Negro sobre blanco  /  Reflexiones de un estudiante de “letras”

Las sutilezas de Leviatánjulio 2018

A mediados del siglo XVII, Thomas Hobbes escribe Leviatán, su obra cumbre.Aunque está escrita en un momento histórico concreto, en sus argumentos hay un elemento que trasciende a su tiempo: la defensa, desde una lógica científica, de la necesidad de un poder absoluto en la sociedad, como única forma de garantizar la paz y la integridad de los individuos.

Según Hobbes, los seres humanos no se tienen afecto mutuo, sino que se temen, y su estado de naturaleza (sic) es la “guerra de todos contra todos”. Ante este panorama, considera que la opción más razonable es un pacto de no agresión; y, para que ese pacto se cumpla, lo mejor es que el Estado ejerza el monopolio de la fuerza y garantice que todos los individuos se someten a sus decisiones. Para ello, el Estado debe ser un todopoderoso Leviatán, el más temible de los monstruos.


Ha llovido mucho o, como dicen en la británica tierra de Hobbes, ha pasado mucha agua bajo el puente desde que Leviatán se convirtiera en la representación del poder omnímodo y absoluto del Estado. Y, al tiempo que ocurrían estos fenómenos pluviales y fluviales, han tenido lugar muchos acontecimientos políticos; gran parte de ellos acompañados de hechos violentos en los que los estados han ejercido la fuerza para conservar sus respectivas soberanías (o, al menos, para tratar de lograrlo).

Con el devenir de los tiempos, en mentes de buena voluntad ha ido fraguando la esperanza de que el Estado no necesitara ser un Leviatán implacable para garantizar el pacto de no agresión entre seres humanos supuestamente razonables y con vocación presuntamente democrática. Muchas personas -más como apuesta por este desiderátum que por una convicción que los hechos no confirman- han querido creer que el monopolio del uso de la violencia por el Estado daría paulatinamente paso a formas de actuar menos agresivas, menos represivas, más respetuosas con todas las formas de libertad y con los usos virtuosos atribuidos al ejercicio de la democracia: en definitiva, actuaciones más sutiles (que, según la RAE, es sinónimo de más agudas, perspicaces o ingeniosas).

Nada más lejos de la realidad. Basta echar un vistazo a la forma en que los estados que presumen de ser los más democráticos del orbe afrontan sus problemas para comprobar que -salvo contadas excepciones- la única sutileza que el Estado ha cultivado con ahínco a los largo de los siglos es cómo aplicar sus reglas de forma diferente a los poderosos y a los débiles.

Se proclama a menudo que todos y todas somos iguales ante la ley. Sin embargo, la prueba más evidente de que esta pretensión es radicalmente falsa es la forma en que el Estado responde a las reclamaciones de Justicia según el estatus económico de cada persona. Por un lado, existe la percepción generalizada de que los códigos de justicia están diseñados para aplicar la fuerza del Estado más a míseros robagallinas que a grandes burladores de la ley. Por otro lado, está la evidencia de que, para osar adentrarse en el laberinto de la administración de justicia, se deben tener recursos económicos suficientes para poder rodearse de profesionales cualificad@s y poder pleitear en todas las instancias.

En esta materia, hay una sutileza del Estado especialmente refinada: la justicia gratuita que se ofrece a las personas que carecen de los medios económicos para contratar a abogad@s y procuradoras/es. Desde hace algunos años, el 12 de julio de cada año se celebra el Día de la Justicia Gratuita. Es un momento propicio para que quienes no conocemos en profundidad los problemas que rodean a este servicio público podamos ilustrarnos al respecto a través de los medios de comunicación.

Otra alternativa para conocer las limitaciones de la justicia gratuita es preguntar directamente a personas que han acudido a ella cómo ha sido su experiencia; y compararla con la forma en que pueden relacionarse con el poder judicial las personas con medios económicos suficientes. Para tener información sobre cómo les va a estas últimas en sus pleitos basta con leer, ver o escuchar los medios de comunicación cualquier día del año: ¡todavía habrá quien opine que una muestra de la equidad en la administración de la Justicia es que algunas de ellas acaban en la cárcel!

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