Negro sobre blanco  /  Las tesis del aitona

El hábito no hace al monje...enero 2016

Aunque grupos minoritarios con componentes que mostraban aspectos externos poco convencionales ya habían hecho acto de presencia en otras legislaturas del Parlamento español, ha causado cierto revuelo la irrupción masiva de nuevas y nuevos parlamentarios con atuendos o looks que, en la opinión de algunos veteranos y veteranas, no son los más adecuados para asistir a las sesiones parlamentarias.

De antemano hay que precisar que están totalmente de sobra los comentarios de algunos y algunas carcamales que han pretendido relacionar la vestimenta o el peinado de algunos nuevos miembros del Parlamento con una supuesta falta de higiene o con el exceso de olor corporal que, según alguna venerable periodista, había en el Congreso. En mi opinión, lo más probable es que la acritud de los nuevos olores parlamentarios tenga su origen en las transpiraciones que a algunas ilustres señorías les produce el canguelo a los nuevos tiempos que se avecinan en la política.

Higiene y olores aparte, la legítima opción de algunos parlamentarios de no llevar habitualmente ni chaqueta ni corbata -¡a ver quién es el listillo que se atreve a decir que una señora parlamentaria no lleva un atuendo adecuado!- da lugar a plantearse algunas reflexiones.

Un antiguo profesor, para recalcar la importancia de llevar una indumentaria adecuada, solía proclamar que, efectivamente, el hábito no hace al monje... pero ayuda a hacerlo. Además de fomentar la frustración por la escasa profundidad de mi fondo de armario, esta versión del viejo refrán me sirvió para tomar conciencia de la trascendencia que puede llegar a tener la posibilidad de decidir, con premeditación y alevosía, el aspecto con el que uno se presenta en público (o en privado).

Después, con el paso de los años, llegué a la conclusión de que la vida es un gran teatro en el que, si se puede, es mejor elegir el disfraz con el que se quiere participar en la escena que toca representar cada día. Además, ir pertrechado con una u otra indumentaria ayuda o dificulta en el desempeño de ciertos roles: cuando ejercía de sindicalista de trinchera no me hubiera presentado en una asamblea de obreros manuales vestido con atuendo de pijo de Donosti; tampoco hubiera ido con vaqueros y deportivas a representar a la Diputación Foral de Gipuzkoa; y, por supuesto, nunca iría a una boda o a un funeral -ni religioso ni civil- en bermudas, chanclas y camiseta de tiras (a decir verdad, con ese pelaje no iría ni a la playa).

Con el tiempo he elaborado un protocolo propio para decidir la vestimenta adecuada para cada ocasión: uno, conocer la climatología a la que uno va a tener que enfrentarse el día de autos; dos, ser consciente de lo que toca hacer y cómo se quiere ser percibido por la concurrencia; tres, si se tiene la posibilidad, elegir aquellas prendas que ese día hacen que uno se sienta más seguro de si mismo.

Estoy convencido de que cada nueva o nuevo parlamentario tiene también su propio procedimiento para optar por una u otra vestimenta o aspecto externo. Y, en cada caso, los factores a tener en cuenta serán diferentes y, posiblemente, irán variando con el paso del tiempo y el cambio de las circunstancias. Y, además, cada uno y cada una tendrán decidido qué tipo de monje o monja quieren ser y habrán valorado en qué medida el hábito les va a ayudar a conseguirlo.

O, a lo mejor, el mensaje de no juzgar a las personas por su aspecto externo (que es lo que pretendía poner de manifiesto el viejo refrán antes de que mi antiguo profesor le añadiera su matiz) ha sido escuchado por las nuevas y los nuevos miembros del Parlamento con un enunciado distinto que, por cierto, encaja de maravilla a ciertas veteranas y veteranos del lugar: aunque la mona -o el mono- se vista de seda...

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