“En una enumeración de los grandes temas de nuestro tiempo no podría faltar el deporte. [...] No porque haya de situarse entre los quehaceres más importantes del hombre, sino porque verdaderamente es uno de los sucesos representativos de nuestra época”.

José M. Cagigal; ¡Oh deporte! (Anatomía de un gigante); Miñón, 1981

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Opinando sobre fútbol femeninodiciembre 2021

En su artículo “Opinadores”, José Hernández Mondéjar dice que “los periodistas e informadores son titulados universitarios que reciben una formación completa sobre el mundo de la comunicación y sus entresijos. Durante su enseñanza aprenden que las noticias deben darse asépticas y que sea el propio lector el que saque sus conclusiones” (La opinión de Murcia, 19-07-2016). No sé lo que durante su enseñanza aprendieron dos periodistas que, en su ejercicio profesional, que yo sepa, no se dedican ni a informar ni a opinar sobre deporte. Pero, al hilo de una noticia deportiva relevante -el Balón de Oro ganado por Alexia Putellas, jugadora del Barça-, ambos decidieron que era el momento de dejar clara a la audiencia de Al Rojo Vivo (la Sexta) sus preocupaciones sobre el devenir del fútbol femenino: el periodista, sentando cátedra sobre cómo hacer que el futuro del fútbol pase por la igualdad radical entre hombres y mujeres; la periodista, asumiendo el papel de madre de futbolista en ciernes, mostrando su preocupación por las frustraciones de su hija. ¡Qué el fútbol femenino se atenga a las consecuencias!


Para la RAE, “profesional” es aquella persona “que practica habitualmente una actividad, incluso delictiva, de la cual vive”. Si vivir del deporte es que una persona pueda vivir dignamente con lo que gana por ser deportista, puede concluirse que hay dos tipos de deportes en los que hay deportistas profesionales: los que por sí mismos generan ingresos suficientes (patrocinadores, publicidad, espectadores, televisión, merchandising) como para remunerar a parte de sus practicantes; y aquellos que, no generando ingresos suficientes, tienen relevancia social (por ejemplo, porque son disciplinas olímpicas y/o aportan medallas que dan prestigio al país) como para que los presupuestos públicos destinen dinero para que algunos y/o algunas deportistas puedan vivir de serlo. 

Es obvio que, en cualquiera de las dos clases de modalidades, hay deportistas que logran ser profesionales y otros u otras que no. Y también es obvio que hay deportes en que solo hay profesionales entre los practicantes masculinos o que, aunque haya profesionales de ambos sexos, entre unos y otras hay una gran brecha salarial. La casuística en la materia es tan abundante como diversa. En particular, si el debate se plantea en términos de género y se trae a colación que hay deportes en que hombres y mujeres compiten juntos (como la hípica), otros en que la mayoría de hombres es abrumadora (como el boxeo), o que hay algunos en que la élite está reservada solo a las mujeres (la natación sincronizada y la gimnasia rítmica). Y el asunto puede alcanzar tintes dramáticos si hablamos de quién debe ser considerado “hombre” y quien “mujer” a los efectos de practicar deporte (al respecto, me atrevo a proponer la lectura de La variable sexo/género en la segmentación de la población en grupos de potenciales practicantes de actividad física y deporte).    

Una vez planteada la enorme diversidad del deporte, la complejidad del debate sobre el sexo/género de quienes lo practican, y las variables que condicionan el poder vivir de la práctica deportiva, es paradójica la maravillosa simplicidad con que el antes mencionado periodista resuelve alguno de los problemas más candentes del asunto. En efecto, la cruda realidad es que en el fútbol masculino hay un volumen de negocio que posibilita que haya muchos futbolistas que viven de serlo (incluso cobrando sueldos millonarios) y que, al menos en el fútbol español, son contadas las mujeres que pueden vivir holgadamente de ser futbolistas profesionales. Según el periodista, esta inaceptable desigualdad de género solo tiene solución en un escenario en el que todos los equipos de fútbol pasen a estar integrados por un número paritario de mujeres y hombres (sic).  

Como diría un conocido expresidente, la única forma de conseguir que todos y todas seamos iguales es que entre unos y otras no haya diferencias, oiga. Pero pasar por encima de los datos objetivos sobre las estadísticamente significativas diferencias entre las capacidades físicas de los y las futbolistas de alto nivel, de lo que es o no rentable en el mercado del espectáculo deportivo, o no tener en cuenta lo que opinan al respecto las propias futbolistas -¿alguien ha oído a alguna de ellas decir que quieren que los equipos sean mixtos?- es no solo ser osado, sino también más papista que el papa. Quizás algún compañero de la redacción deportiva de la Vanguardia, periódico en el que presta sus servicios el ínclito, debería explicarle que a lo que las futbolistas aspiran es a que se cumpla lo que les prometieron: poder ser unas profesionales retribuidas acorde al nivel de dedicación que se les exige para poder jugar en una competición que, poco a poco, va abriéndose camino en lo de generar ingresos que la hagan mínimamente rentable. 

La periodista fue más modesta en sus planteamientos de madre de una niña futbolista en edad escolar. Ella solo aspira a que su hija no le diga que, después de haberse apuntado con toda su ilusión a jugar al deporte que le gusta, el fútbol, se aburre soberanamente porque no toca el balón. Sería paradójico que la niña jugara en un equipo mixto: en edad escolar, algunos y algunas de la misma opinión que el colega de La Vanguardia se empeñan en que los equipos sean mixtos, para aburrimiento deportivo de la gran mayoría de las niñas. Pero lo más probable es que la hija de la periodista juegue en un equipo con demasiados integrantes como para que todas y cada una de las niñas logren darle a menudo al balón, que seguramente es lo que les gusta. Es lo que ocurre si alguien ha tenido la feliz idea de que jueguen once contra once, como en los partidos de la tele, porque es evidente que cuantas más niñas jueguen en cada equipo menos veces les llegará el balón. En definitiva, es estupendo que la niña practique fútbol y, todavía mejor, que practique más de un deporte colectivo, y también uno o más deportes individuales (en los que ella será siempre la protagonista); al menos hasta que decida cuál o cuáles le gustan más. Mientras tanto, le sugiero a la madre periodista que lea La polivalencia deportiva o cómo combatir el síndrome del éxito deportivo. Le ilustrará.

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