¿Quién ha dicho que siete años no son nada?2020

A punto de cumplir 60 años y tras casi 38 de actividad laboral, la última etapa de mis vidas empezó en abril de 2013. Ser la última no implicaba que tuviera que ser peor que las anteriores ni que no mereciera la pena vivirla con pasión. Se iniciaba un tiempo distinto que no podía desperdiciar en lamerme las heridas de la lucha por la vida ni en dedicarlo al dolce far niente. Y como para vivir una vida que merezca la pena es imprescindible tener proyectos, de inmediato me puse manos a la obra.


El primer proyecto que acometí fue poner en marcha este blog, que pronto se convirtió en un elemento clave de mi vida pública. Inicialmente, aunque con el final de la actividad laboral había dejado de ser el leitmotiv de mi día a día, pensé que el deporte podía convertirse en el eje central del blog. Pero en estos años ¡Oh deporte! ha pasado de pretender ser el vehículo para dar a conocer iniciativas útiles para mejorar el deporte -como escribí entonces- a convertirse en un espacio en el que, de vez en cuando, escribo mis ideas y opiniones sobre ese interesante fenómeno social (con plena libertad y, a mi entender, cierto conocimiento de causa). Paralelamente, fueron haciéndose sitio en el blog otras materias (que inicialmente aparecían englobadas en un genérico más allá del deporte y una variopinta miscelánea). El resultado es la actual estructura temática de esta nueva versión de elblogdejga. Esta breve referencia al nacimiento y evolución del blog quedaría incompleta sin agradecer la colaboración de Aitor Uranga Barandika en la elaboración y el mantenimiento de sportalde-jga (el sobrenombre de la anterior versión) y la de Mikel García Fuente, mi hijo, en el diseño de la actual. Y es de justicia agradecer también la tarea de asesora y correctora realizada, antes y ahora, por Toñi Morales, mi mujer.

El blog no ha sido el único proyecto nuevo en esta etapa. El otro empezó cuando me propuse aprender algo de música, una asignatura pendiente en mi vida. Decidí empezar con clases de piano y, al tiempo, adquirir unas nociones de solfeo. Algo he aprendido. Además, por el camino, he descubierto que tenía a mi alcance otro instrumento: la voz. Como explico en Después de viejo, gaitero, una cosa llevó a la otra, y el resultado es que he acabado dedicando mucho tiempo a cantar. Tanto como para que Cantando, que es gerundio sea una de las principales novedades de esta nueva versión del blog. Buena parte del itinerario como cantante la he realizado en el Coro Alaitu. Hasta hace unos meses, la principal vocación de esta agrupación era recorrer las residencias de personas mayores para alegrarles algunos ratos. Dado que, por el momento, esta actividad ha quedado en suspenso, no hay más remedio que reinventarse. La mejor manera de afrontar una amenaza es convertirla en una oportunidad.

Escribir y cantar no han sido las únicas ocupaciones de estos años. Algunas actividades de mi quehacer cotidiano no son nuevas, sino pasiones convertidas en hábitos que me han acompañado a lo largo de toda la vida: leer y hacer deporte (sobre esta última materia, en Mi deporte se recogen algunas sugerencias). Tampoco es nuevo el proyecto de volver a la Universidad, iniciado hace años como una especie de plan de jubilación. Nadie se imagina lo satisfecho que me siento de comenzado esta aventura. El curso 2019-2020, tras haber superado el 60% de los créditos del Grado en Sociología, decidí decir Adiós, UNED, adiós (en este texto explico los motivos) e iniciar una nueva andadura en la UOC, para cursar el Grado de Ciencias Sociales (puede seguirse el rastro de mi trayectoria universitaria en Reflexiones de un estudiante de “letras”). 

Doy fe de que con el paso de los años va cambiando la percepción del tiempo. Las semanas, los meses, las estaciones trascurren mucho más deprisa que el recuerdo que tengo de, por ejemplo, los largos cursos escolares de la niñez y la adolescencia, rematados con aquellas interminables vacaciones estivales. Por eso y porque, no nos engañemos, se intuye cada vez más cerca el recodo que lleva al final del camino, es importante aprovechar el tiempo que queda. Para ello hay una máxima que me repito cada día y de la que hago partícipe a quien se pone a tiro: la clave está en no perder el tiempo lamentándose de lo que ya no se puede hacer, sino de disfrutar haciendo aquello que todavía se puede hacer. Y llevarlo a cabo con pasión. Aunque no me olvido de que para todo hace falta un mínimo de salud (aseguro a quien lea este texto que algo sé del asunto), y también disponer de recursos económicos como para no estar preocupado por llegar a fin de mes. Y también soy consciente de que resulta difícil disfrutar cuando sabes que hay personas que no pueden tener una vida buena. 

Pero, como dice Serrat en una de sus canciones, no hay otro tiempo que el que no ha "tocao". Y cuando ya no merezca la pena vivirlo… o sufrirlo, que cada cual piense en la forma en que le gustaría entregar la cuchara. Mientras tanto, hay que tener en marcha un abanico de proyectos e inquietudes que obliguen a estrujar cada día la agenda para sacar tiempo al tiempo. Aunque Gardel diga en su tango Volver que “veinte años no es nada”, miro un instante hacia atrás y llego a la conclusión de que, con un poco de esfuerzo y disciplina, siete años dan para mucho. Y los que queden también tienen que dar. 

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