¡Oh deporte!  /  Pensando el deporte

Los objetivos deportivos de l@s menoresoctubre 2017

Tanto los itinerarios deportivos como los tipos de prácticas deportivas acostumbran a definirse en función del grado de importancia que en ellos se adjudica al logro del rendimiento deportivo. La fijación de los objetivos deportivos y, en concreto, el grado de protagonismo que entre ellos debe tener la búsqueda del rendimiento es especialmente relevante en el caso de l@s menores de edad.


Hay un tipo de práctica deportiva a la que suelen asociarse objetivos de ocio, recreación, relación, estética y/o salud por contraposición a los objetivos específicos que se identifican con el deporte de rendimiento o alto rendimiento. Sin embargo, ni unos ni otros agotan el abanico de intereses que, en periodos más o menos largos del ciclo vital, mueven a las personas a practicar deporte. Es bastante común que la práctica del deporte no tenga una única meta y que los objetivos perseguidos sean un conjunto de entre los señalados anteriormente, pero tampoco es infrecuente que existan motivaciones personales muy singulares y difusamente identificables. Es habitual, además, que dichos objetivos no permanezcan inmutables, sino que varíen, incluso en lapsos cortos de tiempo. También es posible que la actividad deportiva se corresponda con un objetivo principal tan evidente (por ejemplo, la rehabilitación física de una persona accidentada) o que tenga tal nivel de relevancia social (por ejemplo, la práctica de l@s deportistas profesionales) que puede ser suficiente como para caracterizar dicha actividad y minimizar el resto de las motivaciones u objetivos.

La fijación de los objetivos de la práctica deportiva y su relación con la delimitación de los itinerarios deportivos es particularmente relevante en el caso de l@s menores de edad. En esta franja de edad -en la que está incluida la etapa de escolarización obligatoria- no debería haber grandes discrepancias teóricas acerca de que los objetivos educativos y de desarrollo físico armónico y saludable son los que deben primar en la práctica deportiva. Además, dado que se trata de edades en las que deben arraigarse los hábitos deportivos, un objetivo básico debe ser conseguir la adherencia de niños, niñas y jóvenes a la práctica deportiva habitual.

Aunque la graduación jerárquica de estos objetivos considerados primordiales y el contenido real de la práctica deportiva para conseguirlos admite un considerable abanico de opciones, parece razonable afirmar que entre l@s menores de edad el primer lugar en dicha jerarquía no debería ser ocupado por la búsqueda de logros específicamente deportivos. Dicho de otra forma: en esas edades no debería ser preeminente la búsqueda del rendimiento deportivo y, por consiguiente, tampoco del alto rendimiento.

No obstante, no puede negarse la evidencia de que a los 16 años finaliza la edad de escolarización obligatoria (lo que puede interpretarse como que la sociedad considera que, con carácter general, las personas de 16 años ya están suficientemente formadas académicamente). Así mismo, debe tenerse en cuenta que, a partir de esa edad, las personas pueden ser contratadas laboralmente y, en buena lógica, también pueden suscribir contratos como deportistas profesionales. Por tanto, deberá aceptarse que no es lógico postular que, en lo relativo a los objetivos deportivos, el punto de inflexión está en la mayoría de edad (18 años); y, así mismo, debe considerarse razonable que, a partir de los 16 años, el rendimiento deportivo y la expectativa de acceso al alto rendimiento puedan ser dominantes en la jerarquía de los objetivos deportivos del colectivo de personas que desee seguir esos itinerarios.

En todo caso, la no supeditación de los objetivos de la práctica deportiva de l@s menores de 16 años al rendimiento deportivo no puede ni debe excluir que la mejora deportiva sea también un objetivo importante, añadido a aquellos que deben marcar la pauta en estas edades. Es más, una dosis razonable y progresiva de objetivos de rendimiento deportivo propiamente dicho puede coadyuvar a la adherencia a la práctica deportiva de l@s jóvenes, sobre todo en la franja de edad 12-18 años.

Esto es así, siempre que no lleve -ni a l@s jóvenes deportistas, ni a sus padres y madres, ni a sus entrenador@s, ni a l@s dirigentes deportiv@s- a la confusión de entender que el rendimiento deportivo, para no ser considerado un itinerario fracasado, debe necesariamente desembocar en el alto rendimiento y que, además, esa meta solo es posible de conseguir a través de una alteración precoz de la jerarquía de objetivos, que coloque excesivamente temprano el rendimiento o el alto rendimiento como objetivos de primer orden en la motivación hacia la práctica deportiva.

Es decir, sin perjuicio de que se propicie que aquell@s menores de 16 años que tengan las actitudes y aptitudes adecuadas puedan orientarse hacia la práctica deportiva de rendimiento, el objetivo de logro específicamente deportivo deberá ser un añadido al conjunto de objetivos educativos, de salud, de ocio… y nunca un objetivo prioritario, ni mucho menos único. Incluso en los programas destinados a posibilitar o facilitar el acceso al alto rendimiento de aquell@s que tengan especial talento deportivo, debería siempre existir un equilibrio entre la búsqueda de la excelencia deportiva y el resto de beneficios de toda índole que la práctica deportiva puede y debe proporcionar a esas personas.

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