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El arbitraje del fútbol del futuromayo 2023

Al tinglado futbolero le van tan bien las cosas que, por si acaso, las innovaciones se posponen durante décadas. Un ejemplo: la llegada de la utilización de la tecnología para corregir los errores arbitrales estaba cantada en 1996 -el año en que escribí El vídeo de Platini-, pero a los mandamases del fútbol les costó veinte años decidirse a implantar el VAR. Ahora, por fin, después de años dándole vueltas a las pérdidas de tiempo en los partidos, la International Football Association Board (integrada por representantes de las federaciones de fútbol de Escocia, Gales, Inglaterra e Irlanda del Norte y de la FIFA de Infantino) ha asumido que no solo deslucen el espectáculo, sino que son una permanente fuente de conflictos.

Al respecto, hay estudios sobre el tiempo de juego que muestran que la duración real de los partidos de fútbol está muy lejos de los 90 minutos teóricos y que, además, las prolongaciones decididas a ojo de buen cubero por los/as árbitros/as no se ajustan al tiempo perdido y, por tanto, no son la solución sino parte más del problema. Con este panorama, no hay que ser profeta para augurar que, como ya ocurre en otros deportes, en el fútbol acabará habiendo cronometradores/as que controlen el tiempo real de juego. Esperemos que la IFAB no tarde otros veinte años en atreverse a dar el paso.

Llegados hasta aquí se preguntarán que relación tiene el cronometraje del tiempo de juego con el arbitraje: la respuesta es que, en mi opinión, ahí está la clave del asunto. Al menos lo está en el fútbol que ya tiene implantado el VAR y dispone de medios económicos casi ilimitados para proveerse de nuevos y mejorados recursos tecnológicos y de personal adecuado para manejarlos. Por eso, esta reflexión sobre el arbitraje se centra en el fútbol profesional masculino del más alto nivel, que siempre es tomado como referencia por el resto del fútbol.


Arbitrar en cualquier asunto en que intervienen personas con intereses contrapuestos no es sencillo; hacerlo en un partido de fútbol profesional es una tarea particularmente difícil. Y lo es porque: uno, hay que estar permanentemente evaluando elementos difícilmente objetivables, como es el grado de intensidad e intencionalidad con que se comportan los jugadores; dos, gran parte de esos jugadores, obviando que son deportistas y deberían actuar con fair play, hacen lo posible por engañar a quienes arbitran; y, tres, cualquiera que sea la decisión arbitral, casi siempre es protestada, con o sin razón.

En algunas jugadas en que interviene el VAR sigue habiendo dudas, pero, en general, el uso de esta tecnología ha demostrado ser eficaz. Y lo será más si se perfecciona su funcionamiento y si quienes lo manejan y arbitran in situ dejan de ser las gallinas del corral futbolero. Por tanto, la pregunta es obvia:¿por qué no se utiliza el VAR para minimizar las discusiones sobre cualquier lance del juego? La respuesta es conocida: quienes han optado por limitar su uso de esta tecnología lo hacen para evitar tener que detener continuamente el juego.

Es discutible que conceder mayor importancia a la fluidez del juego que a juzgar adecuadamente lo que sucede en el campo y, al mismo tiempo, minimizar las polémicas arbitrales sea lo más beneficioso para el espectáculo. De hecho, la duración de los partidos que antes estaba muy tasada por los horarios televisivos, ahora, con la variedad de horarios y canales futboleros, el tiempo que dura un partido se ha adaptado sin mayores problemas al VAR, al mayor número de cambios o, en su caso, a la pausa para que se hidraten los jugadores. En cualquier caso, es evidente que un factor clave para ampliar el uso del VAR es controlar adecuadamente el tiempo real de juego. Ahora sí queda clara la relación entre cómo resolver este asunto y la mejora del arbitraje.

En la mayor parte de las situaciones que se producen en un partido, quien lo ve por televisión sabe, en pocos instantes y casi siempre antes de que el juego se reanude, si la decisión arbitral ha sido o no acertada. ¿Dónde está el problema para que la jugada sea revisada por el VAR y, si no ha sido acertada, se rectifique la decisión? ¿Qué problema hay para que, si tienen dudas, sean quienes arbitran los que recurran al VAR (como se hace, por ejemplo, en el baloncesto profesional)? La razón no puede ser no detener el juego, porque las protestan y/o las pérdidas de tiempo, deliberadas o no, suelen retrasar la reanudación del juego más de lo que lo haría la intervención del VAR. ¿No sería mejor apostar por acertar en las decisiones arbitrales y, al mismo tiempo, garantizar que no va a haber pérdida de tiempo de juego real con un cronometraje adecuado?

Las ventajas de que el fútbol apueste definitivamente por la tecnología sin menoscabo del espectáculo se hacen todavía más evidentes si, como se hace en otros deportes, se concede a cada equipo la posibilidad de reclamar el uso del VAR un número determinado de veces; un cupo que se conservaría intacto si la reclamación es acertada y que iría perdiendo opciones si no es así. Además, con este sistema, las protestas incontroladas ante las decisiones arbitrales se atajarían de raíz, ya que sería cada equipo el que debería valorar si merece la pena utilizar una de sus opciones, en función de su seguridad o no en acertar y/o en el valor que pueda tener esa decisión en cada momento del juego.

Hay consenso en que en el fútbol de alto nivel los partidos se deciden por pequeños detalles, esos que a veces son difíciles de ver sin recurrir a la tecnología. Una tecnología que, antes o después, va a protagonizar el control de lo que pasa en los partidos. En todo caso, deberá ir acompañada de una nueva forma de entender el arbitraje, que deberá acostumbrarse a juzgar lo que realmente ocurre en el campo y es captado por las cámaras. Y, por supuesto, a no mirar nunca el color de la camiseta.

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