“En una enumeración de los grandes temas de nuestro tiempo no podría faltar el deporte. [...] No porque haya de situarse entre los quehaceres más importantes del hombre, sino porque verdaderamente es uno de los sucesos representativos de nuestra época”.

José M. Cagigal; ¡Oh deporte! (Anatomía de un gigante); Miñón, 1981

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El menor acompañado que quiere jugar a fútboljulio 2026

Hoy, 31 de julio, día festivo en honor a Ignacio de Loyola (Inazio, gure Patroi handia,...), ha llegado a mis manos la Carta Pastoral de Fernando Prado Ayuso, Obispo de San Sebastián, dirigida “al pueblo de Dios que camina en Gipuzkoa ante la realidad de la migración”. Aunque a la Iglesia Católica a menudo se le encoge la mano cuando hay que ejercer la caridad cristiana con las personas más necesitadas, no viene mal releer las palabras del papa Francisco: “Toda persona debería tener derecho a emigrar y también derecho a no tener que hacerlo”. Palabras que, una vez más, cobran especial sentido estos días en que llegan a Ceuta decenas de miles de migrantes en busca de su efímero edén y muchas mueren en el intento. Mientras tanto, por aquí se vive la resaca de la prohibición de repartir cenas solidarias a las personas sin techo de Donostia, ciudad de la que, al hilo de esa decisión política, se ha escrito que es “tan bella como indolente, tan rica como experta en mirar para otro lado”. Y mientras elucubro sobre todo esto y de reojo repaso un texto que llevo días sin poder rematar, me he puesto a cavilar sobre la emigración, y he llegado hasta el fútbol.


Algunas y algunos tratan de resolver el problema proclamando que la única solución es la emigración legal (sic). Está claro que no saben de qué hablan. Probablemente porque no quieren saber que en las embajadas españolas sitas en un país que no pertenezca al norte global -es decir, que no sea rico-, es casi imposible que concedan un visado para emigrar legalmente. En el otro extremo está la emigración que llega en patera o algo parecido y con riesgo de perder la vida en el intento. Los y las próceres que rechazan la migración no legal (sic) demonizan esta opción y expulsarían a quienes así llegan, sin mayores contemplaciones, en caliente, sin remilgos éticos ni mandangas legales. Y entre medio están las y los migrantes que llegan en avión, como teóricos turistas, endeudados hasta las cejas para poder costearse el viaje. Son quienes pasan a convertirse de inmediato en mano de obra barata, que tiene que trabajar en lo que sea para sobrevivir, pagar sus deudas y, a poco que puedan, mandar remesas a las personas que han dejado atrás.

Entre las personas que, conscientes de que la migración legal es una filfa, vienen como turistas, hay algunas que cuentan con cierto soporte. Es el que les ofrecen familiares o paisanos/as que les han precedido en la aventura y les echan una mano tras su aterrizaje por estos lares. Y a estas personas es a las que las administraciones públicas suelen dar más chance para que se vayan integrando, porque tienen un papel insustituible en la supervivencia económica del sistema. Es obvio que se cuenta con ellas para hacer las tareas que las y los autóctonos no queremos para nuestras hijas e hijos, aunque aceptemos sin rubor que cuiden de amonas y aitonas (o sea, de nosotros/as).

Para tomar referencias de cómo funciona esta tercera vía -y de paso, explicar cómo se llega hasta el fútbol-, imaginemos el caso de un menor que llega como turista, acompañado por uno de sus progenitores, ambos sin un euro en el bolsillo después de haberse gastado todos sus ahorros en comprar el boleto para el avión (de ida y vuelta, como es preceptivo para pasar los controles de acceso a nuestro viejo y rico continente). Establezcamos como hipótesis que los recién llegados cuentan con el apoyo de familiares cercanos, algunos con su carnet de identidad español ya en el bolsillo, que les acogen en su domicilio y van a correr con los gastos de su estancia hasta que la persona acompañante del menor encuentre un trabajo precario y mal pagado en la economía sumergida (así son las cosas y todo quisqui lo sabe).

Centrémonos en la situación de ese imaginario menor acompañado que, como debe ser, las leyes europeas y españolas protegen. No tendrá ningún problema para empadronarse en casa de sus familiares, siempre que lo haga conjuntamente con el progenitor que le acompaña y cuente con la autorización del progenitor que se ha quedado en el país de origen. (Lo de empadronarse no es un mero trámite, ya que es la forma de que las administraciones públicas se dan por enteradas de que existen.) El menor tampoco tendrá mayores dificultades para, aportando documentación básica suya y del progenitor acompañante, obtener la tarjeta sanitaria expedida por el Servicio Vasco de Salud y para que le adjudiquen una plaza en un centro escolar para incorporarse al sistema educativo. La cosa empezará a complicarse cuando el menor quiera jugar a fútbol.

Nadie osará poner en duda que para un chaval -que, supongamos, todavía no ha cumplido los catorce años- hacer deporte es una clave importante para su desarrollo físico, su equilibrio psíquico y, especialmente en su caso, para su integración social. Y supongamos también que ha tenido la suerte de que un club de fútbol base le ha buscado un hueco en uno de sus equipos. Obviamente, lo lógico es que ese equipo participe en una competición doméstica, que tiene -o debería tener- muy claros los objetivos básicos del deporte para menores (formativos y lúdicos), sin perjuicio de que se les añada el reto de la mejora futbolística (que, si se prefiere, podemos llamar rendimiento deportivo). Y, con esta expectativa, nuestro chaval imaginario, con sus inevitables recelos, está encantado.

Pero, fútbol es fútbol: para poder participar en la citada competición, los requisitos que pone la federación de fútbol para poder tramitar la preceptiva ficha son, de entrada y sobre el papel, mucho más exigentes que los requeridos por las administraciones públicas para acoger al menor en el seno del estado de bienestar. Seguro que en ese empeño federativo hay una intención positiva, que tiene como propósito defender al menor de los depredadores del deporte rey, en caso de que se diera la muy remota posibilidad de que su itinerario futbolero lo llevase hacia el tinglado de Aleksander Čeferin (UEFA) versus Gianni Infantino (FIFA). Mientras tanto, confiemos en que la cordura se imponga a la burocracia deportiva y nuestro imaginado chaval pueda jugar con su equipo la liga 2026/27. Y que de vez en cuando se ponga la camiseta de la Real Sociedad, con Mikel Oyarzábal y su 10 en la espalda, que seguro que ya le han regalado sus imaginarios familiares.

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