¡Oh deporte!  /  Pensando el deporte

¿Para qué sirven las federaciones españolas?octubre 2016

Hace ya muchos años, en 1996, fui invitado a dar una charla a las federaciones deportivas de la Comunidad de Madrid que titulé La necesidad de refundar las federaciones deportivas: una asignatura pendiente del deporte moderno. Desde entonces mi visión sobre las federaciones deportivas se ha vuelto todavía más pesimista, hasta llegar a la conclusión de que, salvo raras excepciones, sólo aportan inconvenientes para que el deporte pueda estar a la altura de la realidad social del siglo XXI.

El anacronismo que, al menos con su actual concepción, representan las federaciones para el deporte tiene su expresión más genuina en las federaciones españolas, que con el paso de los años se han convertido en el más siniestro de los reductos de los regímenes predemocráticos del Estado español.


Tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), gran parte de los países de Europa optaron por el camino de la modernidad para superar el horror y los traumas de la guerra, al tiempo que se alejaban de las ideas totalitarias de la época prebélica. Los llamados totalitarismos de derechas (el eje Berlín-Roma, que se extendió hasta Tokio) habían sido derrotados. Pero el anticomunismo de las democracias ganadoras (sobre todo de los EEUU) era tan exacerbado que permitieron, para vergüenza histórica, que en España se consolidara el régimen franquista, lo que condenó a la sociedad española a cuarenta años de oscura y siniestra dictadura.

El entramado político-administrativo del franquismo fue diseñado con el mismo esquema utilizado por el fascismo y el nacional-socialismo: concebir el Estado, la sociedad y el partido único como una amalgama e implantar el corporativismo, que España ya había ensayado durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930).

A la concepción del deporte que tenían -y tienen- los regímenes totalitarios de todos los signos le venía como anillo al dedo la idea básica del corporativismo: se pone en un crisol a todas las entidades e individuos que tengan algo que ver en un determinado asunto y se les insta a ponerse de acuerdo en beneficio del bien común. Obviamente, el contenido de ese bien común ya ha sido establecido previamente por quien detenta el poder y sus adláteres. Y para garantizar que nadie pretenda hacer lo suyo fuera del tiesto común, se coloca al frente del garito a un comité o presidente de total confianza, que es quien, en definitiva, corta el bacalao y, por supuesto, quien reparte los correspondientes premios o incentivos a quienes colaboran fielmente con la causa. Y, ¡ale-hop!, ya tenemos las federaciones deportivas españolas.

La organización del deporte español durante el franquismo fue bochornosa. Un tinglado político-administrativo, la Delegación Nacional de Deportes, controlaba todo lo relacionado con el deporte que superara el ámbito local o provincial, incluidas las federaciones españolas. El resto quedaba en manos de la Falange -el partido único del régimen- y sus organizaciones (entre ellas la Sección Femenina, encargada de mantener el deporte femenino en el limbo señalado por la Iglesia Católica).

Con el desarrollismo económico de los años 60, la sociedad empezó a tener mayor empuje y a tomar iniciativas que también llegaron al deporte, sobre todo a nivel local. Pero el entramado que controlaba el deporte a nivel estatal, bajo cuya jurisdicción estaban las federaciones españolas (que, obviamente, eran las únicas que existían, con sus correspondientes sucursales regionales o provinciales), fue uno de los elementos más impermeables incluso a los pequeños cambios que el régimen toleraba.

Esta permanencia del deporte en el lado más oscuro de la administración franquista no obsta para que hubiera personas que, más allá de su adscripción ideológica y su buena relación con el régimen, tuvieran una posición crítica al respecto. En concreto, no creo que el anacronismo estructural del deporte español estuviera lejos del pensamiento de José M. Cagigal cuando escribió que “Una organización deportiva bien aplicada a los requerimientos de la sociedad y a las necesidades humanas de su tiempo es altamente provechosa. Pero una organización estructurada a partir de fines desfasados, de tópicos faltos de confrontación rigurosa, puede resultar nefasta para la sociedad de su tiempo” (Cultura intelectual y cultura física; Kapeluz, Buenos Aires, 1979).

En 1977, cuando la infausta Delegación Nacional de Deportes fue sustituida por el Consejo Superior de Deportes, empezaron a llegar al deporte políticos de nuevo cuño. Según dicen, los nuevos rectores se las tuvieron tiesas para cambiar el funcionamiento de las instituciones estatales del deporte y, en particular, para intentar desactivar el arsenal de malas prácticas implantadas en las federaciones españolas.

