Negro sobre blanco  /  Reflexiones de un estudiante de “letras”

Revoluciones del siglo XXIoctubre 2023

La evidencia de la insolidaridad que supone que a algunas personas nos toque ponernos ¡la quinta dosis! de la vacuna contra la COVID-19 mientras hay millones que no han tenido acceso ni siquiera a la primera, no es un mal momento para reflexionar sobre la relación entre la reciente y por estos lares casi olvidada pandemia y la globalización.


En marzo de 2020, la Organización Panamericana de la Salud señalaba en su página web algo que ahora nos parece de Perogrullo: “La epidemia de COVID-19 fue declarada por la OMS una emergencia de salud pública de preocupación internacional el 30 de enero de 2020. La caracterización ahora de pandemia significa que la epidemia se ha extendido por varios países, continentes o todo el mundo, y que afecta a un gran número de personas”. Desde este punto de vista, aunque, stricto sensu, no puede decirse que fuera resultado de la globalización, es evidente que la evolución de cualquier epidemia hasta convertirse en pandemia está favorecida por el movimiento de personas por todo el mundo. Y, desde que se detectaron los primeros casos de infección por COVID, ese movimiento se ha producido, tanto entre países como dentro de las fronteras de cada país, a pesar de las limitaciones impuestas por los respectivos gobiernos.

Por otro lado, los datos indican que durante la pandemia se produjo una desaceleración de la globalización, no solo en el movimiento de personas, sino también en el de mercancías. La cuestión está en si hay perspectiva temporal y datos suficientes como para establecer que esa pérdida de pujanza de la globalización ha sido meramente coyuntural o que se ha producido un cambio de escenario, que va a suponer modificaciones sustanciales en la globalización o, quizás, una desglobalización en toda regla.

Al respecto, hay observadores que, como señala Ignacio Domingo, sostienen que, efectivamente, hay datos suficientes que indican que la desglobalización ya se venía produciendo antes de la pandemia y que esta solo ha acelerado el ritmo de “descenso de las interconexiones y de la interdependencia de las relaciones mundiales”. En opinión de este periodista económico, el auge de los nacionalismos en países con economías emergentes y el temor ante nuevas crisis llevan a pensar en la posibilidad de cambios geoestratégicos que pueden impulsar el surgimiento de “un nuevo orden mundial”, que puede transformar las migraciones, el actual sistema de comercio internacional e, incluso, un elemento sustancial del la economía financiera global como es “el sistema monetario liberal”. El artículo recoge, así mismo, unas declaraciones de Reinhat, economista jefe del Banco Mundial, en las que afirma que la reciente pandemia “ha dejado a los países con la sensación de que necesitan ser autosuficientes en mucho mayor medida que antes”.

En lo que respecta al impacto de esta desaceleración de la globalización sobre las ciudades globales del primer mundo (grandes núcleos urbanos en los que radica el poder financiero), la socióloga Sàskia Sassen ya señalaba en 2020 un cambio de tendencia de las generaciones más jóvenes, que eligen para vivir ciudades de menor tamaño que ofrecen mejor calidad de vida. Una opción que también coincide con la de muchos empresarios que están optando por relocalizar sus empresas en ciudades de tamaño medio o, incluso, pequeño del primer mundo, donde les resulta más fácil encontrar mano de obra cualificada y organizar la logística para sus productos.

En otras grandes ciudades, las que se caracterizan por ser protagonistas de las grandes acumulaciones de pobreza (Bombay, Lagos, Ciudad de México, Daca...), nada indica que no vayan a seguir siendo el destino de millones de migrantes que buscan en esos entornos urbanos degradados una oportunidad que difícilmente van a encontrar. En cualquier caso, si se hace un paralelismo con las revoluciones que recorrieron la geografía mundial durante lo que el historiador Eric Hobsbawm denomina el siglo XIX largo (desde la Revolución Francesa de 1789 hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914), no cabe duda de que esas ciudades son un caldo de cultivo propicio para que, en cualquier momento, se desate en ellas la era de las revoluciones del siglo XXI.

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