¡Oh deporte!  /  Mi Real Sociedad

La afición de la Real Sociedadjunio 2015

No soy de la opinión de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Ni tan siquiera creo que, por lo general, son trasladables al presente los argumentos que se alegan a favor de la mayor bondad de otra época, porque, con el paso de los años han ido perdiendo buena parte del significado que antes tenían.

Desde los años 60, cuando, como en un pasaje bíblico, la Real Sociedad descendiera a segunda división para volver a ascender a primera división y permanecer en ella durante cuarenta años, el fútbol ha cambiado tanto que los recuerdos de la época de Atotxa se ha convertido en un mito lejano. Tanto que, en cualquier momento, alguien pondrá en duda su existencia misma. De hecho, hay comportamientos actuales que hacen que se ponga en duda, si no la existencia del viejo campo, sí que en la afición de la Real Sociedad haya habido ciertos usos y costumbres que el paso inexorable del tiempo futbolero ha ido convirtiendo en leyendas.

No hay duda. Si quiere permanecer en el duro -y siniestro- mundo del fútbol profesional, la Real está obligada a reinventarse a si misma permanentemente. Y mientras tanto, el núcleo duro de la afición de la Real Sociedad, el colectivo formado por los abonados y las abonadas que van a Anoeta a ver casi todos los partidos (para soportar todos los horarios hay que ser muy joven o muy valiente), no sólo va cambiando paulatinamente su composición al ritmo del devenir de la vida y de la muerte, sino que, además, va pergeñando, partido a partido, las nuevas formas de ser hincha de la Real.

No obstante, como el instinto de manada tiene sus riesgos, uno también puede formar parte de ese núcleo duro y, al mismo tiempo, discrepar del comportamiento que parece que se va haciendo mayoritario. Aunque igual sólo lo parece y lo que ocurre es que siempre se escucha más al que grita o silba que al que calla. Y como suele decirse que el que calla otorga, voy a discrepar del comportamiento de cierta parte de la afición de Anoeta. Y si alguien me acusa de añorar los tiempos del viejo campo de Atotxa, no tendré más remedio que aceptarlo y entonar el mea culpa.


En el fútbol, suele ser una costumbre aconsejable aplazar para el verano las críticas y las reflexiones de calado dentro de un club, incluso cuando su necesidad se hace muy evidente a lo largo de la temporada. La justificación es que la competición no permite despistes de ningún tipo.

Sin embargo, hay una opinión muy extendida y aceptada, incluso dentro de los propios clubes, de que los aficionados y las aficionadas podemos manifestar nuestra crítica o disconformidad en cualquier estación del año. Sobre cualquier asunto, venga o no venga a cuento y sea o no sea razonable a ojos de un supuesto observador ecuánime e imparcial (si es que tal cosa existe en el fútbol). La justificación -o excusa, según cómo se mire- para esta bula es que somos los paganos del espectáculo.

En otro tiempo, no sé en otras latitudes, pero aquí -es evidente que estoy evocando una de las leyendas de Atotxa- el personal no se manifestaba tan rotunda y ruidosamente en los asuntos futboleros, y mucho menos lo hacía in situ, cuando todavía el balón estaba sobre el césped y la adrenalina andaba a tope, tanto en las gradas como en el campo. En particular, era impensable escuchar silbidos o gritos de un número significativo de personas en contra de alguno de nuestros jugadores ni del equipo en su conjunto. Y a los que no eran jugadores nadie les hacía responsables -y menos durante la celebración de un partido- ni de un mal pase ni de un fallo clamoroso; ni siquiera de que corrieran un poco menos de lo deseable. Eran otros tiempos: el fútbol no movía tanto dinero ni la televisión era todavía la dueña absoluta del espectáculo.

Sin embargo, ahora que se tiene acceso cotidiano a la información sobre cómo se comportan las aficiones de otras latitudes, llama la atención que, en algunos casos (por ejemplo, en la Premier League inglesa), su comportamiento es muy similar al que era habitual en Atotxa: animan a su equipo, incluso si las cosas vienen mal dadas, o guardan silencio, si sus jugadores tienen un día realmente fatal o si la afición es un poco más sosa (como dicen que es la guiputxi). Se gane o se pierda, su equipo es su equipo y su club es su club; aunque los dueños del tinglado sean unos fulanos del otro lado del mundo.

