¡Oh deporte!  /  Pensando el deporte

Djokovicenero 2022

“Lo mejor del deporte son los deportistas”. Es una frase que he escuchado muchas veces; normalmente de boca de quienes pretendían subrayar que, por lo general, el comportamiento de los y las deportistas minimiza los despropósitos que demasiado a menudo tienen lugar en el ámbito del deporte. Y hace tiempo que, de viva voz o por lo bajini, cada vez que escucho la frase apostillo: “...siempre que ejerzan como deportistas y solo como deportistas”.


En 2020, hablando sobre Maradona, Messi y Felipe, el amigo de Mafalda, decía que haber conocido a bastantes deportistas de renombre me había llevado a separar mi admiración sobre sus gestas deportivas de la valoración que me merecían como personas. Así mismo, en 2016, al reflexionar sobre los paralelismos entre dirigentes deportiv@s e ingenier@s soviétic@s, señalaba que, salvo excepciones -en las que entran en juego tanto las habilidades personales como la formación extradeportiva-, el éxito como deportista no implica que la persona sea, ni dentro ni fuera del deporte, un o una líder cuyas opiniones sobre temas ajenos a su práctica deportiva tengan especial relevancia. Es más, me atrevo a decir que muchos de esos y esas deportistas suelen meter la pata con bastante asiduidad cuando se salen de su desempeño como tales, quizás porque los medios de comunicación les confieren a menudo un injustificado estatus más allá de su rol como deportistas. 

Djokovic es un tenista extraordinario, con un palmarés excepcional, que pasará a la historia como uno de los mejores de todos los tiempos. Esta constatación -que no creo que nadie cuestione- no es incompatible con la escasa simpatía que me suscita dentro de la pista (no me gustan ni su actitud ni sus gestos ni sus últimamente demasiado frecuentes rabietas de niño mal educado). Y, por supuesto, el reconocimiento de sus logros deportivos tampoco me impide rechazar su forma de comportarse fuera de la pista, que percibo casi siempre como bastante chulesca, sin perjuicio del respeto que me merece como persona, aunque igual debería decir que me merecía antes de su historia australiana. 

La mayoría de las opiniones que he escuchado a quienes han optado por no vacunarse ante la COVID-19 me parecen bastante inconsistentes; sobre todo las que se sustentan en la (más que conocida) avidez económica de las farmacéuticas, en las (intrínsecas) limitaciones de la ciencia o en irrenunciables posturas de quienes pretenden defender la libertad (individual) y han descubierto (justo ahora) que implicarse en el devenir de la sociedad no es otra cosa que hacer política. Y las posiciones antivacunas se convierten en insoportables si quienes profesan dicha fe se ponen en plan milenarista y se postulan como profetas de una nueva era, en la que el mesías es, nada más y nada menos, que Novak Djokovic, como si dar buenos raquetazos le invistiera como líder social y moral. ¿Se vacunará o habrá más capítulos del martirio deportivo del serbio?

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