Negro sobre blanco  /  Las tesis del aitona

Entre la pérdida y la liberaciónmayo 2015

El que una persona que no nos es indiferente deje de estar presente en nuestra vida nos produce, por lo general, una mezcla de sentimientos de pérdida y de liberación.


Cuando una persona desaparece de nuestra vida de forma ineludiblemente definitiva debido a su fallecimiento, lo familiar y socialmente correcto suele ser declarar que sólo existe el sentimiento de pérdida. Y, efectivamente, en muchas ocasiones realmente no existe o, al menos, es difícil de percibir -sobre todo en un primer momento- el sentimiento de liberación que podría derivarse de la muerte de una persona cercana. Por el contrario, hay casos en que la sensación de pérdida puede ir en aumento con el paso del tiempo, según se va haciendo más patente el hueco irremplazable que esa persona ha dejado en nuestra vida.

Sin embargo, si fuéramos capaces de tomar una cierta distancia de la situación y no tuviéramos pudor en confesar la verdad, también hay bastantes ocasiones en las que está presente una lógica liberación, aunque a veces tarde un tiempo en ser percibida por la persona directamente afectada por el acontecimiento.

Si uno ya tiene un cierto recorrido por la vida, probablemente guarda en el pensamiento más de un ejemplo de cómo es inevitable reconocer que el fallecimiento de una persona ha supuesto la liberación objetiva para un familiar vitalmente atrapado en un largo periodo de cuidado de una persona anciana y/o irrecuperablemente enferma. Experimentar y ser capaz de aceptar que existe ese sentimiento de liberación que acompaña al de pérdida por la desaparición de un ser querido no es sino el reconocimiento de nuestra condición humana. En gran número de ocasiones, lo normal es que exista esa dualidad de sentimientos, y nadie debería ver en ello nada contra natura.

Y tampoco son infrecuentes los casos de aparentes relaciones cordiales, en el ámbito familiar o en otros entornos sociales, en los que la desaparición de una persona genera en otra un inequívoco sentimiento de liberación, que acompaña o no al de pérdida que una sociedad a menudo demasiado hipócrita espera que siempre se tenga.

Si, al contrario de lo que ocurre en caso de fallecimiento, la desaparición de una persona del entorno habitual y cotidiano de otra no es total y definitiva, es más habitual que se tome conciencia y se reconozca la existencia de esa percepción de liberación. ¿Quién no ha experimentado la sensación de liberación asociada al cese de la convivencia cotidiana con la familia en la que ha nacido o con los compañeros o compañeras con los que ha convivido durante un tiempo? En ocasiones, esta liberación va asociada a una nueva expectativa de vida y convivencia, pero también puede ser -y debería aceptarse con mayor grado de naturalidad- que tenga su origen en que, ya sean entre padres y madres con sus hijos e hijas o entre hermanos y hermanas o entre compañeros y compañeras de diversa índole, no todas las relaciones son sanas ni gratificantes.

No debe extrañar, por tanto, que, en muchos casos, ese sentimiento de liberación deba ser considerado positivo y, por supuesto, perfectamente compatible con el afecto -en grado variable- hacia las personas con la que se ha dejado de convivir.

En particular, hay un ámbito de relación interpersonal, el de las parejas sentimentales, en cuya ruptura es inevitable la coexistencia de los sentimientos de pérdida y liberación. En muchos casos, suele apelarse al orgullo para no reconocer que, tras una ruptura sentimental, prácticamente siempre hay un sentimiento de pérdida hacia esa persona a la que se ha amado y que, de alguna forma, todavía se sigue queriendo. Y esto es así por muy liberadora que la finalización de la relación sea para uno o para ambos componentes de la pareja.

La proporción que cada uno de los miembros de la pareja que se ha roto tenga entre esos sentimientos de liberación y de pérdida es lo que, en buena medida, hace que la ruptura sea mejor o peor llevada. Y la forma en que esa proporción evolucione en el tiempo es lo que va a predisponer a cada una de esas personas a enfrentarse con mejores o peores expectativas a su nueva vida y, en su caso, a una nueva relación o a quedarse, al menos durante un tiempo, colgada de la vieja relación.

En definitiva, debemos admitir que, en muchas ocasiones, el que alguien que no nos es indiferente deje de estar en nuestra vida nos hace sentirnos entre la pérdida y la liberación. Negarlo es sólo un recurso para atenuar la disonancia cognitiva y emocional que nos ocasionan esos sentimientos encontrados.

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