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Tebas & Rubiales: el otro juego de tronosmayo 2019

El fútbol ocupa tanto tiempo y espacio en los medios de comunicación que quedan pocos resquicios para formular reflexiones originales sobre su devenir cotidiano. Además, la peña futbolera -incluidos sus opinadores más conspicuos- no suelen estar por la labor de ir mucho más allá de la última anécdota surgida en el fragor de la batalla del domingo, como versaba el título de una vieja película sobre Alfredo Di Stefano. Además, el anecdotario no tiene fin, porque la batalla ha pasado a ser casi cotidiana por mor de los intereses económicos compartidos por los magnates de la televisión y quienes viven del negocio de la pelotita, cobrando sueldos millonarios o ejerciendo el postureo en los palcos de los estadios, que de todo ello vive el homo futbolero.  

Ejemplares notables de esta pseudodeportiva especie son Tebas & Rubiales, que aspiran siempre a tener una mano con duples y treinta y una: jugada imposible, como sabe cualquier aficionado al mus. Se trata de unos personajes que, si el elenco de monstruos de un lado y otro del derretido Muro de la famosa serie televisiva (a quienes anden retrasados, les pido disculpas por el espóiler) no estuviera sobradamente cubierto, tendrían un sitio en la pelea por hacerse con el Trono de Hierro (y que quede claro que el nivel de monstruosidad no tiene nada que ver con el tamaño).


Tebas & Rubiales, presidentes de la Liga de Fútbol Profesional y la Real Federación Española de Fútbol, viven enzarzados en una permanente pelea de gallos. Lo más curioso del asunto es que, como los grandes divos de la economía financiera, dirimen siempre sus batallas con pólvora ajena. 

La LFP capitaneada por Tebas, aunque en ella trabajen ciento y la madre, es sólo es una superestructura -como, para escarnio del ínclito, diría Karl Marx-al servicio de la estructura productiva en la que los actores son los clubes de fútbol profesional. Porque son ellos los que ponen a sus jugadores -cuyos sueldos no son precisamente de modestos proletarios- a disputar partidos de fútbol, que es el producto que se vende a las televisiones a precio de oro. Y hacer una buena venta es la principal preocupación y ocupación de Tebas, porque de los beneficios vive su LFP (incluida su soldada) y, en buena medida, los propios clubes, ante los que debe rendir cuentas. 

En este negocio de compraventa hay muchos gremios (encabezados por jugadores, representantes y ejecutivos ad hoc) que se llevan un buen pellizco. Curiosamente, en la mayor parte de los casos, no son precisamente los dueños de los clubes -suponiendo que esté claro quiénes son- los que más se llevan a la hucha. Pero no cabe ninguna duda que quienes pagan las entradas a los estadios o los abonos de TV ni pinchan ni cortan en el negocio. Así que, por mucho Tebas vete ya” que se coree en las gradas cada jornada futbolera, seguirán viendo los partidos en los horarios que les convengan a Tebas y a los programadores televisivos.

Todo lo anterior, con la venia del tal Rubiales, que, para hacerse con su parte de la ganancia, acostumbra a armar todo el ruido que le permite ser el controlador de ciertos instrumentos más o menos relevantes para la competición (por ejemplo, el siniestro mundo del arbitraje) y ejercer de dueño de algunas competiciones (copas varias). Y, por supuesto, no hay que olvidar su rehén más preciado: la selección española. Al respecto, conviene recordar que quien participa en las competiciones reservadas a las selecciones no es el país -del que sólo toman el nombre-, sino la federación de fútbol correspondiente, que es la que cuenta con las pertinentes bendiciones de la UEFA y la FIFA. ¡Estás sí que son las auténticas dragonas del juego! Y, como en la famosa serie televisiva, si murieran, resucitarían.

Así las cosas, para Tebas andar a la gresca con Rubiales (o de quien en cada momento esté al frente del circo federativo), no es nada personal -como diría un gánster de película- sino la inevitable consecuencia de cómo está organizado el fútbol. El profesional y el que no lo es (o no debería serlo), porque todo quisqui quiere sacar tajada de los ingresos televisivos.

Es evidente que la LFP tiene un amplio margen de mejora, cuando menos hasta que deje de estar impregnada por la podredumbre que desprende su maridaje con el mundo federativo y, también, hasta que los clubes que la conforman dejen de ser una permanente fuente de noticias con olor a corrupción y chalaneo.

Lo de la RFEF no tiene nombre (si lo tuviera sería feo y malsonante). Para empezar, el presidente del tinglado (en el que está empleado otro porrón de gente, sin contar los que se lo llevan puesto en viajes, comidas y demás menudeos) ni siquiera debe rendir cuentas ante los propietarios de los productos con los que mercadea. Éstos no son otros que los mismos clubes de la LFP, que son los que ponen la materia prima -equipos y jugadores- para las copas que la RFEF considera de su propiedad y para poder montarse su propio equipo -la selección-, auténtico buque insignia de los beneficios (en dinero y en especie) que obtiene la tropa comandada por Rubiales. Para finalizar, las trampas de toda índole que florecen en todas sus competiciones, desde los quiebros a la legislación laboral o tributaria, hasta la adulteración de la competición. 

Si se aplicara a todo esto del fútbol una lógica orientada a un supuesto bien social superior, es difícil imaginar la existencia de alguna mente calenturienta que considere a la banda dirigida por Rubiales como la mejor opción para ocuparse de poner cierto orden en el escandaloso desparrame del fútbol profesional de Tebas. La fatal conclusión es que da igual quienes ocupen los tronos del fútbol: la larga noche ha venido para quedarse. Porque ahora y antes, desde que se inauguró la democracia, hay tantos desaguisados pendientes de arreglar que al fútbol nunca le toca. Ni le tocará.

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