Negro sobre blanco / Reflexiones de un estudiante de “letras” / Las mujeres migrantes, lugar de encuentro de culturas alimentarias y culinarias
Sobre la autocomplacencia identitaria de las sociedades ricas y la falta de compromiso social en defensa de los derechos laborales de las mujeres inmigrantes.marzo 2025
Las mujeres migrantes, lugar de encuentro de culturas alimentarias y culinarias enero 2025
Alimentarse es una necesidad imprescindible para conservar la vida. No obstante, más allá de que sea una necesidad fisiológica y soslayando que la producción y el consumo de alimentos están sometidos a los condicionantes de la economía global, la elección cotidiana de productos alimenticios, la forma de prepararlos o cocinarlos y las liturgias que acompañan el consumo de los menús de cada día confieren a la alimentación “una dimensión imaginaria, simbólica y social” (Gracia Arnaiz, 2000).
Desde ese punto de partida, las evidencias empíricas muestran que nacer y crecer en un determinado contexto cultural conlleva, entre otros aprendizajes, la adquisición de determinados hábitos alimentarios. Hábitos que acaban formando parte tanto de la identidad individual de cada persona como de la identidad colectiva de la sociedad en que esa persona se ha alimentado durante su desarrollo físico y social.
Este carácter identitario de los hábitos alimentarios se pone especialmente de manifiesto cuando las personas, ya sea de forma permanente o temporal, se trasladan a un entorno social con costumbres alimentarias y/o culinarias diferentes a las de su cultura de origen. Un caso significativo de encuentro entre identidades alimentarias y culinarias de dos culturas diferentes es el de las mujeres migrantes.
Unas clases de cocina de aquí para inmigrantes pueden considerarse, a priori, un buen escenario para analizar una faceta de un fenómeno social universal, como es el encuentro de culturas alimentarias y culinarias diferentes; en este caso, un acercamiento centrado en el protagonismo que en ese encuentro tienen las mujeres inmigrantes. Pero las reflexiones realizadas por las asistentes a las clases van más allá de lo estrictamente relacionado con la alimentación, ya que se insertan en un fenómeno, el de la emigración, directamente relacionado con la globalización y, por tanto, con la intensificación de las interdependencias entre los países y el consiguiente mestizaje de las culturas.
Lo primero que hay que tener en cuenta es que para las mujeres inmigrantes aprender la cocina de aquí es un requisito casi indispensable para encontrar trabajo en el nicho de empleo en el que la gran mayoría están atrapadas: el de los cuidados en el hogar. Además, para ellas el lugar de destino de su proceso migratorio no es solo un entorno ajeno y, en principio, extraño al que están obligadas a adaptarse, sino que, en general, las sociedades a las que tratan de incorporarse -particularmente la vasca- tienen un alto grado de “autocomplacencia identitaria” que, entre otras cosas, se sustenta en “la afirmación de la superioridad de las propias costumbres [y] la gastronomía de la tierra” (Comas, Pujadas y Roca, 2004).
Desde esta perspectiva, es importante analizar el porqué y el para qué de las clases de cocina en cuestión. En principio, la finalidad fundacional de la entidad que las organiza es formar profesionalmente a personas que cuidan enfermos dependientes en el entorno familiar. Después, tras considerar que esas personas son en su gran mayoría inmigrantes con bajo nivel formativo, dicha entidad se plantea como objetivo general contribuir a su formación integral. Y, dado que proceden de países con hábitos alimenticios muy diferentes y que desconocen la cocina de aquí, con las clases de cocina lo que se pretende es resolver el problema que se les presenta a quienes deben cocinar en los domicilios particulares de las personas a las que cuidan.
Sin embargo, por encima de estos, en principio, razonables y hasta loables propósitos, sobrevuela una concepción del fenómeno migratorio que debe ser sometida a escrutinio. Sobre todo, porque, en flagrante contradicción con la visión humanista en la que se pretenden enmarcar, se soslaya un hecho clave: la dedicación prácticamente forzosa de la gran mayoría de las mujeres inmigrantes al sector de los cuidados se sustenta en el proceso de ajuste entre la migración y la crisis de los cuidados en los países ricos. En efecto, con la llegada de mujeres migrantes estos países han encontrado una solución económica a la entrada masiva en el mercado laboral de las mujeres autóctonas (que, tampoco hay que olvidarlo, han sido las cuidadoras por excelencia en las generaciones anteriores y lo siguen siendo en el presente).
Y para vergüenza de las sociedades ricas, esta realidad incuestionable no suele estar en el centro de debate ni cuando se planifican los cuidados ni cuando se analizan los problemas y las necesidades de las mujeres inmigrantes. Además, la atención hacia las mujeres inmigrantes y, en particular, la prevención de los abusos laborales que se cometen con ellas son rápidamente delegadas por las administraciones públicas, sin demasiados reparos, en entidades privadas que no colocan a esas mujeres en el centro del problema.
No todas las entidades que interactúan con las mujeres inmigrantes basan su razón de ser en la aceptación acrítica del estado de cosas que se deriva de la llegada de mano de obra inmigrante para resolver el problema endémico de los cuidados. Pero es desolador que la mirada hacia otro lado de las administraciones públicas esté demasiadas veces acompañada de apenas una débil protesta de las organizaciones políticas, sindicales y sociales que dicen estar comprometidas con la defensa de los derechos de las mujeres inmigrantes.
Está claro que, en sintonía con la autocomplacencia identitaria antes mencionada, en las sociedades ricas prima más la sensibilidad hacia los cuidados de las personas de aquí que la indignación hacia los agravios que se cometen con las mujeres de allí a las que nos les queda otro remedio que dedicarse a cuidarlas. En este asunto, por acción o por omisión, entre todos y todas hemos actualizado modelos de servidumbre propios de épocas pasadas.

