¡Oh deporte!  /  Pensando el deporte

Dirigentes deportiv@s e ingenier@s rus@smayo 2016

En los años 80, cuando fui nombrado funcionario, mi falta de pedigrí deportivo me hizo dudar de que tuviera un futuro profesional halagüeño en el sector. Nunca había sido un deportista destacado, ni dirigente de un club o una federación deportiva, ni había cursado estudios relacionados específicamente con el deporte. Sin embargo, no tardé mucho en poner en duda la idoneidad de ciertos itinerarios deportivos (académicos o no) para llegar a ser buen dirigente deportivo (dentro o fuera de la administración pública).

Patxi Galarraga, arquitecto e inestimable colaborador en la tarea de aportar racionalidad a la planificación de equipamientos deportivos, tras escuchar mis tesis sobre los perfiles y los déficits de formación de buena parte de l@s dirigentes deportiv@s, me sugirió la lectura de “El fantasma del ingeniero ejecutado” (Loren R. Graham; CRÍTICA, 2001). Patxi tenía razón: hay un curioso paralelismo entre el fracaso de la industrialización de la extinta Unión Soviética y la mediocridad en la que permanece sumida la dirección deportiva por estos lares.


La mayoría de l@s dirigentes deportiv@s que ejercen su función en las administraciones públicas, tanto en cargos políticos como en calidad de profesionales, tienen uno de los tres siguientes perfiles: uno, aficionad@s al deporte que han sido directiv@s de alguna federación o club deportivo; dos, personas que han sido deportistas de alto nivel; tres, licenciad@s en Educación Física o graduad@s en Ciencias de la Actividad física y del Deporte, a quienes denominaremos titulad@s en deporte.

Es indudable que entre quienes tienen uno o varios de estos perfiles (a veces se solapan dos de ellos o incluso los tres) hay personas que, al margen de que se esté o no de acuerdo con sus ideas, están capacitadas para ejercer con cierta solvencia el papel de dirigentes deportiv@s. Y también es constatable que, con esos perfiles o con otros, hay quienes tienen formalmente asignado el papel de dirigir el deporte, pero que no reúnen condiciones para ello. Lo que se trata de analizar es la relación entre la presunta idoneidad para ejercer como dirigentes deportiv@s en las administraciones públicas y los itinerarios seguidos previamente por esas personas en el ámbito deportivo.

En primer lugar, no cabe duda que el paso por la dirección de clubes deportivos o de empresas de servicios deportivos de cierta entidad proporciona un bagaje interesante para ejercer la dirección deportiva en otras organizaciones. No obstante, ejercer como dirigente deportiv@ en la administración pública exige ir más allá de la gestión eficiente de los recursos y de una visión imaginativa del deporte: hay que ser capaz de idear y desarrollar políticas deportivas coherentes para el conjunto de la población, tanto en el corto como en el medio y largo plazo.

Habrá quien opine que en esta valoración debería incluirse también a quienes hayan dirigido federaciones deportivas, sin embargo, el papel de estas entidades en el deporte y en la sociedad actuales me parece tan cuestionable que no considero pertinente, ni siquiera a los efectos de este somero análisis, su asimilación a los clubes o a las empresas de servicios deportivos, que siguen siendo pilares indiscutibles de la estructura deportiva.

El segundo perfil -que suele ser muy valorado para ejercer como dirigente deportiv@ en las administraciones públicas- es haber sido deportista de “alto nivel. Desde mi punto de vista, el asunto ofrece pocas dudas: salvo honrosas y escasas excepciones -y contando siempre con que la persona en cuestión tenga otras habilidades y logros formativos que los estrictamente derivados de su práctica deportiva-, el mero hecho de haber sido deportista de éxito no aporta nada o casi nada que faculte para ejercer como dirigente deportiv@, ni en las administraciones públicas ni fuera de ellas.

El tercero de los perfiles es el de l@s titulad@s en deporte. Con carácter general y sin que ello signifique poner en cuestión ni la valía personal de tales titulad@s ni la capacidad de l@s dirigentes deportiv@s que tienen esa formación académica, es muy cuestionable el bagaje que para el ejercicio de la dirección deportiva han venido proporcionando los estudios cursados en los Institutos de Educación Física y en las facultades de Ciencias de la Actividad física y del Deporte.

En efecto, dichos estudios facultan, sin duda, para la docencia, la planificación del entrenamiento deportivo o la gestión de actividades deportivas; sin embargo, para ejercer funciones directivas (en particular, en las administraciones públicas) es necesario tener una formación mínimamente consistente en otras materias y, además, haber desarrollado ciertas habilidades y hábitos intelectuales.

Para analizar las limitaciones que los estudios cursados por l@s titulad@s en deporte tienen para el ejercicio de la dirección deportiva y, así mismo, para reflexionar sobre el impacto que esta circunstancia ocasiona en el devenir de la sociedad, una referencia interesante es lo ocurrido con la formación de l@s ingenier@s soviétic@s y su relación con el fracaso de la industrialización de la URSS.

