Negro sobre blanco  /  Escritos de un sindicalista

Escribir: obligación y placerdiciembre 2022

No creo que nadie pueda decir que escribir le resultó una actividad placentera desde la primera vez que lo intentó; sobre todo cuando la única opción era hacerlo a mano y dedicando horas de esfuerzo. Sin embargo a muchas personas nos ha enganchado leer casi desde que aprendimos a deletrear las primeras palabras. Probablemente, al final, una cosa, leer, nos llevó a la otra, escribir. Pero sospecho que incluso quienes hemos logrado que escribir nos produzca cierta satisfacción nos preguntamos si hemos llegado a ese estadio escribiendo siempre por placer o si ha ocurrido después de haber pasado una etapa, más o menos dilatada, haciéndolo, sobre todo, por obligación. En mi opinión, como ocurre con otras muchas cosas, a escribir solo se le coge el gusto escribiendo.


Jotxo Larrañaga, in memóriam.

Como contaba en Escribir, el otro lado de la magia de leer, era todavía un estudiante de corta edad cuando me di cuenta de que encarar una hoja en blanco me producía sensaciones mejores que a la mayoría; incluso si tenía que hacerlo por obligación, como era el caso -y sigue siéndolo- de la inmensa mayoría de los trabajos académicos. Buena culpa de que, poco a poco, fuera añadiendo placer a la obligación de escribir la tuvo Jotxo.

El sindicalismo era nuestra pasión y, durante un tiempo, también fue nuestra profesión. A él, seguramente entre otras muchas cosas, le tocaba rellenar las páginas de la prensa sindical de ELA en las que se contaban las tareas que nos tocaba hacer a otros: negociar convenios colectivos y organizar las huelgas pertinentes. Era casi matemático: el día en que más liado estaba, sonaba el teléfono: “Hola, Javi. Ya sabes para qué te llamo”. Con una voz suave y un tono cordial, pero con una determinación inflexible, cuando conseguía localizarme (entonces, no había teléfonos móviles), no había excusa posible: solo había que aceptar que ibas a redactar un artículo para el periódico; luego solo quedaba escribirlo.

Hace unos meses, junto a Josemi Unanue, hicimos una visita a la exposición fotográfica sobre la Donostia que se expandía para entrar en la modernidad. Allí nos confesó a Josemi y a mí algo que siempre habíamos sospechado: éramos parte del reducido grupo de candidatos a quienes recurría, en última instancia, cuando las fechas se echaban encima y no había logrado completar el siguiente número del periódico. Era una obligación que algunos entendíamos inherente a la tarea sindical que teníamos encomendada.

Y así, artículo a artículo, algunos escritos motu proprio y otros por la obligación que Jotxo imponía, al menos en mi caso y en el de Josemi, le fuimos cogiendo el gusto. Nos fuimos acostumbrando al placer de escribir, hasta llegar a experimentar esa sensación de plenitud que se consigue al lograr poner negro sobre blanco lo que ronda por la cabeza. La experiencia mereció la pena, incluso aunque, al pasar el tiempo y volver a releer escritos de aquella época, nos de un poco de pudor reconocer nuestras limitaciones como redactores. Me gustaría haber preguntado a Jotxo si cuando pasó a jugar en las ligas mayores, las de los medios de comunicación de alto postín, también le tocó alguna vez corregir errores de redacción de textos confeccionados por otras personas. Espero que le dieran menos trabajo que nosotros.

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