarlo para servir y comer en él las torrijas. Una mujer se ha ganado una pequeña reprimenda por decir que a ella no le importa comer las torrijas sin necesidad de limpiar el plato. Seguramente quien la ha reconvenido por no fregar el plato lo ha entendido como un signo de pereza. Pero probablemente es solo un hábito adquirido en una cultura diferente, posiblemente en un entorno en el que para acceder al agua para limpiar los platos no basta con abrir un grifo.

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