¡Oh deporte!  /  Pensando el deporte

Complejo de islajunio 2018

El deporte tiene potencialidades que, bien utilizadas, pueden servir para poner de manifiesto las mejores cualidades de las personas y, mal enfocadas, para lo contrario, claro. Así mismo, como fenómeno social universal, el deporte puede ser la base para hermanar a los pueblos y, por supuesto, también para propiciar odios cainitas. La forma en que el  deporte está institucionalizado tiene -sobre todo para lo malo- una deriva corporativista especialmente perversa. Luis Mª Cazorla Prieto, en su obra Deporte y Estado (Labor, 1979), subraya que “el deporte es un cuerpo que tiene vida propia y se regula por unas reglas muy peculiares”, a lo que denomina complejo de isla.


Según cuenta XLSemanal (18-2-2018), un convenientemente bendecido programa de asilo ha hecho que unos migrantes provenientes de Gambia y Sierra Leona hayan ido a parar a un pueblo alpino de Italia. Allí, mientras esperan que la burocracia tramite sus papeles, un entrenador local les ha enseñado a jugar al curling, curioso deporte practicado sobre hielo que, al parecer, es popular por aquellos pagos. No creo que haya ninguna opinión discrepante acerca de que se trata de una buena práctica para lograr la integración del grupo de africanos en la sociedad de acogida. Una satisfacción deportiva añadida es que los neófitos en el gélido deporte han resultado ser bastante buenos jugadores. Pero cuando han querido participar en la competición de la recién aprendida disciplina, alguien ha puesto sobre la mesa una cavernícola e intransigente normativa deportiva que les impide competir oficialmente mientras no regularicen su situación.

Aunque pueda parecer que sólo se trata de un exceso de celo por parte de las instancias deportivas, no caben muchas dudas acerca de que el origen del despropósito radica en la genuina vocación isleña de la entidad que regula el curling (a buen seguro, la federación deportiva correspondiente). Es probable que el argumento de fondo sea tan peregrino como pretender velar por los intereses deportivos del país, no vaya a ser que el curling empiece a llenarse de jugadores africanos que impidan el progreso de los autóctonos con posibilidades de vestir la camiseta nacional. Esto o alguna otra chorrada por el estilo.

No es que uno sea malpensado y sospeche que quienes controlan el curling son especialmente proclives al racismo o la xenofobia, sino que el problema no es nuevo. Hace unos meses tuve noticia de que un mena (menor extranjero no acompañado) en edad cadete no podía participar en competiciones oficiales con el equipo de fútbol con el que entrenaba, porque no cumplía con los requisitos administrativos para que la federación de fútbol le proporcionara la preceptiva licencia (sic) para poder competir. Lo anterior, a pesar de que estamos hablando de ¡un menor tutelado por la administración pública! En la misma línea de despropósitos, hace tiempo que es conocida la escandalosa paradoja que ha venido afectando a inmigrantes perfectamente legales -que incluso pueden ser elector@s y elegibles en las elecciones municipales de su municipio de residencia- pero que, por obra y gracia de la isleña normativa futbolera protectora de no-sé-qué esencias patrias, no pueden jugar en el equipo del pueblo.

Lo del curling, lo del fútbol y lo de otras muchas insignes burocracias deportivas que tienen profundamente arraigado el complejo de isla no es más que un esperpento proteccionista que, en la mayoría de los casos, conlleva cerriles visiones de la sociedad civil, además de la pretensión de salvaguardar el statu quo de los que manejan el cotarro deportivo. En los ejemplos citados, quienes pagan el pato son inmigrantes, pero no son las únicas personas damnificadas por la deriva isleña. Para comprobarlo sólo hay que observar lo poco que les gusta a quienes dirigen el deporte que dentro de “su” parcela se reclame justicia en los medios de comunicación o en los propios tribunales ordinarios y se pongan en tela de juicio los criterios de los caprichosos y amañados tinglados deportivos.

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