En su obra “El fantasma del ingeniero ejecutado” (CRÍTICA, 2001), Loren R. Graham, catedrático emérito de Historia de la Ciencia en el Massachusetts Institute of Technology, explica uno de los enigmas de la historia soviética: por qué la URSS no fue capaz de aprovechar plenamente “el impresionante arranque de su modernización tecnológica”, habida cuenta de que las limitaciones atribuibles al carácter planificado de la economía sólo justifican una parte de dicho fracaso.

Graham señala que, tras la Revolución de Octubre de 1917, “los bolcheviques estaban empeñados en crear una economía planificada, en industrializar y en favorecer la ciencia y la tecnología” y, además, “parecían deseosos de aprovecharse de los servicios de ingenieros y científicos”. En ese contexto, el protagonista de su historia, el ingeniero ruso Peter Palchinsky (1875-1929), que era socialista (aunque no era bolchevique), consideró que podía ser útil a su país colaborando con el proyecto soviético, ya que tenía experiencia en la gestión de la economía bélica -centralizada y planificada- que había sido implantada en Rusia durante la Primera Guerra Mundial.

Palchinsky pensaba que l@s ingenier@s tenían que llevar a cabo una función relevante en la sociedad soviética: su cometido no debía limitarse a resolver problemas estrictamente técnicos, sino que tenían que ser capaces de aplicar “una nueva forma de análisis social a los problemas de la industrialización”. Por el contrario, Stalin, que desconfiaba de quienes habían cursado sus estudios antes de la revolución, entendía que l@s ingenier@s debían centrarse exclusivamente en los aspectos tecnológicos.

Es decir, Palchinsky defendía que l@s ingenier@s fueran auténticos dirigentes que pensaran globalmente en todo aquello que tuviera que ver con el diseño y la ejecución de los proyectos y que, además, fueran capaces de evaluar su impacto en la sociedad a la que iban destinados. Por su parte, Stalin quería que se limitaran exclusivamente a implementar técnicamente las directrices emanadas de las estructuras políticas del régimen. Obviamente el pulso lo ganó Stalin y lo perdió Palchinsky, que fue ejecutado. Y, tras su muerte, pronto desaparecieron también los planes de estudios que hasta entonces habían capacitado a l@s ingenier@s para ejercer las funciones que propugnaba Palchinsky.

Además, en poco tiempo, la gran mayoría de quienes cursaban estudios superiores en la URSS pasaron a ser titulados en ingeniería, en cuyas escuelas se adquiría una formación técnica muy específica en una determinada especialidad o subespecialidad. Sin embargo, l@s nuev@s ingenier@s soviétic@s carecían de la más elemental formación en disciplinas más generales y, en particular, en humanidades (excepción hecha de tres tristes asignaturas que sólo eran la excusa para llevar a cabo el adoctrinamiento ideológico correspondiente).

Graham explica con rotundidad la situación: “quienes estudiaban ingeniería en la Unión Soviética recibían una formación estrecha y trucada: algo intelectualmente empobrecedor, políticamente tendencioso, socialmente irrelevante y éticamente inaceptable”.

No obstante, lo peor del asunto no fue que es@s ingenier@s con tan limitada formación para aspectos no estrictamente técnicos estuvieran al frente de la producción de bienes y servicios en la URSS, sino que paulatinamente fueron copando la mayor parte de los cargos de responsabilidad del Partido Comunista y de la administración soviética, en sustitución de los bolcheviques que habían protagonizado la revolución y que iban falleciendo. Los datos al respecto son concluyentes: en 1986, el 89% de los integrantes del máximo órgano político de la URSS eran ingenier@s que, como subraya Graham, eran “lamentablemente ignorantes en los temas sociales y económicos a los que tanta importancia otorgaba Palchinsky”. Y así les fue.

El paralelismo entre los déficits de formación de l@s ingenier@s soviétic@s y de l@s titulad@s en deporte es evidente: basta echar un vistazo a los planes de estudios, pasados y presentes, para comprobar la limitada presencia de disciplinas relacionadas con el ejercicio de la dirección deportiva (además, da la impresión de que esas asignaturas no son precisamente las más valoradas por quienes cursan dichos estudios). Sin embargo, paralelamente a lo que ocurría con los ingenier@s soviétic@s de la época posterior a Palchinsky, son l@s titulad@s en deporte quienes mayoritariamente van ocupando puestos de dirigentes deportiv@s.

Hay, además, un dato tan elocuente como anacrónico, que pone de manifiesto el sesgo con el que se imparten las titulaciones deportivas y el perfil que se exige al alumnado interesado en dichos estudios: para acceder a las facultades de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (como antes a los Institutos de Educación Física), salvo que se tenga estatus de deportista de alto nivel o alto rendimiento, ¡es necesario superar unas pruebas de aptitud física! Y, claro, así nos va.

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