Pero, recién estrenado el régimen del 78, con la cantidad de asignaturas que había pendientes y con el deporte de alto nivel dando algunos frutos interesantes para el prestigio internacional del nuevo régimen, a ver quién era el guapo o la guapa que se atrevía a desmontar aquel tinglado, basado en el amiguismo y las recompensas (en efectivo y en especie), que eran -y en buena medida siguen siendo- las federaciones españolas.

Sin embargo, uno de los elementos clave del desarrollo del nuevo régimen parecía contener la fórmula mágica para acabar con aquella envenenada herencia del franquismo: la construcción del Estado de las Autonomías. En efecto, no conozco un solo estatuto de autonomía que no contemple que el deporte es competencia de la correspondiente administración autonómica. De hecho, no hay comunidad autónoma que no tenga sus propias federaciones deportivas autonómicas.

El caso es que, mientras las competencias en materia deportiva son o deberían ser ejercidas por las autonomías y la mayor parte de los servicios deportivos están a cargo de clubes, ayuntamientos o empresas de servicios deportivos, ¡oh misterio!, siguen existiendo las federaciones españolas, las mismas o muy parecidas a las que ya existían en el régimen franquista, que han logrado supervivir a la democracia y a la construcción del Estado de las Autonomías. Llegados a este punto, y teniendo en cuenta que ya estamos en la segunda década del siglo XXI, la pregunta es pertinente: ¿para qué sirven las federaciones deportivas españolas?

Hace unos años, una persona vinculada a una federación española de las consideradas importantes me pidió mi opinión al respecto. Para no andarme por las ramas, se lo resumí en pocas palabras: las federaciones españolas sirven básicamente para dos cosas: para gestionar las selecciones españolas y para molestar.

El asunto de las selecciones da para escribir varios tratados (en particular, uno referido a la selección española de fútbol y al chuleo al que la Federación Española del Fútbol somete a los sucesivos gobiernos del Estado con los ingresos que obtiene del negocio). En cualquier caso, si con el actual reparto territorial de competencias deportivas el único cometido residual que queda a las federaciones españolas es ocuparse de las selecciones, ya va siendo hora de buscar alternativas al viejo y predemocrático modelo federativo (en plural, porque probablemente no hay una solución única idónea para todas las modalidades deportivas). O, al menos, ya es hora de establecer fórmulas para que no molesten.

Porque, en mi opinión, molestan mucho. Molestan porque siguen con la inercia preautonómica de organizar competiciones de ámbito estatal, deportivamente cuestionables y económicamente insostenibles, que dificultan el desarrollo de otros marcos de competición más idóneos. Molestan porque organizan y promueven competiciones y selecciones en edades tempranas, que no son de recibo para quienes defendemos que la iniciación deportiva debe ser radicalmente respetuosa con los derechos de los y las menores. Molestan porque ponen trabas al desarrollo de las ligas profesionales reconocidas o a las que lo son de facto, estableciendo competiciones paralelas y/u obligando a que sigan vinculadas a sus inviables ligas estatales, con el consiguiente fomento de la corrupción deportiva para lograr el ascenso o evitar el descenso.

Molestan, sobre todo, porque su forma de entender el deporte está demasiadas veces asociada al amiguismo, al clientelismo, a la perpetuación de los sesgos machistas, al encubrimiento de las trampas, a la corrupción económica, a los fraudes laborales y fiscales. Y porque, además, siguen enraizadas en una época pasada y, en teoría, extinta, que tiene anclada a una parte relevante del deporte a un lastre que no le permite salir de la mediocridad y adaptarse a la modernidad.

Cuando le expliqué todo esto a la persona vinculada a una federación española que me había pedido mi opinión al respecto, admitió que mi visión, aunque le parecía un poco exagerada y radical, no estaba exenta de razones. Pero lo más curioso y grave del asunto es que ambos coincidimos en que las federaciones españolas no tienen ninguna capacidad de regenerarse por sí mismas y que sólo cambiarán si son obligadas a ello desde el poder político.

Por tanto, me temo que estamos como al comienzo de la transición política, como al inaugurarse el régimen del 78, como siempre: hay tantas cosas pendientes de arreglar que son más importantes que el deporte que nunca les llegará el momento a las federaciones españolas.

Aunque, ahora que Villar, el fracasado aspirante a la UEFA y sempiterno presidente de la Federación Española de Fútbol, ha amenazado con seguir en el cargo, es posible que todos los grupos políticos del Parlamento Español decidan ponerse de acuerdo en que se trata de una emergencia de tal calibre para la salud del deporte (y por ende para el bienestar de la sociedad española) que no queda más remedio que tomar urgentemente cartas en el asunto. ¡De ilusión también se vive!

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