¡Oh deporte!  /  Mi Real Sociedad

Los de azul y blanco2014

Este entrañable episodio de mi infancia es el testimonio inapelable de que uno es txuri-urdin de nacimiento. Durante muchos años ha formando parte del Anecdotario de este blog, pero su sitio está aquí, entre el resto de mis disquisiciones blanquiazules. Ahora son menos ingenuas. Aunque igual de incondicionales.


Empecé a ir a los partidos de la Real Sociedad cuando era un niño de tan corta edad que no tengo recuerdos de una época anterior. Sin darme cuenta, ir al Campo de Atotxa se convirtió en un hábito que cumplía con regularidad quincenal. En aquellos años 50 del cada vez más lejano siglo XX, no había parones ligueros ni se conocía todavía la existencia de los virus FIFA-UEFA y, aunque ahora parece imposible de creer, los partidos de la Real se jugaban siempre a primera hora de la tarde del domingo, pues no había televisión ni tampoco luz artificial en Atotxa (cualquier pequeño retraso por algún lance imprevisto podía hacer que se hiciera literalmente de noche).

A aquellos partidos iniciáticos me llevaban Tía Angelita, hermana de mi padre, y su marido Ángel Chapartegui, que había sido árbitro de fútbol en sus años más jóvenes. Me sentaban en medio de ellos en la tribuna de Atotxa, y desde aquel sitio privilegiado aprendí que los de la Real Sociedad eran siempre los de azul y blanco (después, cuando el euskara empezó a dejar de ser un idioma perseguido, pasaron a ser los txuri-urdin). Y también que a los nuestros se les apoyaba siempre, incondicionalmente, jugaran bien o mal, y jamás se les pitaba ni se les recriminaba de forma que pudiera ponerse en entredicho que eran, efectivamente, los nuestros (esta es una asignatura que, al parecer, hace algunos años dejó de ser obligatoria para ir a Anoeta a ver los partidos de la Real).

Una vez aprendidas estas lecciones inolvidables, tuve una amarga experiencia. Fue en Pamplona, adonde mis tíos solían llevarme a visitar a unos amigos. Una de las veces se terció ir a ver un partido de fútbol en el que, por las fechas, debía ser al Campo de San Juan. El partido lo jugaban unos con camiseta roja contra ¡los de azul y blanco!

Comencé a mosquearme según empezó el partido. No me parecía de recibo que la gente animara a los de rojo e ignorara o hasta pitara a los de azul y blanco. Mi enfado era de tal calibre que los de alrededor no dejaban de sorprenderse ante mi incuestionable posicionamiento a favor de los de azul y blanco.

Con todo, lo más inverosímil me parecía que mi propia tía, que aunque siempre moderada en sus expresiones futboleras era inequívocamente de la Real Sociedad, no se mostraba dispuesta a defender a los nuestros, a los de siempre, a los de azul y blanco. Y no se le ocurrió ningún argumento mejor para calmar mi estado de cabreo que decirme que estuviera tranquilo, que aunque llevaban una camiseta azul y blanca no eran los nuestros, que ese día los nuestros (?) eran los de rojo, porque eran los del equipo de nuestros amigos. ¿Pero cómo iban a ser los nuestros los de rojo? No, no y no: los míos siempre habían sido y serían los de azul y blanco y de ninguna manera iba a ponerme a favor de los de rojo.

No recuerdo si in situ o tras acabar el partido, mi obnubilación fue dejando paulatinamente paso a la razón, y mi tía consiguió explicarme que los de rojo eran de Osasuna, el equipo de Iruña, y que los contrarios no eran los de la Real Sociedad, sino de un equipo de Barcelona, que se llamaba Español. Entonces lo comprendí y, desde mi perspicacia de niño, pude ver claro lo que había ocurrido: los jugadores de aquel equipo extraño habían usurpado el color de las camisetas a los míos, a los de la Real, a los de azul y blanco de verdad.

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