“En una enumeración de los grandes temas de nuestro tiempo no podría faltar el deporte. [...] No porque haya de situarse entre los quehaceres más importantes del hombre, sino porque verdaderamente es uno de los sucesos representativos de nuestra época”.

José M. Cagigal; ¡Oh deporte! (Anatomía de un gigante); Miñón, 1981

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Ser cliente de la Real Sociedadagosto 2021

Estamos acostumbrados a que las grandes empresas que nos suministran bienes o servicios no nos traten con deferencia. Son solícitas -y hasta demasiado insistentes- cuando pretenden captarnos como clientes, pero suelen ser bastante escapistas si se trata de atender reclamaciones. Además, pasan a jugar abiertamente al despiste en cuanto perciben que pretendemos prescindir de ellas, y ponen todas las trabas posibles para ver si acaban con nuestra paciencia, siquiera temporalmente. También en el fútbol estas prácticas se están extendiendo. Mi Real Sociedad no es una excepción.


Desde que los ingresos de los clubes de fútbol han pasado a depender, sobre todo, de lo que aporta la televisión, quienes veníamos siendo habituales en las gradas para ver y animar a nuestro equipo somos tratados como actores secundarios, meras comparsas del espectáculo. Prueba inequívoca de ello son los días y las horas a las que se programan los partidos: a nadie parece importarle lo más mínimo la conciliación de cualquier actividad vital con la asistencia al campo. Los propios clubes suelen echar la culpa a quienes mueven los hilos del tinglado del fútbol profesional (Liga, Federación, UEFA, FIFA) y, por supuesto y sobre todo, a las televisiones que solo aspiran a sacar el máximo provecho a sus inversiones, aunque sea a costa de acabar matando a la gallina de los huevos de oro. Quienes formamos parte de la afición de clubes con gran raigambre popular -como es el caso de la Real Sociedad- hemos querido pensar que el club de nuestros amores es diferente, que solo es una víctima del “sistema”. Hasta que un día no queda más remedio que asumir que los socios y las socias que acudimos al campo solo somos clientes que pagamos por recibir unos servicios, que básicamente consisten, o consistían, en tener reservado un asiento para poder ver los partidos. 

Prueba de ello es que, a pesar de las palabras bonitas y de alabanza hacia la afición en que se envuelven los discursos de los dirigentes de los clubes, se utilizan con los socios y las socias técnicas comerciales similares a las que utilizan las grandes empresas con su clientela, a la que pretenden fidelizar por interés, sobre todo, económico. Al respecto, hay que tener en cuenta que los clubes de fútbol profesional tienen gran poder de mercado, ya que la mayoría ofrecen sus servicios en un régimen de cuasimonopolio; además, tienen una relación de clientela marcada por la pasión que sus socios y socias sienten por su equipo, como explicaba el personaje de El secreto de sus ojos cuando afirmaba que una persona “puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia [o novio], de religión, de dios... Pero hay una cosa que no puede cambiar. No puede cambiar de pasión”, es decir, de equipo de fútbol (en la película, la pasión era el Racing Club de Avellaneda). 

En el caso de la Real Sociedad, este trato de mero cliente ha alcanzado su cénit como consecuencia de la pandemia, un tiempo en que está resultando imposible ofrecer a los socios y socias aquello por lo que pagan sus abonos, es decir, el derecho a asistir al campo para ver los partidos desde la localidad que tienen reservada. El club, en lugar de asumir de forma natural que si no se puede ofrecer el servicio contratado lo lógico y honesto es devolver de forma inmediata el importe que cada cliente haya pagado, pretende mostrarse como una entidad deportiva popular, poco menos que benéfica, para tratar de convencer a sus clientes de que no reclamen lo pagado por un servicio no recibido (como ha ocurrido en la temporada 2020-2021) u ofrecido de forma precaria (en esta temporada, por el momento, solo se puede ir al campo si te toca y, además, nadie te garantiza que vas a poder ver el partido desde el asiento que tenías reservado). Y, si a pesar de lo que te ofrecen a cambio (asistir a los partidos del Sanse y/o a los de la Europa League), consideras que la economía del club es un asunto de sus accionistas (entre quienes me cuento) y optas por reclamar lo que en justicia es tuyo, te encuentras con los mismos jueguitos que utilizan el resto de las grandes empresas: pedir la devolución de tu dinero (algo que se debería haber producido de oficio, y luego ya hablaremos) no es igual de sencillo que aceptar las ofertas alternativas. Además, todo el proceso se realiza sin ofrecer a cada persona una cuantificación individualizada de lo que deberían haberle devuelto ni, en su caso, del coste detallado de los servicios que se ofrecen a cambio.

En definitiva: aunque mi corazón futbolero es y será siempre txuri-urdin, para no recibir los servicios contratados y para ser maltratado como cliente, me lo estoy pensando.

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