¡Oh deporte!  /  Fútbol es fútbol

Huelgas en el fútboljunio 2015

Soy de la opinión de que la justicia social no puede sustentarse exclusivamente en el ejercicio de la libertad negativa, es decir, en la capacidad de poder hacer algo o dejar de hacerlo sin ser coaccionado para ello. En cualquier caso, es inapelable que, desde que se inventó que un ser humano pueda trabajar para otro a cambio de un salario, la persona asalariada tiene derecho inalienable a decidir entre realizar el trabajo y recibir un salario justo o no trabajar y, en buena lógica, dejar de cobrar la correspondiente retribución. Así y todo, con la perspectiva que da la experiencia, no me cabe ninguna duda de que hay huelgas y huelgas.


Aunque el término huelga tiene varias acepciones, cuando hablamos de relaciones laborales podemos atenernos a la definición que al respecto recoge el diccionario de la RAE: “interrupción colectiva de la actividad laboral por parte de los trabajadores con el fin de reivindicar ciertas condiciones o manifestar una protesta”. Es decir, la huelga es una acción reivindicativa que deciden y realizan los trabajadores y las trabajadoras (permítanme los señores y las señoras de la Academia que considere preceptivo el añadido de género, que bastante machista es el ámbito del fútbol como para que lo reforcemos en un tema de este calado).

En buena lógica, una huelga en el fútbol sería la que decidieran hacer los trabajadores y las trabajadoras del fútbol, tras la realización de la correspondiente asamblea o referéndum al efecto o siguiendo la convocatoria de las organizaciones sindicales representativas del colectivo laboral. Por tanto, aunque la expresión sea muy mediática, no es una huelga propiamente dicha que, en determinado momento, dejen de organizarse partidos de fútbol por causas ajenas a dicho colectivo; y tampoco puede hablarse de huelga si quienes la deciden o la llevan a cabo no son los trabajadores y las trabajadoras del fútbol

En consecuencia, lo primero que debe quedar claro es que la Federación Española de Fútbol no puede convocar ninguna huelga en el fútbol, por la sencilla razón de que hacerlo no forma parte de las competencias que, para desgracia del deporte en general y del fútbol en particular, tiene atribuidas esa desfasada entidad. 

Una vez sentado que en una huelga en el fútbol no pinta nada la Federación Española de Fútbol, si en algún momento puede parecer que esa entidad tiene algo que decir en el asunto, será única y exclusivamente porque se lo permiten los únicos protagonistas posibles de una huelga en el fútbol, es decir, los trabajadores y las trabajadoras. Al respecto, conviene aclarar que, en las empresas (sociedades anónimas deportivas) o entidades empleadoras (clubes u otras asociaciones) del ámbito del fútbol, ejercen su actividad laboral como trabajadores por cuenta ajena personas de muy diversa cualificación profesional, deportiva o no, que no son necesariamente jugadores o jugadoras de fútbol.

Por tanto, cuando se convoca una huelga en el fútbol, lo primero que debe quedar claro es cuál es el colectivo laboral que la convoca y la va a secundar. Y en el caso de que se trate de los jugadores profesionales de fútbol -que, al parecer, es la considerada huelga por excelencia- es conveniente que, además, queden claros algunos otros extremos. 

Lo primero es precisar el alcance del término “jugador profesional de fútbol. ¿Se entiende que son profesionales sólo aquellos que juegan en la Liga de Fútbol Profesional? Es evidente que todos ellos lo son, pero es sabido que hay muchos otros que también reciben remuneraciones por jugar a fútbol en equipos de otras categorías. Y todos ellos son, por tanto, trabajadores por cuenta ajena, aunque no existan contratos formalizados y en muchas ocasiones reciban toda o parte de su retribución de forma irregular (sin cotizar a la Seguridad Social ni pagar los correspondientes impuestos). Según dicen, esto es algo que pasa a menudo en la Segunda División B y es muy habitual en categorías inferiores, y que incluso ocurre o ha ocurrido en equipos de la Liga de Fútbol Profesional

Así mismo, además de determinar con claridad el ámbito del colectivo laboral al que afecta la huelga, precisar las reivindicaciones que se pretenden conseguir es algo indispensable en una sociedad democrática y que, al menos en teoría, tiene reconocido constitucionalmente el derecho a la negociación colectiva. Además, no debe olvidarse que una huelga se hace para conseguir que las empresas o entidades empleadoras accedan a las reivindicaciones que se plantean y, por tanto, son ellas quienes deben hacer frente a la resolución del conflicto o sufrir las consecuencias de la huelga. 

