Crónicas de un hombre serio  /  Anecdotario

¡A MÍ LA TUNA!febrero 2017

Hace poco, los J-J-J-J celebramos una nueva edición de la comida-ritual, cuyo origen se remonta a la época en que éramos tan jóvenes que la versión era de cena con desayuno incluido. Eran tiempos en que, como suele subrayar J, hablábamos todo seguido (casi siempre nos acordábamos al instante de los nombres de las personas o cosas que citábamos).

En uno de los turnos de palabra, expuse mi indignación y perplejidad ante ciertos hechos (ver La cabra) y, sobre todo, ante ciertas ausencias. Respecto a los hechos: no es de recibo que un ayuntamiento democrático dedique una calle a un vecino fallecido, propietario de un bar donde se rinde homenaje al franquismo, y causa asombro que a la inauguración asista la Legión Española, cuya asistencia al evento ha debido ser ordenada por un mando militar (en un ejército las acciones no se autorizan: se ordenan). Respecto a las ausencias: es significativo que el asunto no haya generado reacciones políticas de calado, incluida la solicitud de dimisión de la Ministra de Defensa (por muchas primarias, congresos y vistalegres que estuvieran pendientes).

El testimonio empírico de las imágenes televisivas -Cabra incluida- debería haber sido suficiente como para que hubiéramos aceptado los hechos como ciertos y nos hubiéramos centrado, por tanto, en cavilar sobre los porqués de las ausencias. Pero J planteó una visión distinta de la parte más agropecuaria de los hechos que, al tiempo, proporcionaba una coartada incontestable a las ausencias. Según esta visión, la Legión de la Cabra, aunque sus integrantes desfilen marcialmente y puedan cantar tenebrosamente y por muy digna que sea la presencia de la Cabra, no necesariamente forma parte del ejército español.

Según las fuentes de J (o sea, el dueño de un bar del pueblo del sur donde pasa buena parte del año), hay unos colegas -al parecer, exlegionarios- que, por una buena causa y a cambio de una módica donación, hacen acto de presencia y amenizan la velada. Y para dejarnos claro el modus operandi, J añadió la frase definitiva: cómo hacíamos en la tuna” (hay que decir que J fue alma mater de aquella tuna -de la que ningún otro J formábamos parte-, aunque ni cantaba medio bien ni tocaba instrumento musical alguno; eso sí: portaba airosamente la bandera).

La existencia de una versión B de la Legión de la Cabra -se puede verificar su existencia en Internet- no hace sino añadir una nueva dosis de estupefacción al devenir de la piel de toro. Pero, lo que más me preocupa es que J (otro J, el que hizo la “mili” en África en comandita con los lejías en activo), la próxima vez que nos explique la proverbial solidaridad que se atribuye a quienes forman o han formado parte de la Legión, pueda liarse y sustituir el famoso grito de socorro por otro mucho menos heroico: ¡A MÍ LA TUNA!

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