Negro sobre blanco  /  Las tesis del aitona

Racismo y pobrezaenero 2020

A lo largo de la historia ha habido una continua pugna entre quienes pretenden explicar lo que ocurre en el mundo mediante el empleo de la razón y quienes se atienen a creencias, supersticiones o prejuicios. Un asunto que ha sido objeto de un dilatado debate es la supuesta superioridad de unas razas humanas sobre otras. En esta controversia han tomado parte tanto personas que se atienen a la ciencia y a los datos empíricos como quienes se sitúan en el terreno de la mera especulación.


Para discutir si una raza es superior a otra, la primera condición es la existencia de diferentes razas en la especie humana. Pues bien, desde hace unos años puede afirmarse categóricamente que en la especie humana no existen las razas (entendidas como grupos étnicos cuyas especificidades tienen una base biológica real y no solo diferencias en la apariencia externa: color de la piel, rasgos faciales...). Esta es la conclusión a la que llegó en 2003 el Proyecto Genoma Humano (un genoma es una colección completa de ácido desoxirribonucleico ADN que contiene las instrucciones genéticas necesarias para desarrollar y dirigir las actividades de un organismo).

Explicado de forma extremadamente simple: se ha comprobado que las personas a las que, por sus características externas, se atribuía la pertenencia a una misma raza tienen diferencias entre sus respectivos ADN; y esas diferencias son mayores que las que, en promedio, existen entre personas que pertenecen a una de las razas tradicionales y a otra diferente. Es decir, las diferencias genéticas que, por ejemplo, tienen entre sí las personas de raza blanca son mayores que las que, en conjunto, tienen respecto a las personas de raza negra. Por tanto, ha quedado científicamente demostrado que dichas diferencias no tienen base genética, sino exclusivamente cultural o ambiental.

Sin embargo, hay quienes, en contra de las evidencias, se empeñan en seguir manteniendo la existencia de razas superiores e inferiores. El motivo es que el asunto de las supuestas razas no solo ha servido para generar discusiones más o menos científicas, sino que, sobre todo, ha sido un elemento clave del argumentario destinado a justificar la desigualdad y la injusticia, para favorecer a unos grupos étnicos con respecto a otros.

Una vez aclarado que no existen razas, es evidente que quienes siguen manteniendo ideas racistas (la RAE define como racismo la exacerbación del sentido racial de un grupo étnico que suele motivar la discriminación o persecución de otro u otros con los que convive) o son ignorantes o, lo que es peor, prefieren mantenerse en su error y cerrar los ojos a la ciencia y la razón: la misma postura cerril que quienes no aceptan la existencia de la evolución y predican una interpretación literal de la Biblia, o quienes siguen diciendo que la Tierra es plana.

Sin embargo, aunque hay recalcitrantes que siguen manifestando públicamente la estrechez mental de su discriminación racista hacia personas de cualquier condición por el mero hecho de pertenecer a una supuesta raza que consideran inferior, cada vez prolifera más el racismo que se identifica con la aporofobia (según la RAE, fobia a las personas pobres o desfavorecidas). Un ejemplo significativo y evidente es el de quienes admiran y jalean a jugadores del equipo de fútbol de sus amores, al tiempo que llaman despreciativamente negratas, sudacas o insultan a personas del mismo origen y color de piel que sus ídolos, pero que tienen el infortunio de ser pobres.

Me temo que no va a ser fácil que la ciencia encuentre un remedio eficaz para acabar con esta nueva clase de daltonismo (definido por la RAE como defecto de la vista que consiste en no percibir determinados colores o en confundir algunos de los que se perciben) que padecen quienes, al parecer, ven de forma diferente los rasgos o el color de piel de las personas según el saldo de sus cuentas corrientes.

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