En cualquier caso, basta observar la opción elegida por los jugadores profesionales de fútbol para organizarse -un sindicato o asociación (sic) para ellos solitos- y la nula implicación del colectivo en los problemas laborales del conjunto de trabajadores y trabajadoras de la sociedad (individualmente seguro que los hay más o menos solidarios o con una u otra conciencia de clase), para afirmar que una huelga protagonizada por jugadores profesionales de fútbol -que, en buena lógica, se realizaría para defender o mejorar sus condiciones laborales- podría ser legítima pero que, sin lugar a dudas, adolecería de corporativismo. Y para aclarar el alcance del término, me remito a lo que al respecto señala la RAE: “en un grupo o sector profesional, tendencia abusiva a la solidaridad interna y a la defensa de los intereses del cuerpo”.

El corporativismo de los jugadores profesionales de fútbol tiene, además, un sesgo machista, porque es conocida la abrumadora distancia que, en general, separa sus condiciones de trabajo de las que tienen las jugadoras profesionales de fútbol, incluso de las de aquellas que están contratadas -con mayor o menor ortodoxia- por las mismas empresas o clubes. 

No hace falta ser muy entendido en asuntos futboleros para saber que la diferencia de condiciones de trabajo entre los y las futbolistas profesionales tienen su origen económico -aunque hay también otras causas- en el diferente interés que suscita el espectáculo deportivo que unos y otras protagonizan y, en consecuencia, el mayor o menor nivel de negocio que dicho espectáculo genera. Pero tampoco hay que olvidar que es también esa diferencia de interés por el espectáculo ofrecido el que da lugar al diferente nivel de negocio generado por la Liga de Fútbol Profesional y por otras ligas menores de manifiesta irracionalidad económica, que son organizadas o impulsadas por la Federación Española de Fútbol (por cierto, con la colaboración de federaciones y clubes de Comunidades Autónomas que tienen reconocidos en sus estatutos de autonomía la competencia exclusiva en materia de deporte).  

Sin duda, el telón de fondo de todo esto no es sino la perversidad del modelo organizativo del fútbol en general y del fútbol profesional en particular, especialmente la falta de una separación nítida entre la Liga de Fútbol Profesional y competiciones de menor entidad (profesionalizadas o no, pero que deberían gestarse en los ámbitos autonómicos), así como entre éstas y las competiciones para la práctica del fútbol con objetivos no necesariamente vinculados al alto rendimiento deportivo. 

Además de la existencia de las “divisiones” en que se estructura (?) el fútbol, encadenadas unas a otras a través de lo que depare una frecuentemente adulterada competición, hay variados ejemplos de la perversidad del modelo organizativo del fútbol, como el despropósito y, a menudo, el fraude en los que, una temporada tras otra, incurren directivos que firman o prometen contratos que no pueden cumplir y que frustran la ilusión de algunos futbolistas (a menudo demasiado ilusos) o la incongruencia de que la Federación Española de Fútbol se permita chulear permanentemente al Gobierno del Estado porque cuenta con los ingresos que le proporciona una selección española cuyos integrantes se deben laboralmente a otras empresas o entidades.

Las anteriormente citadas -y otras muchas- son vergüenzas del fútbol que no van a arreglar ni los que Marcelo Bielsa acertadamente llama millonarios prematuros ni tampoco los que pretenden serlo. Ni aunque convoquen huelgas en el fútbol que luego casi nunca llevan a cabo. ¡Con las ganas que tengo de que los jugadores profesionales de fútbol de la LFP hagan una huelga -de las de verdad, de las de dejar de jugar partidos- para reclamar que se les descuente la parte proporcional de toda su retribución anual!

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