¡Oh deporte!  /  Pensando el deporte

Salbutamol para tod@sdiciembre 2018

Por lo general, quienes padecemos problemas respiratorios crónicos no hemos tenido más remedio que, con mayor o menor frecuencia, medicarnos con salbutamol. La forma más habitual para administrarse este broncodilatador es el famoso Ventolin (al parecer se escribe sin tilde, aunque acostumbremos a pronunciarlo acentuando la “i”). No soy un consumidor habitual de este fármaco, pero alguna vez me ha sacado de algún que otro apuro. Por ese motivo tengo repartidos varios ventolines por las diversas mochilas y riñoneras con las que ando por la vida. Cuando era más joven incluso me acostumbré a llevar un ejemplar metido en uno de los calcetines. El salbutamol es, por tanto, un viejo compañero de fatigas. ¡Nunca esta expresión se ha ajustado más a la realidad!

El prospecto del Ventolin ya indica que es una “medicación de rescate” que sirve para sacar del apuro a quien tiene asma; aunque también se prescribe como “prevención del broncoespasmo” que puede ser “inducido por el ejercicio físico” o por la exposición a algún “estímulo alergénico conocido e inevitable”(sic). Hubo un médico que sabía de mis limitaciones respiratorias y de mi simultánea afición al deporte que me recomendó administrarme un par de “chutes” un rato antes de empezar a practicarlo, aunque también me advirtió de su efecto estimulante y de que no me pasara con la dosis. El prospecto del medicamento es claro al respecto: en el epígrafe “Uso para deportistas” señala expresamente que el salbutamol “puede producir resultado positivo en las pruebas de control de dopaje”.


Con toda seguridad el efecto dopante del salbutamol era conocido por el equipo médico que se ocupa de la salud y del estado de forma de Chris Froome; y es más que probable que el propio ciclista también lo supiera, ya que es lógico pensar que quien es asmático y se medica con Ventolin conoce sus efectos, sobre todo si se trata de un deportista profesional obligado a pasar controles antidopaje. Por tanto, si se les ha ido la mano con la dosis en un momento puntual, si el organismo del deportista ha metabolizado de forma distinta cantidades que antes ya habían utilizado sin mayores problemas o si no han hecho adecuadamente los trámites ante la Unión Ciclista Internacional (UCI) para utilizar el medicamento -si fuera esto último, la cosa sería de chiste-, al cuatro veces ganador del Tour no le va a quedar otra que hacer frente a la sanción correspondiente, incluido el ser desposeído de su triunfo en la Vuelta a España 2017.

Hay unas reglas de juego y quien no las cumple paga las consecuencias. No es cuestión de juicios morales, ni de elucubrar con una supuesta intención de hacer trampas en la competición. En el ciclismo y en el resto de los deportes que se practican con una exigencia física máxima, la mayor parte de sus actores utilizan la ayuda farmacológica. Expresión con la que de forma eufemística se denomina al juego del gato y el ratón de los deportistas y de sus séquitos médicos con las agencias antidopaje. En defensa de la supuesta legitimidad de este juego se ha utilizado muchas veces el argumento de que, por mucho que lo dopes, un burro no se convierte en un caballo de carreras. Así mismo, se suele decir que en la élite del deporte, para poder conseguir éxitos, hay que jugar siempre al límite, incluido el flirteo con la fina línea del dopaje.

Todo este discurso no es muy distinto del que se utiliza en otras facetas de la vida (ver El dopaje y la hipocresía), aunque en el caso del ciclismo, llama la atención que sea público y notorio que un alto porcentaje de integrantes del pelotón profesional tenga diagnosticado que padece asma. En todo caso, lo que más alarma social debería producir en el uso del salbutamol es que hay observaciones realizadas por honestos y cualificados profesionales de la medicina que indican el excesivamente elevado número de niñas y niños que practican ciertos deportes y que toman broncodilatadores. Y todavía no están en la élite.

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