“En una enumeración de los grandes temas de nuestro tiempo no podría faltar el deporte. [...] No porque haya de situarse entre los quehaceres más importantes del hombre, sino porque verdaderamente es uno de los sucesos representativos de nuestra época”.

José M. Cagigal; ¡Oh deporte! (Anatomía de un gigante); Miñón, 1981

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La crónica del periodista que surgió del frío madrileñoenero 2021

Procuro no meterme en asuntos deportivos de los que los medios de comunicación se ocupan profusamente, especialmente si se trata de sucedidos futboleros de los que se habla hasta el aburrimiento. Alguna vez he hecho alguna excepción para reflexionar, precisamente, sobre cómo son tratados algunos temas por el, a menudo, chusco periodismo deportivo. Nunca me había imaginado que un día iba a sentirme impelido a opinar sobre la crónica de un partido jugado por dos equipos entre los que, además, no se encuentra mi Real Sociedad. Puestos a encontrar una causa del desvarío periodístico, probablemente hay que buscarla en las sucesivas nevadas y helada del siglo acaecidas en la capital del Reino en este comienzo de año 2021, que a cierto periodista surgido del frío madrileño le han llevado a hacer la crónica más retorcidamente parcial de un partido de fútbol. 


Debo confesar que hay un equipo de fútbol que quiero que pierda todos los partidos. Es una vieja herencia que tiene su origen en haber visto desde las gradas del viejo Atotxa cómo, durante un demasiado largo periodo de tiempo, una temporada tras otra nos ganaba cada partido. En muchas ocasiones porque, además de ser indiscutiblemente mejor, jugaba mejor; pero, demasiadas veces porque el trencilla de turno se las arreglaba para que ganara el que tenía que ganar. En uno de aquellos partidos perdí mi inocencia futbolera. Fue cuando, en los minutos finales de un partido que estaba empatado, escuché a un realista veterano decir “ahora uno de ellos se caerá en nuestra área y nos pitará penalti en contra”. Dicho y hecho. Ocurrió a unos metros de mis ojos de preadolescente inocente que creía que aquello era un juego deportivo. Me sirvió para aprender que en el fútbol pasaban -y pasan- cosas inconfesables. Y, de paso, para colocar al Real Madrid en el punto de mira de mis odios futbolísticos. Irremediablemente, y para siempre.

El otro club de mis desamores es el Athletic Club de nuestros vecinos de Bilbao. Hubo un tiempo en que las aficiones de la Real y el Athletic, desde el máximo respeto al rival, acompasaban armónicamente sus gritos de ánimo en los derbis: ¡Real! ¡Athletí!. Aquella ilusión compartida se acabó, al menos en mi caso, cuando el club bilbaíno, mientras presumía de cantera, empezó a fichar a golpe de talón jugadores de la Real (y de otros clubes, vascos o no). Desde entonces, después de los partidos en los que la Real Sociedad tiene como rival al Madrid, los que jugamos contra el Athletic son los que más me molesta perder. Es lo que hay.  

Por lo expuesto, es fácil de entender que el partido de la semifinal de la supercopa entre el Madrid y el Athletic fuera para para mí un partido maldito: me hubiera gustado que no lo ganara ninguno de los dos. Sobre todo después de que la Real hubiera perdido el día anterior contra el Barça la otra semifinal. Es la razón por la que vi el partido de marras solo a ratos, con cierta distancia, sin prestarle demasiada atención. La suficiente como para saber que el Athletic ganó merecidamente: marcó dos goles por solo uno el contrario. No me alegro por el Athletic, solo por el Madrid

Pero hete aquí que, a la mañana siguiente, mientras escucho un boletín de noticias en una importante cadena de radio de ámbito estatal, me encuentro con la siguiente crónica sobre el citado partido (el podcast permite reproducirla textualmente; me he limitado a incluir algunos signos de puntuación al macarrónico texto): 

“El Real Madrid se dejó anoche el primer título de la temporada con su derrota 2-1 ante el Athletic. Castigados por dos errores de Lucas Vázquez en la primera parte, que significaron los goles de Raúl García, trataron de reaccionar en la segunda, en la que marcó Benzema, le anularon un gol al francés, estrelló dos balones Asensio en la madera, y pidieron, en el tiempo añadido, un penalti por manos, que no contempló el VAR. El domingo, la final, a las nueve de la noche, en el estadio de La Cartuja de Sevilla, Barça- Athletic, por la supercopa de España”.

¡Como si el partido hubiera sido jugado en solitario por el Madrid y se hubiera bastado por sí solo para perder el partido y, de paso, el título! No obstante, el cronista no parece ser muy madridista, porque si lo fuera no habría señalado de manera tan cruel a uno de sus jugadores diciendo que castigó a su equipo con dos errores. Hasta es posible que no sea ni aficionado al fútbol, porque si lo fuera no osaría mencionar, al menos al hablar de un partido del Madrid, lo que el VAR contempló o no. Después de oír esta antológica crónica me ha dado pena que el partido no lo hubiera perdido ante la Real. Porque hay una cosa que me gusta más que ver perder al Madrid: que lo haga y que sus palmeros piensen que han tenido mala suerte y/o que ha sido con trampas. Me hace creer que en el fútbol existe justicia histórica.

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