En Anoeta, hace años que el comportamiento de la afición de la Real Sociedad es distinto que el que acostumbraba a ser y al que uno todavía puede ver y oír en campos europeos de inequívoca solera. Y con alguna frecuencia les suele tocar escuchar música de viento a los jugadores (sobre todo a algunos); a veces el chorreo le toca al entrenador (sobre todo a alguno); en algunas otras ocasiones el personal se acuerda de algún técnico de la casa (casi siempre del mismo); y quizás una cierta memoria de las penurias padecidas por la entidad hace pocos años salva, de momento, al Consejo de Administración o, en particular, a su Presidente de que también le toque su ración.

Lo más curioso del asunto es la creciente probabilidad de que, en cuestión de minutos o incluso segundos, baste un solo gol del equipo contrario para pasar de la ilusión más ingenua e incondicional a la más profunda desesperación futbolera, acompañada de silbidos al primer jugador que cometa un fallo o, si se tercia, del “vete ya” al mismísimo sursuncorda. Aunque también puede ocurrir que, un poco más tarde, después de haber señalado como inútiles a la mitad de la alineación o a quien se elija como chivo expiatorio, puede producirse el cambio hacia la esperanza más risueña si los nuestros meten un gol -aunque sea a la remanguillé-, e incluso se puede alcanzar la euforia desmedida si meten algún otro y logran ponerse arriba en el marcador.

Este comportamiento, muchas veces repetido, hace pensar que la crítica de la parte de la afición de la Real Sociedad que silba o grita contra los suyos en medio del fragor de un partido no tiene su origen en una sosegada reflexión previa, sino que es sólo una forma de reaccionar ante situaciones adversas que le causan frustración y que no sabe cómo gestionar de otra manera.

No se trata de defender a ninguno de los que potencialmente pueden ser sonoramente denostados por la afición porque me parezcan pobres víctimas de un grupo de desalmados y desalmadas que arremeten contra ellos. Además, reconozco que una de las salsas del fútbol es que en cada aficionado o aficionada hay un entrenador revolucionario, un director deportivo con vocación de general manager o un directivo vanguardista. E incluso hay casos en que se dan, al mismo tiempo, varias de las citadas personalidades alternativas, que se superponen a la de ser realista de pro.

Lo que ocurre es que la forma en que se conduce una parte de la afición realista que asiste a los partidos de Anoeta, la que participa de los pitos, gritos o cánticos veteyaístas dirigidos contra los nuestros, al margen de que pueda ser más o menos ecuánime o desconsiderada con algunas personas -sobre todo si se trata de jugadores-, no creo que representa la forma de hacer frente a las vicisitudes de la competición que prefiere la mayoría de los aficionados y las aficionadas de la Real Sociedad.

Además, esta forma de actuar, que desde hace unos años se va convirtiendo en habitual en Anoeta, tampoco encaja con el ideal que sobre el comportamiento de la afición de la Real Sociedad existe en el imaginario colectivo de los ciudadanos y las ciudadanas de Donosti y de Gipuzkoa a quienes, se quiera o no, la Real Sociedad representa de alguna forma.

Y todo esto, en mi opinión, ocurre aunque quienes gritan o silban sean, también, buenos y buenas realistas y, por supuesto, desde el reconocimiento de que ostentan la supuesta bula que otorga el ser pagano del espectáculo. Es una cuestión de estilo.

Post scriptum: uno trata de expresar sus opiniones tratando de no ofender a quienes actúan de buena fe. Pero, tras haber leído los anteriores párrafos, no he tenido más remedio que reconocerme a mi mismo que, en realidad, el comportamiento demasiado habitual de cierta parte de la afición de la Real Sociedad me cabrea más que lo que el texto transmite. Por ello, no quiero cerrar capítulo sin dejar constancia de lo que suelo comentar a mis allegados cuando suceden episodios como los descritos: un día me plantearé dejar de ir a los partidos de Anoeta. Pero no porque los jugadores lo hagan mal -que ocurre muchas veces- o no me guste su actitud -lo que también sucede demasiado a menudo- o porque piense que los responsables del equipo o del club no están acertando, sino porque el comportamiento de esa parte de la afición me parece insufrible. Ya está dicho.

Otros textos de  'Mi Real Sociedad'

¿Quieres hacer algún
comentario sobre este texto?

Contacto
contacto





Información básica sobre protección de datos.

Responsable: Javier García Aranda.
Finalidad: gestionar la suscripción al blog y la comunicación entre el autor y el usuario o la usuaria; moderar los comentarios que se realicen sobre el contenido del blog.
Legitimación: consentimiento del interesado o interesada.
Destinatarios: no se cederán datos a terceros, salvo por obligación legal.
Derechos: acceder, rectificar y suprimir los datos, así como otros derechos recogidos en la política de privacidad.